Historias De Medianoche

EL ESPEJO MALDITO

EL ESPEJO MALDITO

Rosa, una joven que hacía poco más de dos años había atravesado una profunda depresión tras la repentina muerte de su pareja a manos de la delincuencia que azota Ecuador, decidió pasar unos días en unas cabañas cerca de la laguna de Yambo. Necesitaba desconectar del trabajo, del ruido y de los recuerdos. Se tomó cuatro días libres. Lo que no sabía era que aquella cabaña le daría todo menos tranquilidad.

—Por fin llegué —pensó al respirar el aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad—. Después de la muerte de Miguel, necesitaba esto.

El olor a tierra húmeda y vegetación la envolvió. Por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a la paz.

—Señorita Rosa, por favor acompáñeme hasta su habitación —dijo la recepcionista, sacándola de su trance.

La habitación era encantadora: madera clara, un balcón con vistas a la laguna, silencio. Solo un detalle la incomodó: un espejo antiguo, pesado, frente a la cama. Parecía sacado de una película de terror. Rosa pidió que lo quitaran o lo movieran.

—Lo siento, están fijos a la pared. No se pueden desprender —explicó la trabajadora—. Si le molesta, puede cubrirlo con una cobija.

Rosa negó con la cabeza. Le pareció infantil tener miedo de un espejo. No sabía cuán equivocada estaba.

Decidió darse un baño relajante. Se desnudó frente al espejo y observó su reflejo: las marcas aún visibles en las muñecas, restos de aquella depresión que meses atrás la había llevado al borde. Apartó la mirada, llenó la bañera con agua caliente y sales, y se sumergió. Su cuerpo, no perfecto, pero sí capaz de atraer miradas, se relajó poco a poco. Puso música suave y cerró los ojos.

De pronto sintió pasos dentro de la habitación. Un olor nauseabundo a pólvora y sangre invadió el aire. El agua se heló. Escuchó susurros de dolor que se acercaban con rapidez. Abrió los ojos y lo vio: el cadáver de Miguel, el rostro y el torso destrozados por los balazos. Se abalanzó sobre ella y hundió su cabeza bajo el agua.

—Acaba lo que empezaste —oyó claramente.

Rosa forcejeó con todas sus fuerzas, logró sacar la cabeza y abrir los ojos… y solo encontró la habitación vacía. La música seguía en la misma canción. Había sido un sueño. Un sueño horrible que la dejó temblando.

Salió de la bañera, agarró su bolso y sacó una cuchilla. Estuvo a punto de usarla cuando la voz de la recepcionista la sobresaltó.

—Señorita Rosa, disculpe la interrupción. Solo quería indicarle el horario del comedor. ¿Se encuentra bien?

María la observaba con preocupación.

—Sí… estoy bien. Solo tuve un mal sueño —respondió Rosa, dudando si contar lo ocurrido.

—¿Algo dentro de la habitación? ¿Alguien intentó entrar? Puedo llamar a seguridad de inmediato.

—No se preocupe. Aquí todo es maravilloso. Gracias por la información.

María se retiró. Rosa se quedó mirando la cuchilla y agradeció en silencio que aquella mujer hubiera llegado a tiempo.

El resto del día transcurrió con normalidad. Comió, caminó, intentó relajarse. Al anochecer regresó a la habitación. Al pasar frente al espejo sintió una extraña vibración. Su reflejo no la imitaba. Se movía por cuenta propia. Se acercó despacio y entonces vio la sombra a su espalda.

Un escalofrío le recorrió la nuca, como si una mano invisible la rozara. El grito se le atoró en la garganta cuando su propio reflejo le sonrió con una mueca tétrica y señaló detrás de ella. Dentro del cristal apareció Miguel otra vez, el cuerpo destrozado, abrazándola desde el otro lado. Rosa quiso correr, pero quedó paralizada.

El espejo ya no era un espejo. Era una pantalla. Varias figuras gritaban pidiendo ayuda, golpeando el cristal desde dentro, intentando salir. Luego vio a un hombre que, desesperado, se colgaba de un árbol cercano. Escuchó la puerta abrirse. Pasos se acercaron. Volvió a mirar el reflejo… y esta vez el cuerpo de Miguel estaba realmente en la habitación, acurrucado en un rincón, llorando.

Rosa dudó. Dio un paso, luego otro. Cuando estuvo a punto de tocarlo, del pecho de aquella figura empezó a brotar sangre. La voz salió fría, sin emoción:

—Tú me dejaste morir. No llegaste a tiempo. Por tu culpa estoy atrapado aquí y no puedo descansar. Así que tú te vas a venir conmigo.

Rosa lloró hasta que la oscuridad la venció y cayó desmayada.

A la mañana siguiente despertó en su cama, con el pijama puesto, como si nada hubiera ocurrido. Pensó que todo había sido producto del cansancio. Pero el olor a sangre seguía ahí, impregnado en la habitación. Decidió ignorarlo.

Se levantó y caminó hacia el baño, dándole vueltas a lo sucedido. Entonces notó una tabla suelta en la pared. Con curiosidad la apartó. Detrás había un hueco. Dentro, un libro antiguo cubierto de polvo. Lo sacó con cuidado y comenzó a leer.

Página tras página descubrió la historia de la laguna de Yambo y su conexión con almas en pena. Leyó sobre el descarrilamiento del tren que cayó a las aguas un Viernes Santo. Sobre los lamentos que aún se escuchan en noches de luna llena. Sobre la desaparición de los hermanos Restrepo. Cada relato le humedecía los ojos, pero no entendía la relación con sus sueños… hasta que llegó a la última entrada.

Era de un huésped que se había alojado en esa misma habitación años atrás y que desapareció después de investigar lo que ocurría en la cabaña y en la laguna.

Rosa leyó con atención las palabras del señor Mario, el último en escribir:

«viernes 13 de mayo de 2016. Mis vacaciones empezaban tranquilas. Después de perder a Inés en aquel accidente de tráfico, venir al lugar que ella tanto amaba me hacía sentir más cerca de ella. Desde el primer día que llegué a esta habitación algo extraño comenzó a suceder. Y desde que miré aquel espejo por primera vez sentí un terror que no conocía desde hacía mucho tiempo. Lo más inquietante es tener pesadillas y ver a mi amada Inés dentro de ese cristal, reviviendo una y otra vez el momento en que perdió la vida. Me está volviendo loco…»




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