Silvia y Jordán acababan de salir del carro. Llevaban pesadas cajas de cartón donde antes estaba toda una vida y unos sueños que ahora solo eran recuerdos rotos. El aire de la nueva casa olía a humedad cerrada, a algo que se había quedado demasiado tiempo sin respirar.
—Jordán, mi amor, ve a dejar esa caja de tus peluches en tu nuevo cuarto y me vienes a seguir ayudando.
El pequeño asintió en silencio y obedeció. Arrastró la caja por el pasillo estrecho. Las cajas de cartón chirriaron contra el suelo de madera vieja como si alguien más estuviera caminando un paso detrás de él.
Cuando regresó, ya iba con la última caja.
—Mamá, estoy cansado —protestó, arrastrando las palabras—. ¿Por qué tuvimos que irnos de nuestra casa grande y venir a esto que incluso huele mal?
Silvia hizo un esfuerzo por no llorar delante de él. Se agachó hasta quedar a su altura. El olor de la casa se le metió en la garganta.
—Mi amor… porque papi se fue hacia el cielo y yo tengo que recortar gastos y ponerme a trabajar.
Le dio un beso en la mejilla. Se levantó sin dar más explicaciones. No necesitaba darlas. No quería.
Su padre había muerto en un extraño accidente de tráfico. Cuando le dieron la noticia, Silvia no lloró. Sonrió. Un segundo apenas, pero sonrió. Se sentía libre de los golpes de aquel hombre. Libre de los abusos, de los gritos, del aliento a alcohol que había marcado cada rincón de la casa anterior. Libre, por fin, de los traumas que él había clavado en ella y en su hijo.
Pero la libertad tenía un precio.
Jordán, de solo siete años, se había cerrado. No hablaba con nadie más que con ella. Ni con sus amigos. Ni con su maestra. Silencio absoluto con el mundo entero… excepto con su madre. A veces, por las noches, Silvia lo escuchaba murmurar en la oscuridad de su cuarto. No eran palabras que ella reconociera. Eran más bien como respuestas. Como si alguien más estuviera hablando primero.
La casa nueva olía mal. Y el silencio de Jordán, de pronto, ya no parecía solo silencio.
Con el paso de los días, Silvia empezó a enterarse de los chismes que, en un barrio humilde y antiguo como el que había elegido, volaban de boca en boca.
Supo que últimamente habían desaparecido varios niños de entre seis y ocho años de una manera misteriosa. Las madres contaban que escuchaban los gritos de sus hijos… pero cuando entraban a los cuartos, no había rastro de ellos. Muchas de aquellas mujeres culpaban a brujas y demonios.
Silvia, siendo una mujer católica, no creía en nada de eso. Lo único que podía hacer por esos niños era santiguarse y seguir su camino con una oración en silencio.
Pasaron varios días. Jordán y su madre se fueron acostumbrando a vivir en aquella casa antigua. El olor a humedad, sin embargo, no salía de ninguna manera. Por más que dejaran las ventanas abiertas, seguía ahí, espeso, pegajoso.
Donde más se sentía aquel olor terrible era en el armario del cuarto de Jordán. Un día, al limpiar, encontraron un osito de peluche antiguo, descolorido y con un ojo colgando. Silvia lo miró un segundo de más, sintió un escalofrío absurdo, y lo tiró a la basura sin decir nada.
Esa misma noche, Jordán se despertó llorando.
No dijo por qué.
Solo se quedó mirando la puerta del armario.
Silvia acostó de nuevo a su hijo en la cama y se quedó toda la noche con él. Pensó que habían vuelto las pesadillas de cuando vivían con su padre y quiso protegerlo.
Al día siguiente, Jordán despertó con mucha energía. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior y preguntó, confuso, por qué su madre estaba en su cama.
Silvia le explicó lo que había pasado. Al ver la cara de desconcierto del niño, decidió dejarlo pasar y se alistó para ir a trabajar.
—Mi amor, me voy a trabajar. Recuerda lo que te dije —lo miró seria—. Nada de abrirle la puerta a extraños y nada de comida basura.
Se agachó para darle un beso.
—Te estás volviendo un niño muy valiente y grande.
Jordán sonrió.
—Tranquila, mami. Me voy a quedar aquí. Silbo me hará compañía y así no estaré solo.
Silvia se quedó quieta.
—¿Quién es Silbo?
—Es mi amigo. Está aquí, a mi lado.
Jordán señaló el espacio vacío a su costado.
Por un momento, Silvia sintió un nudo en el pecho. Entendió que, después del trauma, la mente de su hijo había creado un amigo imaginario para no sentirse solo. Se forzó a sonreír.
—Está bien, hijo. Disfruta con Silbo… ¿Y por qué se llama así?
Jordán levantó las manos haciendo el gesto de paz, como si explicara algo muy obvio.
—Por dos motivos. Porque tú te llamas Silvia… —se rio— y porque a él a veces le gusta silbar. Muchas noches, desde que papá se fue, me silba canciones de cuna en mi cuarto.
Silvia se estremeció. Un frío le recorrió la espalda. Quiso decir algo, pero solo pensó: Es solo su imaginación. Se está protegiendo.
—Entonces… pórtate bien y cuida de Silbo.
Salió de la casa con la preocupación clavada en la mente. Y con una pregunta que no se atrevió a formular en voz alta:
¿Desde cuándo exactamente le silba esas canciones?
Silvia no dejó de pensar en eso durante todo el día. De vez en cuando le escribía mensajes a su vecina para que vigilara a Jordán. La mujer le contestaba que el niño estaba jugando tranquilamente dentro de la casa.
Eso la calmó un poco y pudo concentrarse en el trabajo.
Cuando llegó a casa, notó que todo estaba demasiado tranquilo. Demasiado quieto. El silencio le golpeó el pecho.
—¿Jordán? ¿Dónde estás, hijo?
Nadie respondió.
Empezó a gritar con más fuerza mientras corría de un cuarto a otro. Nada. La histeria le subió a la garganta y se le escaparon las lágrimas… hasta que escuchó un silbido muy leve.
Se acordó del armario.
Entró corriendo al cuarto de Jordán y abrió la puerta del armario. Ahí estaba, acostado, dormido, abrazado a un osito de peluche.