Historias De Medianoche

EL ULTIMO VIAJE

La jornada laboral de Carlos comenzaba como tantas otras. Siempre había amado su trabajo. Conducir de noche, con las carreteras casi vacías y sin el ruido agobiante del tráfico matutino, era lo que realmente lo motivaba. Aquellas horas solitarias le daban una sensación de libertad que pocas cosas podían igualar.

Le habían encargado llevar mercancía a trescientos cincuenta kilómetros de su casa. Para él, aquello no era más que un viaje corto, casi rutinario.

Antes de salir revisó con cuidado su tráiler, comprobando luces, frenos y la carga. Luego se despidió de su esposa. Ella, como siempre, estaba preocupada por la delincuencia de la noche. No lo dejaba partir sin abrazarlo fuerte y darle su bendición, pidiéndole que tuviera cuidado y que le avisara apenas llegara.

Carlos arrancó el pesado vehículo y se internó en la oscuridad de las carreteras. Durante un rato todo fue normal. Reía y sonreía escuchando los programas de humor de su estación favorita, dejando que las voces de la radio llenaran la cabina.

Poco a poco, sin embargo, empezó a notar que el tráfico se densificaba. Era extraño. En esa zona y a esa hora casi nunca había nadie. No le quedó más remedio que resignarse y avanzar despacio entre las luces de los otros vehículos.

A lo lejos logró divisar el origen del problema. Un aluvión había bajado con fuerza desde las montañas, sepultando las carreteras principales bajo toneladas de barro y piedras. Los policías controlaban el paso y desviaban a todos los conductores.

Le informaron que varios autos y parte del pueblo habían quedado sepultados. Había fallecidos y un número creciente de desaparecidos.

Carlos sintió una punzada de tristeza. Conocía aquel pueblo. Siempre pasaba por ahí en sus viajes y había llegado a reconocer algunas caras. Pero el trabajo no podía detenerse. Al ver a los agentes señalando la vía alternativa, el experimentado chofer giró el volante y tomó el desvío.

La carretera secundaria era más estrecha y estaba casi en penumbra. Avanzó varios kilómetros en silencio, sin dejar de pensar en el pueblo y en la gente que ahora estaba bajo el lodo. Sacó el teléfono y buscó información. Las cifras de muertos seguían subiendo con cada actualización.

Suspiró, dejó el celular a un lado y volvió a concentrarse por completo en la carretera. Encendió de nuevo la radio. Después de unos segundos de estática, la música empezó a salir por los altavoces, llenando otra vez la cabina.

Después de varios kilómetros avanzando animado por la música, Carlos terminó olvidando por completo la noticia del pueblo. De pronto, la radio dejó de funcionar. En su lugar solo quedó una molesta estática.

Pasaron varios kilómetros más y la señal no regresaba.

Carlos tomó el transmisor e intentó contactar con sus colegas:

—Aquí tráiler B070222, ¿me reciben? Cambio.

Nada. Al otro lado del transmisor, igual que en la radio, solo se escuchaba estática.

Aquel sonido agudo y constante empezó a ponerlo nervioso y, poco a poco, también de mal humor. Apagó tanto el transmisor como la radio y se concentró únicamente en conducir.

La neblina comenzó a caer de forma peligrosa sobre la carretera. Supo de inmediato lo que eso significaba: tendría que reducir la velocidad y prepararse para apenas ver lo que tenía delante.

Se internó de lleno en la niebla, encendió las luces de precaución y disminuyó la marcha. La visibilidad era pésima. Apenas distinguía unos metros más adelante… hasta que logró divisar una silueta caminando.

Aceleró un poco y reconoció que se trataba de una mujer sola, avanzando por el borde de la carretera. Lejos de asustarse, se sintió aliviado. Ver a otra persona en medio de aquella oscuridad le devolvió cierta tranquilidad. No perdió el tiempo.

Se acercó hasta quedar a su altura, bajó la ventanilla y tocó el claxon. La mujer ni siquiera giró la cabeza.

—¿Te llevo a algún lugar, preciosa? —preguntó Carlos.

Escuchó un simple «no», seco y sin emoción. Subió la ventana y siguió su camino.

Por el retrovisor alcanzó a ver que la chica tenía el pelo completamente empapado. Su silueta se iba haciendo cada vez más pequeña entre la niebla, hasta desaparecer

Carlos sonrió con una mezcla de pena y resignación. Pensó que se le había escapado una buena oportunidad, pero no le dio mayor importancia y siguió su camino.

Sumergido en sus pensamientos y en la monotonía de la conducción, se sobresaltó cuando el transmisor volvió a emitir voces de golpe.

Lo que realmente lo desconcertó fue que no reconoció ninguna. No eran las voces de sus colegas.

—¡Aquí tráiler B070222! ¿Me reciben? —gritó, ya molesto.

Nadie le respondió.

En cambio, las voces siguieron hablando entre ellas, claras, como si estuvieran en otra frecuencia a la que él no debía estar escuchando.

—¿Ya vas por la secundaria?

—Sí, la principal sigue sepultada.

—No te detengas en la curva del cuarenta, ¿me oyes?

—¿Otra vez andará por ahí?

—Desde el aluvión no se ha quitado. Y menos si ves a alguna caminando sola.

—Entendido. No paro ni aunque me ruegue.

Después solo quedó estática otra vez.

Carlos se quedó mirando el transmisor en silencio, con el ceño fruncido, sin entender del todo lo que acababa de escuchar

No le dio demasiada importancia. Pensó que el transmisor se había dañado y estaba captando frecuencias de otras radios. Además, la curva del kilómetro 40 quedaba en dirección contraria a la que él llevaba, así que no tenía sentido preocuparse. Aun así, aquella conversación se le quedó dando vueltas un momento más de lo que le hubiera gustado. Las voces sonaban demasiado claras, demasiado cercanas.

Se forzó a dejarlo pasar cuando la radio volvió a funcionar. La música llenó otra vez la cabina y, poco a poco, Carlos fue relajándose. Condujo más suelto, más confiado, mientras la niebla iba perdiendo densidad y la carretera se volvía un poco más visible.




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