Historias De Medianoche

ELLA SE LOS LLEVA

Corría el año 1950. En un pequeño pueblo de Ecuador, donde la pobreza se aferraba a cada casa como el polvo a la tierra seca, vivía un matrimonio con seis hijos: tres varones y tres mujeres de distintas edades. Como era costumbre en aquellos tiempos, a cada uno de los que aún no podían trabajar se le asignaban tareas desde muy temprano.

Los dos más pequeños —un niño de ocho años y una niña de siete— tenían el encargo más pesado. La madre, con el rostro cansado y la voz baja, los despertaba siempre a las tres de la mañana. Sin lámpara, casi sin palabras. Solo el roce de su mano en el hombro y el mismo susurro de siempre:

—Ya es hora. Vayan al río.

A las cuatro en punto salían de la casa. Afuera todo era oscuridad. El camino se metía entre los bosques, donde los árboles se alzaban como figuras quietas y el aire olía a tierra mojada, a hojas podridas y a algo más, algo que los niños no sabían nombrar. Caminaban en silencio, cargando el bulto de ropa sucia, escuchando apenas el crujir de sus propios pasos sobre la hojarasca. A esa hora el mundo parecía detenido. Ni un gallo, ni un perro, solo el leve rumor del viento entre las ramas.

Tenían que recorrer varios kilómetros hasta llegar a orillas del río, el mismo lugar donde la mayoría de la gente del pueblo lavaba sus ropas cuando ya había salido el sol. Pero ellos llegaban mucho antes. Cuando el agua todavía estaba fría y negra, y la niebla se arrastraba baja sobre la superficie, como si algo respirara debajo. Allí, en esa quietud casi absoluta, comenzaban su trabajo.

Varios días pasaron. Los niños, en su camino hacia el río, empezaron a notar a una ancianita que caminaba en dirección al pueblo. Siempre cargaba una cesta grande y pesada sobre la espalda. Nunca los miraba de frente, pero ellos la veían pasar entre la oscuridad, con pasos lentos y firmes.

Una madrugada, cuando el cansancio ya les pesaba en las piernas, la anciana los interceptó en el camino.

—Hola, niños… ¿cómo están? —preguntó con una voz muy dulce, la voz de una abuela cariñosa.

Carlos, el mayor, recordó de inmediato las advertencias de su madre: no hablar con extraños. Se quedó callado. Lucía, en cambio, que era una niña abierta y sonriente, respondió sin pensarlo:

—Me llamo Lucía y tengo siete años. Él es mi hermano Carlos, tiene ocho.

—¡Lucía! —la regañó Carlos en voz baja—. Mamá nos ha dicho muchas veces que no debemos hablar con desconocidos.

La niña se calló de inmediato, avergonzada.

La anciana sonrió y le acarició suavemente la cabeza a Lucía.

—Tranquilo, pequeño Carlos. Ella es una niña muy cariñosa… y tú eres un hombre bien portado, porque obedeces a tu mamá.

Al escuchar la palabra “hombre” y el halago, Carlos se relajó un poco.

—Lo que pasa, Carlos —continuó la anciana—, es que estoy buscando un lugar donde vendan fréjol blanco. Me dijeron que en el pueblo hay, pero nunca lo encuentro. Los necesito para mi alimento.

Carlos, ya más confiado, respondió:

—Señora, en la esquina del señor Luciano venden. Dicen que él tiene los mejores. ¿Pero a usted le gusta el fréjol blanco? A mí no me gusta. Cuando mamá nos lo pone, yo se lo echo a Lucía en el plato y ella se enoja —dijo riéndose.

La anciana también rio, con un sonido suave y casi agradable.

—Ay, hijo… es que ya estoy viejita. Eso es de lo poco que puedo comer a mi edad.

Carlos, viéndola cargada, ofreció:

—Si quiere, le puedo ayudar a cargar ese cesto hasta la tienda.

En el mismo instante en que se acercó, la anciana se apartó de golpe. Su voz cambió. Ya no era dulce.

—No la toques, hijito. Ahí tengo objetos valiosos.

Carlos retrocedió, apenado.

—Perdón, señora…

—No pasa nada, hijito. Gracias a los dos por decirme lo de la tienda.

Cargó de nuevo la cesta y empezó a caminar. No había dado más de unos pasos cuando se detuvo, se giró hacia ellos y dijo, con una calma que helaba:

—Tengan cuidado… en esta oscuridad y con este clima. Cuídense, porque a los seres de la noche les gustan tiernos.

Y se marchó, desapareciendo entre los árboles.

Los hermanos se quedaron un momento en silencio. No entendieron del todo aquellas palabras, pero algo en el tono les había dejado una sensación extraña en el pecho. Luego siguieron su camino hacia el río, para cumplir con las tareas que su madre les había encomendado.

Al llegar a la orilla, Carlos notó de inmediato que algo no era igual. El aire se sentía más denso, el agua más quieta de lo normal y el barro de la orilla tenía un aspecto diferente. A su corta edad no sabía cómo explicarlo, pero el lugar le resultaba extraño. Por temor al castigo de su madre y para no asustar a Lucía, no dijo nada. Solo apretó los labios y siguió adelante.

Empezaron a lavar la ropa. Poco después, desde aguas arriba, vino flotando un zapato pequeño. Carlos se metió al río y lo recogió. Al tenerlo en las manos, le resultó familiar, aunque no logró recordar de quién era. Entonces vio que más prendas venían flotando. Las recogió todas.

—Luci, mira —le dijo señalando la ropa—. A alguien se le debió de caer todo. Vamos a subir un poco a ver si podemos devolvérsela.

—Hermano, si nos demoramos mamá nos va a regañar —respondió Lucía, con miedo en la voz.

Carlos pensó un momento.

—Tienes razón. Primero terminamos con la nuestra y después subimos.

Trabajaron más rápido de lo normal. Cuando terminaron, el alba empezaba a asomar y el frío de la madrugada se iba aflojando un poco sobre sus brazos y piernas mojadas.

Carlos tomó la mano de su hermana y empezaron a subir por la orilla. Poco después Lucía señaló algo en el suelo:

—Mira…

Había una cesta tirada. La ropa estaba esparcida por el barro, sucia y revuelta, como si alguien hubiera estado lavando y de pronto hubiera tenido que salir corriendo. Carlos vio el otro zapato, el que faltaba, junto a la cesta.

Extrañados, empezaron a recoger la ropa y a meterla de nuevo en la cesta. Carlos seguía inquieto. Cada prenda le resultaba más familiar.




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