Historias De Medianoche

EL TAXI

Leandro manejaba su taxi por las calles del centro histórico aquella noche fría. El viento entraba a ráfagas por las rendijas de las ventanas y le helaba los dedos sobre el volante. A esa hora el tráfico casi no existía, y eso le gustaba. Menos autos, menos semáforos en rojo y, sobre todo, clientes dispuestos a pagar lo que fuera con tal de llegar a casa sin tener que caminar.

Le gustaba su trabajo. Le gustaba la noche. Y más que nada le gustaban los borrachos.

Cada vez que veía a uno tambaleándose en la acera, con la mirada perdida y el aliento a alcohol, sonreía como un pescador que siente el tirón del anzuelo. Sabía que podía cobrarles el doble de la tarifa normal y ellos, entre risas confusas o murmuraciones incomprensibles, pagarían sin reclamar. El estado de embriaguez los volvía generosos… o simplemente tontos. A Leandro no le importaba cuál de las dos cosas fuera, mientras el dinero entrara.

A lo largo de los años había llevado de todo en esa unidad: parejas discutiendo, tipos que lloraban por el celular, mujeres maquilladas que olían a perfume barato y hasta algún loco que hablaba solo con el asiento de atrás. Nada lo sorprendía ya. Estaba curado de sustos. Sus colegas le contaban historias de apariciones, de pasajeros que se esfumaban en mitad del trayecto o de sombras que se sentaban en el asiento trasero sin que nadie las hubiera visto subir. Él solo se reía y les decía que dejaran de ver tantas películas.

Era un hombre escéptico hasta la médula. Nunca le había tocado vivir nada fuera de lo normal, y estaba convencido de que nunca le tocaría. Las cosas paranormales, pensaba, eran cuentos para gente que necesitaba miedo o atención.

Aquella noche, sin embargo, el centro histórico se sentía distinto. Más silencioso. Más frío. Como si las casas viejas estuvieran conteniendo la respiración.

Leandro no le dio importancia. Solo subió un poco el volumen de la radio y siguió manejando, atento a la próxima presa fácil que apareciera en la acera.

En cuanto vio al hombre en la parada, Leandro sonrió como un niño que acaba de encontrar dinero en la calle. El tipo se tambaleaba, pero se le notaba la ropa cara y el reloj brillante. Tenía pinta de llevar buena plata encima

.

Con un chirrido de frenos detuvo el taxi a su lado y bajó la ventanilla.

—Estimado, ¿desea un taxi seguro? —dijo con su mejor sonrisa—. Las noches por aquí son frías… y peligrosas.

Señaló con la cabeza hacia unos indigentes que se acercaban por la acera. El hombre miró en esa dirección, asintió sin decir palabra y subió al asiento trasero. Le dio una dirección y se acomodó. Leandro arrancó.

Intentó sacar conversación, como siempre hacía, pero el pasajero empezó a cabecear a los pocos minutos. Pronto quedó profundamente dormido, con la boca entreabierta y un hilo de baba en la comisura.

Leandro soltó una risita baja y, con un movimiento rápido y practicado, manipuló el taxímetro. La cifra subió varios dólares de más. Todo iba según lo planeado

.

Cuando llegaron al destino lo despertó dándole un golpecito en el hombro.

—Llegamos, señor. Son… —miró el taxímetro alterado— treinta y cinco dólares.

El hombre sacó el dinero sin protestar, se lo entregó y bajó del auto. Antes de alejarse se detuvo un segundo, miró a Leandro con los ojos todavía nublados por el alcohol y dijo, con voz baja y extrañamente clara:

—Ten cuidado con la chica.

No agregó nada más. Se metió en su casa y cerró la puerta.

Leandro se quedó unos segundos mirando la fachada, luego soltó una carcajada.

—Borrachitos… siempre hablando mierda.

Volvió a subir al taxi y reanudó su ruta. Minutos después entró en una zona más oscura, donde los árboles se cerraban a ambos lados de la carretera y las luces de la ciudad quedaban atrás. El silencio era casi total.

De pronto el comunicador soltó un chispazo de estática.

Tssss… tsss…

Leandro frunció el ceño, tomó el aparato y habló:

—¿Hola? ¿Alguien por ahí?

Solo silencio. Volvió a colgar el comunicador.

Segundos después la estática regresó, más fuerte. Esta vez, entre el ruido blanco, se coló una voz lejana, casi un susurro, como si alguien hablara desde muy lejos:

—…llévame…

Leandro se quedó quieto, con la mano todavía sobre el comunicador. El motor del taxi era el único sonido en aquella carretera oscura.

Escéptico como era, no le dio mayor importancia al sonido ni a la falla del aparato. Seguramente era interferencia, pensó. O el comunicador ya estaba viejo. Siguió manejando con la esperanza de conseguir otro pasajero antes de que amaneciera.

Había recorrido casi una hora cuando la vio.

Una mujer sola, de pie al borde de la carretera, con un vestido corto y provocativo que se aferraba a sus curvas. A esa hora y en ese lugar, era una imagen imposible de ignorar. Leandro sonrió, redujo la velocidad y se detuvo a su lado.

—¿Necesita taxi, señorita?




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