Marta caminaba al anochecer.
Había sido una jornada laboral larga y agotadora, y después del gimnasio el cuerpo le pesaba como si llevara plomo en los músculos. Solo quería llegar a casa, ducharse y dejarse caer en la cama. Iba con los auriculares puestos, la música a un volumen moderado, lo justo para acompañar el paso sin aislarse del todo del ruido de la ciudad.
El frío de esa noche se sentía distinto. Siempre era intenso al caer la oscuridad, pero esta vez le calaba hasta los huesos. El sudor del entrenamiento se había enfriado sobre la piel y ahora le provocaba escalofríos que le hacían titiritar. Se subió la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla, metió las manos en los bolsillos y apretó el paso. No pensó demasiado en aquello. Solo deseaba llegar a su casa y descansar.
Al acercarse al parque que solía cruzar para acortar camino, notó una sensación extraña. Empezó en la nuca, como una punzada fría, y bajó lentamente por la espalda hasta los pies. Era la misma sensación que a veces aparece sin razón aparente: la certeza de que algo malo está a punto de ocurrir. Marta frunció el ceño, pero no se detuvo. “Estoy cansada”, se dijo. “Es solo eso”. Y se adentró entre los árboles.
El parque estaba más oscuro de lo habitual. Las farolas parecían más débiles, o quizás era solo la impresión del cansancio. Caminaba con paso rápido, casi apresurado, pero de vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás. Tenía la sensación clara de que alguien la vigilaba. Cada vez que miraba, sin embargo, no veía a nadie. Solo sombras, el movimiento de las hojas y el silencio denso de la noche.
Siguió avanzando. El corazón le latía un poco más fuerte de lo normal, aunque intentaba convencerse de que era por el ejercicio reciente. De repente el móvil vibró dentro del bolsillo. Extrañada, lo sacó. En la pantalla apareció una notificación de mensaje. Abrió la conversación y leyó la frase:
Te ves hermosa de espaldas.
Debajo había una foto.
Era ella. Tomada en ese mismo instante, desde unos metros atrás. Se veía claramente la chaqueta, el pelo recogido, la postura de quien camina sin saber que la observan.
El estómago se le contrajo. Quiso salir corriendo en ese mismo segundo, pero las piernas le fallaron. Un titiriteo fuerte le recorrió los músculos y por un momento sintió que iba a caerse. Se obligó a respirar hondo, a calmarse, a pensar. Luego intentó correr de verdad.
Fue entonces cuando lo vio.
Entre las sombras de los árboles, una figura dio un paso hacia adelante. Era un hombre. En una mano sostenía un cuchillo. En la cara llevaba un disfraz, la máscara de un personaje de película de terror que Marta había visto demasiadas veces. La hoja brilló un segundo bajo la luz débil de una farola.
Esta vez sí corrió.
Corrió sin mirar atrás, sin pensar, solo con el ruido de sus propios pasos y el corazón golpeándole las costillas. Divisó a lo lejos el parque infantil y se dirigió hacia allí. Se metió entre los juegos, se agachó detrás de un tobogán y se quedó quieta, intentando no hacer ningún ruido, mientras escuchaba si alguien se acercaba entre la oscuridad.
Marta contuvo la respiración al escuchar los pasos a su lado. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera oírlo. Permaneció inmóvil detrás del tobogán, apretando los dientes.
Los pasos se detuvieron unos segundos… y luego empezaron a alejarse.
Soltó el aire con cuidado, casi sin hacer ruido. Pensó que había pasado. Que por fin podía escapar.
Salió de su escondite con la intención de correr lo más lejos posible.
Solo logró dar un par de pasos.
Dos brazos fuertes la rodearon desde atrás, apretándola con fuerza contra un pecho amplio. Antes de que pudiera gritar, un golpe seco le llegó a la cabeza. El dolor fue inmediato y brutal. Las piernas le fallaron. El mundo empezó a girar y a oscurecerse.
Lo último que sintió fue que la arrastraban y la empujaban dentro de un vehículo.
Cuando recuperó el conocimiento, la desesperación la golpeó de inmediato. Estaba en un espacio cerrado, oscuro. Quiso gritar, pero la mordaza en su boca solo le permitió emitir quejidos ahogados. Las muñecas le dolían; estaban atadas. No dejaba de temblar. Intentaba decir “por favor” y “suéltame”, pero las palabras se perdían detrás de la tela.
Entonces él se quitó la máscara.
La miró fijamente, sin decir nada al principio.
Marta sintió que el estómago se le caía. Conocía ese rostro.
Era Juan. El chico al que había rechazado hacía tiempo.
—Hola, hermosa —dijo Juan, mostrando una sonrisa torcida—. Veo que ya me reconoces.
La miró fijamente. Su voz era baja, casi calmada, pero había algo roto detrás.
—Claro que me reconoces. Soy el chico que rechazaste… varias veces.
Soltó una sonrisa corta que no le llegó a los ojos.
Marta sintió que el corazón se le aceleraba todavía más. Intentó decir algo, cualquier cosa, pero él levantó una mano.
—¿Qué dices, maldita perra? No te entiendo… Ah, es verdad. Tienes la mordaza.
Volvió a reír, esta vez más fuerte, con un sonido que no parecía del todo humano.
—¿Sabes? Por tu rechazo me convertí en esto.
Marta lo miró mientras él levantaba el cuchillo. Sintió un líquido caliente correrle por las piernas. Se había orinado del miedo.
Juan inclinó la cabeza, observándola.
—Sí, querida Marta… gracias a ti muchas mujeres como tú pagaron el precio. Yo no quería convertirme en esto. No tuve opción. Y esta noche… todo se cierra. Porque al final serás mía.
Ella solo podía llorar e intentar suplicar con la mirada. Entonces él le quitó la mordaza de un tirón.
—Juan, por favor… déjame ir. Perdón por rechazarte, no era mi intención…
—¡Cállate! —gritó, y le dio una cachetada seca.
Marta sintió el ardor en la mejilla. Él se inclinó hacia ella, todavía sonriendo.
—No me importan tus súplicas ni tus arrepentimientos. Es más… agradece que no te metí en la cajuela. Vas solo en los asientos traseros.