Marta caminaba tranquilamente de la mano de su pequeña hija por aquel parque. Por primera vez en mucho tiempo, ya no sentía el peso opresivo en el pecho que antes la acompañaba cada vez que cruzaba aquellos caminos, sin importar la hora ni el día.
Siete años habían pasado desde aquello. Siete años que la habían dejado calmada, relajada y sin el menor remordimiento por lo que las chicas marcadas le hicieron a aquel loco. Ahora podía respirar con normalidad. Ahora podía sonreír.
Se detuvo junto a un banco, se sentó y sacó un cigarrillo. Esta vez lo encendió con calma y lo saboreó de verdad, dejando que el humo le llenara los pulmones mientras observaba a su hija trepar por los juegos, riendo sin preocupaciones. La niña parecía tan pequeña, tan ajena a todo… y Marta no podía evitar sentir una extraña paz al mirarla.
Por mera curiosidad, de vez en cuando desviaba la vista hacia el pecho de las mujeres que pasaban cerca. Buscaba, casi sin querer, alguna marca más. Alguna señal. Pero no encontraba ninguna. Desviaba la mirada con una sonrisa apenas perceptible, porque sabía —después de todo lo que había ocurrido— que ya no quedaba nadie más marcado.
El parque seguía igual. Los árboles, los columpios, el olor a hierba húmeda… Todo igual.
Solo ella había cambiado.
Mientras seguía fumándose el cigarrillo, los recuerdos empezaron a llegar sin pedir permiso.
1 de agosto de 2019
Marta y Laura intercambiaron números de teléfono para seguir en contacto. Por las noches, Marta continuaba entrenando. Se obligaba a entrenar el doble ahora que tenía una aliada. Entrenaba tanto que varias madrugadas solo conseguía dormir cuando el cuerpo ya no resistía más y se desplomaba agotado.
Una mañana pidió el día libre en el trabajo y llamó a Laura.
—Laura, soy Marta. Necesito reunirme contigo ya. Esta ansiedad me está matando. Quiero volver a verlo… y hacerle pagar todo lo que me hizo ese hijo de puta.
—Listo. Hoy a las dos de la tarde, en el mismo parque donde nos encontramos la primera vez. Te voy a presentar a toda la colección completa. Todas buscan lo mismo que tú.
Laura colgó sin dar más explicaciones.
Marta se quedó mirando el teléfono. ¿Colección? ¿Había más personas que se habían librado de Juan y también querían venganza?
Las horas se arrastraron. La ansiedad la iba comiendo por dentro y, con ella, los cigarrillos se acumulaban en el cenicero.
Cuando faltaba una hora para la cita, ya no pudo esperar más. Salió.
Al llegar al parque, el peso de todo lo que había soportado volvió de golpe. Pero esta vez no le dio miedo. Sintió un fuego denso creciéndole en el pecho. No se dio cuenta de que tenía los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos y el llavero le estaba clavando la carne hasta sacarle sangre.
A las dos en punto apareció Laura acompañada de tres mujeres más. Todas llevaban la misma marca.
La colección estaba completa.
Y por fin podían empezar a planear cómo ponerle fin a Juan.
Marta sacude la cabeza, alejando los recuerdos. Una media sonrisa se le escapa al pensar en aquellas mujeres… en lo que finalmente lograron después de tanto sufrimiento.
—Cami, vamos a casa. Seguro que papá ya nos está esperando.
La niña viene corriendo, hablando sin parar de una nueva amiga que ha hecho en el parque. Marta la escucha con atención, sonriendo, hasta que de pronto se detiene en seco.
Siente una mirada.
Alguien la está observando desde detrás de los árboles.
Un sudor frío le recorre la espalda. Vuelve a mirar entre el follaje, el corazón acelerado, pero no ve a nadie. Aun así, la sensación es exactamente la misma que aquella noche… la noche en que empezó la pesadilla.
—¿Mamá? ¿Estás bien?
La voz de Cami la saca del trance. Marta fuerza una sonrisa.
—Sí, cielo. No pasa nada.
Pero por dentro no puede dejar de temblar.
Al llegar a casa se enciende otro cigarrillo con manos algo torpes y marca el número de Laura.
—Contesta… por favor —murmura, mientras el tono de llamada sigue y sigue.
Prueba dos veces más. Nadie responde.
Cuando está a punto de intentarlo otra vez, el teléfono vibra en su mano. Es Laura.
—Hola… —la voz de Marta sale entrecortada—. Lo volví a sentir. En el mismo parque. En los mismos árboles.
—Marta, cálmate. Seguramente al pasar por ahí tu cabeza ha traído de vuelta lo de antes. Tú mejor que nadie deberías saber que no puede ser él.
—¿Has hablado con las demás? —pregunta Marta de golpe.
Hay un silencio breve al otro lado.
—No… la verdad es que no. Hace años que no sé de ellas. Solo mantengo contacto contigo y con Dome. Después de lo que hicimos, todas nos separamos. ¿Por qué lo preguntas?
La pregunta de Marta deja a Laura en silencio un segundo más de lo normal.
—Laura… yo sí he intentado contactarlas. Varias veces. Sin éxito —dice Marta, la voz más tensa—. ¿Crees que les pudo haber pasado algo?
—Cálmate. Seguramente solo querían dejar atrás todo lo de Juan y la colección. Ya pasaron siete años, Marta. Cada una siguió con su vida. Es normal.
—Este tema… me pone muy nerviosa, ya lo sabes. Pero está bien. Voy a intentar calmarme. Estaba asustando a Cami. Por cierto… siempre pregunta por ti.
Siguen hablando un rato más, ya con un tono más sosegado. Antes de colgar, Laura promete intentar localizar a las demás para tranquilizarla.
Cuando corta la llamada, Marta se queda unos segundos en silencio, el cigarrillo casi consumido entre los dedos. Después se obliga a ocuparse de las cosas de la casa, esperando a su marido.
Alex es policía. Muchas noches no logra volver. Pero esa noche sí llega. Y Marta lo nota de inmediato: algo le preocupa.
—¿Qué pasó, amor? —pregunta al verle la cara.
Alex saca un cigarrillo, pero no lo enciende.
—Entró un caso a la comisaría. Una chica asesinada. Te lo cuento cuando acostemos a Cami.