Historias De Un Guarda De Seguridad

Capítulo 1: El Eco de las Máquinas Apagadas

La jubilación es un estado de quietud que Santiago nunca aprendió a manejar del todo. Para un hombre que pasó tres décadas aguzando el oído ante el menor crujido de una puerta o el parpadeo de una cámara de seguridad, el silencio de su propia sala es, a veces, una carga insoportable. Sentado en su sillón de siempre, con las manos entrelazadas sobre el regazo, Santiago observa cómo la luz del atardecer se retira de las paredes, dejando espacio a esa penumbra azulada que tanto conoce. Es en este momento, cuando el mundo exterior se apaga, cuando los recuerdos se vuelven sólidos.

​Su mente viaja hacia atrás, atravesando los años como quien camina por un pasillo infinito de puertas cerradas, hasta detenerse en una muy específica: la entrada de la Zona Industrial "El Centinela". Era su primer puesto de gran envergadura. Hasta entonces, Santiago solo había vigilado bodegas de barrio y pequeños depósitos, pero "El Centinela" era un monstruo de metal y concreto que ocupaba dos manzanas enteras.

​El aire de aquella primera noche era denso, cargado con el olor metálico de la fundición y el aroma rancio del aceite industrial que parecía haberse filtrado hasta en los cimientos del edificio. Santiago recordaba el peso del uniforme nuevo, la rigidez de la tela azul oscuro que aún no se amoldaba a su cuerpo y el frío de la placa de metal en su pecho. El supervisor de turno, un hombre llamado Robles que parecía haber nacido con el ceño fruncido, le entregó una linterna pesada y un radio que emitía un siseo constante de estática.

​—Escucha bien, Santiago —le había dicho Robles, señalando con el dedo índice una serie de monitores en blanco y negro—. Esta planta produce piezas para maquinaria pesada. De día, es un infierno de ruido y obreros. De noche, es una tumba. Pero las tumbas, a veces, tienen ecos. Si escuchas algo que no debería estar ahí, no te hagas el héroe. Reporta y espera.

​Santiago asintió con la seriedad de quien cree que puede controlar el miedo. Sin embargo, cuando el reloj de la garita marcó las once de la noche y el último de los operarios salió por el portón principal, la magnitud de la soledad lo golpeó como una ola de agua helada. La planta se transformó. Las máquinas, que bajo el sol eran herramientas de progreso, se convirtieron en la oscuridad en siluetas amenazantes, gigantes de hierro con brazos hidráulicos que parecían aguardar el menor descuido para moverse.

​Su primer recorrido comenzó a la medianoche. El sonido de sus propias botas contra el pavimento de la bodega principal era lo único que llenaba el vacío. Santiago dirigía el haz de su linterna hacia las esquinas, viendo cómo las sombras se retorcían y huían de la luz. Al llegar a la sección de prensas, un lugar donde el techo se elevaba a más de diez metros, el aire se sintió súbitamente más frío. Era un frío que no venía del clima exterior, sino que parecía emanar de las mismas máquinas.

​Se detuvo frente a la prensa número siete. Era una mole de acero pintada de un verde industrial descascarado. Santiago sintió un cosquilleo en la nuca, esa señal eléctrica que el cuerpo envía cuando detecta una presencia que los ojos aún no ven. Apagó la linterna para agudizar sus otros sentidos. Por un momento, solo escuchó el latido de su propio corazón, acelerado y rítmico. Pero entonces, desde el fondo de la maquinaria, surgió un susurro.

​No era un susurro humano. Era el sonido de un metal frotándose contra otro, un "clanc" metálico, seco y deliberado, como si alguien estuviera golpeando un martillo rítmicamente contra el corazón de la prensa. Santiago encendió la linterna de golpe. El haz de luz barrió la máquina, pero no encontró a nadie. Los candados de seguridad estaban en su lugar, los interruptores de energía estaban en posición de apagado. Sin embargo, el ruido continuó, ahora más fuerte, acompañado por un siseo de vapor que no debería existir en una planta con las calderas apagadas.

​—¿Quién anda ahí? —preguntó Santiago, y su voz sonó pequeña, casi ridícula en la inmensidad de la bodega.

​Nadie respondió con palabras. En su lugar, la prensa número siete comenzó a moverse. Lenta, pesadamente, el pistón principal empezó a descender, desafiando todas las leyes de la física y la mecánica, pues no había electricidad que lo impulsara. El chirrido del metal sin lubricar era como un grito que desgarraba el silencio de la noche. Santiago retrocedió, tropezando con una caja de herramientas, mientras veía cómo la máquina realizaba un ciclo completo, aplastando el aire con una fuerza brutal.

​Cuando el pistón volvió a su posición inicial, el silencio regresó, pero era un silencio distinto, cargado de una intención maligna. Santiago se acercó, impulsado por una curiosidad que superaba a su terror, y dirigió la luz hacia la base de la prensa. Allí, sobre la plataforma de metal, vio algo que lo marcaría de por vida: una pequeña flor de tela, roja y polvorienta, que no estaba allí un minuto antes. Era un objeto delicado, casi tierno, que contrastaba de forma macabra con la brutalidad de la máquina.

​El radio en su cinturón cobró vida de repente, rompiendo la quietud con un estruendo de estática.

—Santiago... Santiago, sal de ahí... —era la voz de Robles, pero sonaba distorsionada, como si hablara desde el fondo de un pozo—. No mires la prensa siete... ella siempre pide un tributo.

​Santiago sintió que el piso se movía bajo sus pies. Miró de nuevo la flor roja y, por un instante, le pareció ver una mano pequeña y pálida retirándose hacia las sombras de los engranajes. No esperó a ver más. Giró sobre sus talones y corrió hacia la garita, sintiendo que el eco de sus pasos ya no era solo suyo; algo más, algo pesado y metálico, parecía estar corriendo justo detrás de él, imitando su ritmo, acechando en la frontera donde la luz de su linterna moría.

​Aquella noche, Santiago comprendió que su trabajo no consistía solo en vigilar edificios, sino en ser el guardián de las fronteras entre lo que podemos explicar y lo que la oscuridad prefiere mantener oculto.



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En el texto hay: historias cortas, historias reales

Editado: 25.01.2026

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