Historias De Un Guarda De Seguridad

Capítulo 5: Las Luces del Silencio

Diciembre siempre tuvo un aroma particular para Santiago: una mezcla de pólvora lejana, pino sintético y el frío que baja de los cerros. Ahora, mientras riega sus plantas en la paz de su jardín, no puede evitar que esa misma brisa le traiga el recuerdo de los años en el Conjunto Residencial "Los Olivos". Era un complejo inmenso de doce torres, que en Navidad se transformaba en un pequeño universo de luces intermitentes, pero que, a medida que avanzaba el mes, se iba quedando vacío, como un barco abandonado a la deriva del invierno.

​La mayoría de los residentes aprovechaban las vacaciones para viajar, dejando atrás apartamentos en silencio y pasillos que se sentían más largos de lo normal. El trabajo de seguridad en esa época era una mezcla de soledad extrema y una vigilancia redoblada.

​—Santiago, hoy el reporte de novedades está en cero, pero no te confíes —le dijo el supervisor de zona, un hombre de apellido Mendoza, mientras ajustaba su chaqueta de cuero—. La soledad de estos edificios atrae cosas que no siempre entran por la portería principal. Mantén los ojos abiertos en las terrazas de la Torre 7.

​Santiago comenzó su recorrido. El conjunto estaba adornado con pesebres gigantes y árboles llenos de esferas brillantes, pero sin la gente, los adornos parecían tener una presencia casi burlona. El eco de sus pasos en las escaleras de emergencia de la Torre 7 era lo único que rompía la quietud. Al llegar al piso 15, notó algo inusual. A pesar de que los propietarios del apartamento 1502 le habían notificado por escrito que estarían fuera de la ciudad durante todo el mes, debajo de la puerta se filtraba una luz cálida y se escuchaba el murmullo de una radio antigua sintonizada en una emisora de villancicos.

​Santiago se acercó, poniendo la oreja contra la madera fría. El sonido era claro: risas infantiles y el tintineo de cubiertos contra platos de porcelana. Consultó su minuta; el apartamento debía estar desocupado. Golpeó suavemente.

​—¿Seguridad? ¿Hay alguien ahí? —preguntó con la mano puesta sobre su linterna.

​Al instante, la música se detuvo. Las risas cesaron y la luz que salía por debajo de la puerta se apagó de golpe, dejando el pasillo en una oscuridad absoluta, solo rota por las luces de emergencia rojas. Santiago sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Sacó el manojo de llaves maestras que Mendoza le había dejado para emergencias y, con el corazón martilleando, abrió la puerta.

​El apartamento estaba vacío. No había muebles, solo las paredes blancas y el rastro de polvo que deja el tiempo. Pero en el centro de la sala, donde debería haber un comedor, Santiago vio un pequeño círculo de ceniza en el suelo, como si alguien hubiera encendido una fogata invisible. Y lo más extraño: el aire olía intensamente a canela y natilla recién hecha, un aroma tan real que por un segundo olvidó que estaba en una propiedad abandonada.

​—¿Mendoza? Aquí Santiago —dijo por el radio—. Estoy en el 1502 de la Torre 7. Reportaron que estaba vacío, pero aquí hay rastros de... algo.

​—Santiago, sal de ahí —la voz de Mendoza sonó con una interferencia metálica—. Ese apartamento no se habita desde hace diez años. Hubo un incendio en una víspera de Navidad y la familia nunca pudo salir. Cada diciembre intentan celebrar su cena, pero si te quedas a ver el final de la fiesta, podrías terminar siendo parte de la mesa.

​Santiago cerró la puerta de un golpe. Mientras bajaba por las escaleras, podía jurar que escuchaba pasos pequeños corriendo detrás de él y una voz de niña que le preguntaba si traía algún regalo. Al salir a las zonas comunes, miró hacia arriba. En el ventanal del piso 15, una sola luz se encendió de nuevo, y por un breve segundo, vio la silueta de una familia completa mirando hacia el jardín vacío, esperando un regreso que nunca ocurriría.

​Diciembre en la vigilancia no era solo cuidar propiedades; era, muchas veces, convivir con la nostalgia de los que se negaban a dejar atrás sus mejores recuerdos, incluso después de la muerte. Santiago volvió a su garita, se sirvió un poco de café y esperó al amanecer, entendiendo que hay luces que nunca se apagan, por más que pasen los años.

(Parte II)

​Santiago no regresó de inmediato a la calidez de la portería. Se quedó de pie en el descanso del piso 12, con la espalda apoyada contra el muro de concreto y la respiración entrecortada. El silencio del edificio, que antes le parecía pacífico, ahora se sentía como una presencia física que lo apretaba. Miró el manojo de llaves en su mano; el metal brillaba con un tono mortecino bajo la luz de emergencia. ¿Cómo era posible que el olor a canela y natilla fuera tan real en un lugar donde solo había cenizas?

​A pesar de la advertencia de Mendoza, Santiago sentía que algo no cuadraba. En sus años de servicio había aprendido que el miedo es un mal consejero para un guardia, pero la curiosidad es un veneno lento. En lugar de bajar al primer piso, caminó hacia el cuarto de máquinas del ascensor. Necesitaba entender si lo que había visto era una mala jugada de sus sentidos o si, de hecho, la energía de aquel incendio seguía palpitando en las venas del edificio.

​Al entrar al cuarto de máquinas, el ruido de los cables y las poleas parecía amplificado. Revisó el tablero eléctrico. Los interruptores de la torre 7 estaban en orden, excepto uno. El térmico que correspondía al piso 15 fluctuaba, la pequeña palanca vibraba como si una corriente invisible estuviera intentando forzar el paso de energía.

​—No hay nadie arriba, Santiago... convéncete —se susurró a sí mismo, aunque sus ojos no dejaban de vigilar la puerta metálica.

​De repente, el radio volvió a chirriar. Pero esta vez no era Mendoza. A través de la estática, se escuchó un sonido rítmico, como el de una campanilla de pesebre. Tilin, tilin. Y luego, una voz de mujer, suave y melódica, que cantaba un villancico que Santiago no había escuchado desde su infancia en el pueblo. La voz no venía del parlante del radio, sino que parecía nacer del mismo aire, rodeándolo.



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En el texto hay: historias cortas, historias reales

Editado: 25.01.2026

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