Historias De Un Guarda De Seguridad

Capítulo 7: Sótano 3: El Nivel del Olvido

Hay silencios que pesan toneladas, y luego está el silencio del Sótano 3. En mi retiro, a veces bajo al garaje de mi edificio y me quedo quieto, escuchando el crujido de las tuberías y el goteo incesante del agua contra el pavimento, y por un instante, el terror me devuelve a la Gobernación. Ese edificio no era solo una estructura de oficinas; era un iceberg de concreto donde lo más peligroso no estaba en los despachos de los altos mandos, sino en sus cimientos, en esos niveles enterrados donde la luz del sol es un mito y el tiempo parece haberse podrido entre el humo de los escapes y la humedad de la tierra.

​Recuerdo la noche en que el Viejo Arboleda me entregó el puesto. Él era un hombre que ya no caminaba, sino que se arrastraba con la pesadez de quien lleva un cadáver a la espalda. Nos sentamos en la cafetería de la entrada, bajo el zumbido mortecino de un tubo fluorescente que parpadeaba como un ojo enfermo, a punto de rendirse.

​—Santiago, mijo, escuche bien porque no lo voy a repetir y mi lengua se cansa de cargar con esto —dijo Arboleda, y sus manos, nudosas como raíces de roble, temblaban alrededor de una taza de café negro que parecía tinta—. En el Sótano 3 el aire no es aire, es el aliento estancado de los que se quedaron allá abajo y no saben cómo subir. Hace ocho años, Quiroga, un guardia que era puro nervio y valentía, bajó a la zona de mantenimiento por una falla en las luces. Reportó por radio a un niño sentado en el capó de un Buick abandonado, un carro lleno de polvo que nadie ha reclamado en décadas. Decía que el muchachito balanceaba las piernas, divertido, como si esperara el inicio de una fiesta que solo él podía ver en esa penumbra.

​Arboleda se quedó callado un momento, mirando hacia la oscuridad del pasillo con un terror que los años no habían logrado borrar.

​—Quiroga bajó para sacarlo, pensando que era el hijo de algún empleado que se había escapado. Pero la sombra jugaba con él. Aparecía en el retrovisor de un Mercedes, luego en el techo de una camioneta, siempre un paso más allá de la luz de su linterna, siempre riendo sin emitir un solo sonido. Cuando finalmente lo acorraló en el rincón más profundo, donde las filtraciones de agua crean charcos negros y espesos, Quiroga gritó. Un grito que nos atravesó el radio, un alarido de puro cristal rompiéndose que nos heló la sangre. Cuando lo encontramos, estaba hecho un ovillo bajo un chasis, con los ojos en blanco y la boca llena de ceniza. Su cabello, que era negro como el carbón esa misma tarde, se había vuelto blanco como la cal en menos de diez minutos. Renunció antes de que saliera el sol, pero antes de irse me susurró: "No es un niño, Arboleda. Es un agujero en la realidad que te mira de vuelta y te arranca los recuerdos".

​Con esa historia grabada en el pecho como una herida abierta, bajé al Sótano 3. El ascensor descendió con un lamento metálico, un chirrido de cables que parecía el quejido de una bestia herida en las entrañas de la ciudad. Al abrirse las puertas, la oscuridad me recibió como un golpe físico. Era una oscuridad sólida, aceitosa, que mi linterna apenas lograba herir. El olor era insoportable: una mezcla de gasolina vieja, caucho quemado y esa humedad rancia de las alcantarillas que nunca ven la luz.

​Mis pasos rebotaban contra las columnas numeradas, creando un eco que me hacía sentir que alguien caminaba a mi lado, justo fuera de mi visión periférica, imitando perfectamente mi ritmo. Cada vez que pasaba junto a un auto cubierto por una lona, la tela parecía ondularse, como si algo estuviera respirando debajo, algo que odiaba la luz de mi linterna. El drama de la vigilancia subterránea es que no tienes hacia dónde huir; arriba tienes millones de toneladas de cemento y a los lados solo hay muros que parecen cerrarse centímetro a centímetro.

​A las dos de la mañana, la atmósfera cambió. El ambiente se volvió gélido, un frío que me caló los huesos y me hizo sentir que mi propia sangre se espesaba. De pronto, el silencio se rompió. Una alarma de coche estalló en el fondo del sótano, un aullido eléctrico que desgarró la quietud de forma violenta. ¡Uaaa! ¡Uaaa! ¡Uaaa!

​—Puesto 3, reporte —la voz del supervisor en el radio sonó distorsionada, como si hablara a través de una tumba llena de agua.

—Se activó una alarma en el sector de mantenimiento... —respondí, y mi propia voz me resultó extraña, cargada de un pavor que no podía ocultar—. Voy a investigar.

​Recordé la advertencia de Arboleda: "No corra a apagarla". Me detuve junto a la columna C-14, con la linterna apagada para no delatar mi posición, sintiendo mi propia respiración como un trueno en mis oídos. En la penumbra, vi el Buick del que me habló el viejo. La lona gris que lo cubría cayó al suelo con un siseo, como si una mano invisible la hubiera retirado con una elegancia macabra. Y entonces lo vi. No era un niño, era una silueta de oscuridad absoluta, una mancha que absorbía la poca luz que quedaba en el ambiente. Estaba sentada en el capó, balanceando unas piernas largas y deformes que no tenían rodillas.

​La alarma se apagó de golpe, y el silencio que siguió fue mil veces peor. Un silbido suave, una tonada infantil y distorsionada, empezó a recorrer el pasillo, rebotando en los techos bajos. La silueta giró la cabeza. No tenía rostro, solo un vacío infinito, un pozo de negrura donde deberían estar los ojos. Sentí que ese vacío me succionaba, que mi voluntad se desvanecía. El radio en mi cinturón empezó a emitir una risa estática, una carcajada de niño que se transformaba en el lamento de un hombre que se ahoga.

​No corrí porque mis piernas se habían convertido en parte del concreto. Me quedé allí, siendo testigo de cómo esa cosa se deslizaba por el capó y empezaba a caminar hacia mí, sin tocar el suelo, con un movimiento fluido que desafiaba toda ley natural. Justo cuando estaba a escasos metros, cuando pude oler el hedor a hierro y olvido que desprendía, las luces del sótano parpadearon y se encendieron con un estallido que me dejó ciego por un segundo.



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En el texto hay: historias cortas, historias reales

Editado: 25.01.2026

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