Historias De Un Guarda De Seguridad

Capítulo 9: La Bitácora de lo Imposible.

A veces, la memoria es un peso que se siente en la espalda, justo entre los omóplatos, como si todavía cargara el radio y el cinturón de dotación. Hoy, el sol de la tarde entra con una pereza dorada por mi ventana, iluminando las partículas de polvo que flotan en el aire. Es extraño pensar que esas mismas partículas, en el pasillo de un hospital o en el sótano de una fábrica, pueden parecer fantasmas, pero aquí, en mi sala, solo son polvo.

​Me he sentado a la mesa del comedor con un cuaderno de tapas negras que compré hace una semana en la papelería de la esquina. Mis dedos, un poco más torpes que antes, acarician el papel en blanco. Escribir es un acto de valentía, creo yo. Es darle permiso a los recuerdos para que dejen de ser nudos en la garganta y se conviertan en manchas de tinta. Durante treinta años, mis únicas palabras escritas fueron en las minutas: "12:00 AM, ronda sin novedades", "03:00 AM, se reporta luminaria fundida". Mentiras necesarias. La verdadera bitácora, la de lo imposible, la llevaba escrita en la piel, en los escalofríos que no se iban con el café.

​Empiezo a escribir el nombre de Arboleda, de Robles, de Quiroga... nombres que son como estaciones en mi propio calvario. Al verlos ahí, sobre el papel, siento una punzada de duda. ¿Quién me creería? Si alguien leyera sobre el triciclo rojo o el pasillo de espejos del piso 22, diría que Santiago es un viejo que perdió el juicio entre tanto turno nocturno. Dirían que la soledad me fabricó monstruos para no dejarme morir de aburrimiento. Pero yo sé lo que vi. El frío no se inventa, y el aroma a violetas en un lugar donde no hay flores no es una mala jugada de la mente.

​Hago una pausa y dejo el esfero a un lado. Miro mis manos. Tienen manchas de sol y venas que parecen ríos en un mapa antiguo. Estas manos abrieron puertas que debieron quedarse cerradas y cerraron candados que algo, desde el otro lado, intentaba forzar. Me pregunto cuántos guardias, en este mismo instante, estarán escribiendo sus propias mentiras en las minutas de los conjuntos residenciales de la ciudad. Cuántos estarán viendo una sombra y reportando "sin novedades" solo para no tener que explicar lo inexplicable ante un supervisor que solo cree en horarios y firmas.

​Ser guardia es ser un espectador profesional de una obra de teatro que nadie más quiere ver. Nos pagan por mirar donde los demás cierran los ojos. Y ese es el costo más alto: que al final del camino, te quedas con un inventario de sombras que no le puedes entregar a nadie. Por eso este cuaderno es importante. No es solo un libro; es el relevo que le entrego a mi propia cordura. Es decir: "Sí, Santiago, estuviste ahí. No estás loco. El miedo fue real".

​La noche empieza a caer y la luz de la lámpara de mesa crea un círculo de seguridad sobre el cuaderno. Es irónico: pasé la vida con linternas potentes y ahora mi mundo se reduce a este pequeño foco de luz cálida. He avanzado varias páginas. He descrito el sonido de las prensas de la metalúrgica y el vacío en los ojos de la sombra del Sótano 3. Al escribir, siento que el pecho se me libera, como si cada palabra fuera un candado que se abre.

​De repente, un pensamiento me asalta. ¿Y si estas historias no son solo mías? ¿Y si el acto de vigilarlas las hizo parte de mí? Recuerdo una vez, hace años, un analista de seguridad que me dijo que los lugares no tienen fantasmas, sino que los hombres los llevamos con nosotros. Me pregunto si el edificio Siglo XXI sigue siendo una tumba de cristal o si solo lo era porque yo estaba allí para atestiguarlo. Quizás el vigilante no es el que protege el lugar, sino el que le da permiso a lo sobrenatural para manifestarse.

​A mitad de la noche, me levanto a prepararme un té. El silencio de mi casa es profundo, pero ya no me asusta. He aprendido a distinguir el crujido de la madera que se enfría del paso de algo que no tiene cuerpo. Mientras espero que el agua hierva, me miro en el espejo del pasillo. Ya no busco reflejos ajenos. Busco al Santiago que sobrevivió. Veo al hombre que, a pesar de todo lo que vio, todavía puede dormir sin encender todas las luces.

​Vuelvo al cuaderno. Siento que este ejercicio de escribir es mi última gran ronda. Estoy patrullando los pasillos de mi pasado, asegurándome de que cada recuerdo esté en su lugar, de que cada sombra tenga un nombre y de que cada miedo esté bien guardado bajo la llave de la narrativa. Mañana, cuando el sol vuelva a salir, estas páginas serán solo papel y tinta, pero para mí serán el testimonio de que fui un centinela digno.

​Cierro el cuaderno y pongo el esfero encima. Por hoy es suficiente. La bitácora de lo imposible está ganando cuerpo, y con ella, mi paz. Mañana recordaré a los perros, a mis compañeros de cuatro patas que veían lo que yo solo intuía. Pero por ahora, el vigilante se permite descansar. El puesto está cubierto, la puerta está cerrada y, por primera vez en mucho tiempo, el reporte es de verdad: sin novedades en el alma de Santiago.



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En el texto hay: historias cortas, historias reales

Editado: 25.01.2026

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