Historias De Un Guarda De Seguridad

Capítulo 14: El Relevo Final

El sol de la mañana entra hoy por mi ventana con una claridad que me resulta extraña, casi intrusiva. Después de la visita de Ramírez, pasé el resto de la noche en vela, pero no fue el insomnio ansioso de mis años de servicio; fue una vigilia de paz. He terminado de escribir la última página de mi cuaderno de tapas negras. Al cerrarlo, el sonido del cuero chocando contra el papel sonó como el cierre de una pesada puerta de bóveda. Siento que he vaciado mi alma en estas hojas, que cada sombra que me persiguió desde el Hospital San Judas, pasando por el abismo del piso diez donde Isabella aún cae, hasta los obreros de humo que Cristian vio en la construcción, ha quedado finalmente encadenada a la tinta. Escribir ha sido mi último gran servicio, el reporte más largo y honesto de mi carrera. Ahora, el cuaderno descansa sobre la mesa, vibrando con una energía que solo yo puedo percibir, como si las historias que contiene estuvieran respirando, satisfechas de haber sido rescatadas del olvido.

​Me levanto y camino por mi casa, observando los rincones que antes me causaban recelo. El espejo del pasillo, donde tantas veces temí ver un reflejo ajeno, ahora solo me devuelve la imagen de un hombre cansado pero íntegro. Ya no hay ruidos en los ductos, ya no hay aromas a flores muertas. Es como si, al dar testimonio de lo imposible, hubiera roto el contrato que me unía a la oscuridad. Sin embargo, sé que allá afuera la ciudad sigue despierta, que el engranaje del miedo no se detiene. En este mismo instante, miles de hombres y mujeres se están ajustando el cinturón, revisando sus linternas y preparándose para entrar en esos edificios de cristal, en esos sótanos húmedos y en esas obras negras que reclaman corazones. Mi turno ha terminado, sí, pero la frontera sigue necesitando centinelas. El relevo es una ley inmutable de la vida, y yo estoy listo para entregar mi puesto a quien tenga la valentía de ocuparlo.

​Salgo a caminar por el barrio, llevando el cuaderno bajo el brazo como si fuera un tesoro o una reliquia. Camino con una ligereza que no sentía desde que era un muchacho en mi pueblo. Paso frente a una de esas grandes torres empresariales y me detengo un momento a observar al guardia que está en la recepción. Es joven, quizá de la edad de Cristian. Lo veo revisar los monitores con una mezcla de aburrimiento y cansancio, ajeno a que, en el piso veinte de esa misma estructura, una computadora podría estar escribiendo su nombre en la oscuridad. Siento una punzada de compasión, pero también de orgullo. Ese muchacho es el muro. Él no lo sabe aún, pero su presencia es lo que mantiene la cordura de todos los que trabajan allí. Me dan ganas de acercarme y entregarle el cuaderno, de decirle: "Lee esto, te servirá de escudo", pero sé que cada vigilante debe descubrir sus propios fantasmas. La experiencia de la sombra no se hereda, se padece y se vence de forma individual.

​Me siento en un banco del parque y abro el cuaderno en la primera página, donde escribí mi nombre: Santiago. Releo las anécdotas de Arboleda, los lamentos de Quiroga y el sacrificio silencioso de Ramírez. Me doy cuenta de que este libro no es solo una colección de historias de terror; es una elegía a la lealtad. Somos los olvidados del sistema, los que no aparecen en las fotos de éxito de las empresas, pero somos los que cerramos la puerta por fuera para que el mundo pueda soñar. He decidido que este cuaderno no se quedará en un estante juntando polvo. Lo dejaré en la biblioteca pública, en esa sección de crónicas locales donde nadie busca nada, pero donde el destino suele poner los libros correctos en las manos de quienes necesitan respuestas. Quiero que, dentro de veinte o treinta años, otro guardia cansado lo encuentre y entienda que no estaba loco, que lo que vio en el sótano era real, y que hubo alguien antes que él que también sobrevivió para contarlo.

​Regreso a casa cuando el cielo empieza a teñirse de ese azul profundo que anuncia la llegada de la noche, mi antigua compañera. Por primera vez en tres décadas, no siento la necesidad de revisar los candados con obsesión. Entro en mi habitación y dejo el uniforme, que guardaba como un recuerdo en el fondo del armario, en una bolsa para donar. Ya no lo necesito. Mi piel ya no busca la protección del poliester ni el peso de la placa. Me siento en mi sillón favorito y dejo el cuaderno sobre la mesa de noche. He escrito el punto final, pero antes de cerrar los ojos, tomo el esfero una última vez y escribo en la contraportada una frase que resume mi existencia: "El vigilante duerme, pero la luz de su memoria queda encendida para el que viene detrás".

​Siento que el peso de los mil turnos se desvanece. Las voces de Isabella, de los niños de la morgue y de los obreros espectrales se han convertido en un susurro lejano, casi armonioso, que me arrulla. Ya no hay miedo, solo una inmensa gratitud por haber sido el guardián de la realidad. El relevo ha sido entregado. Mañana, alguien más firmará la minuta, alguien más reportará "sin novedades" mientras el corazón le late con fuerza ante un ruido extraño en el pasillo. Yo, por mi parte, me permito el lujo más grande que un vigilante puede tener: cerrar los ojos y confiar en que la noche será amable. La bitácora de lo imposible está completa. Santiago ha entregado su puesto. El reporte final es, por fin, una verdad absoluta: turno terminado, alma en paz, guardia concluida. Que Dios proteja a los que se quedan en la sombra, porque yo, finalmente, he salido a la luz.



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En el texto hay: historias cortas, historias reales

Editado: 25.01.2026

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