historias hechas por una niña

Una carta para mi mejor amiga

Para la persona que me mostró una amistad
que nunca pensé lograr tener:
NORMAN

Te contaré una historia que creo que ya te la sabes de memoria.
Hace 10 años ingresé al colegio. Recuerdo que, cuando me matricularon, solo conocía a dos personas: mi “prima” y el único amigo que me quedaba del jardín. En aquel entonces, quería simplemente tener amigos, hacer lo que quisiera, seguir disfrutando… hasta que entré al salón.
No conocía a nadie, me sentía alejada.

Todo a mi alrededor era nuevo: caras desconocidas, lugares que jamás había visto. No recuerdo mucho de esos primeros días; no sé si fue por el tiempo o por el aburrimiento. De lo que sí estoy segura es de que en los descansos seguía viendo a mi amigo y a mi “prima”, pero nos fuimos alejando. Encontramos nuevas amistades. Yo conocí a una niña.

Era parecida a mí, o eso creo. Quería jugar con ella, pues no hablaba con nadie más. Algunas cosas de ella me herían, como cuando me dejaba de lado para irse con otros niños, o cuando simplemente me ignoraba… estaba sola. Era horrible; el ambiente no me gustaba. No había nadie que estuviera conmigo. Muchos ya tenían su grupito, y yo me sentía aislada.

No sé bien cuándo fue, pero una niña nueva se me acercó: Sara. Ella acababa de llegar, y yo solo podía pensar en qué decirle para que estuviéramos juntas. Tengo pocos recuerdos de esos primeros días; la verdad, no sé ni cómo empezó esa amistad, pero llegó a un punto que asfixiaba a todos.

No quería que se fuera, no quería volver a esa soledad. Las demás personas me daban miedo; sentía como si en cualquier momento me la fueran a quitar. Mis comportamientos empezaron a alejar a los demás de mí, y eso no me importaba siempre y cuando Sara estuviera conmigo… o eso pensaba.

La verdad es que no sé cuándo apareciste. Sé que ya tenía problemas con Sara, sé que llegué al punto de hostigarla con mi presencia, incomodar a otros, tener momentos de toxicidad máxima, y tú la ayudaste. Creía que, si se creaba una amistad contigo, cayeras en mis redes, que cumplieras lo que yo anhelaba, mis caprichos y juegos, que cumplieras con cada orden… aunque sabía que todo lo que yo hacía estaba mal. Pero en ese entonces no caí en cuenta de mis actos; todavía era una niña, no sabía cómo expresarme.

Sinceramente, te envidié, te odié y te repudié… sentía queeras la culpable de las peleas que tenía con Sara, que no había más explicación. Pero al mismo tiempo, quería que estuvieras ahí, que me enseñaras a tolerar. Y cuando te fuiste, me sentí culpable. No recuerdo qué tan mal me comporté contigo, pero ya me lo imagino.

Pasó el tiempo, y con ello llegó la pandemia: un problema tras otro. No tenía restricción a las redes… en realidad, nunca la tuve. Un día de esos, un pensamiento llegó a mi mente: el momento en que Sara dijo que su personaje para un videojuego era Sailor Moon… sonará tonto, lo sé, pero yo quería que dejáramos de hablar de cosas del colegio, mejor enfocarnos en nuestros intereses, y me vi la serie…
No solo consumí ese anime, vi muchos más. Me obsesioné. Perdí la cuenta de cuántos vi, de cuántos videos de reseñas observé y analicé.
¿Y todo para qué?
Para que Sara me dijera: “no me gusta eso, solo lo escogí por la tarea.”

En ese momento toqué fondo. Ya era una realidad, mi mente lo aceptó: por más que me esforzara, la gente se alejaría en algún momento. Y cuando pensé que ya había superado mi más grande deseo, volví a pedirlo.

La pandemia no solo se llevó a uno de mis seres queridos que más amaba, sino también la chispa que me hacía sentir calma: mis amigos imaginarios. Lo perdí todo.

Otra vez hice una rutina para desear. Desear alguien que me comprendiera, que me ayudara, que aceptara y que simplemente estuviera ahí.
Todos los días, todas las noches, la pasara bien o mal.

Y el colegio empezó otra vez. La relación con Sara empeoró, y yo ya tenía más gustos, y empecé a exponerlos a todos. Conocí a un chico. No sé si fue casualidad, pero fue el primero a quien le pregunté: “¿Te gusta el anime?”
Todo empezó desde ese momento. Su respuesta fue clara y obvia; todavía la recuerdo.

En un salón de informática, un proyecto de vida, a mi lado un niño que cambió de puesto, y en el computador de él… personajes anime.

Desde ahí empecé a hablar un poco con él. La respuesta a la pregunta fue un sí, y de eso le dije: “¿Será que hay alguien más a quien le guste el anime?”
No sé quién fue el que dijo: “A Valeria, creo.”

En ese momento me acerqué a ti sin pensarlo, sin recordar el pasado, y te lo pregunté:
Valeria… ¿te gusta el anime? Es que me dijeron que te gustaba, ¿es verdad?”
La duda que tuve en ese momento… no sé qué pasó por mi mente para decírtelo, pero tu respuesta me alegró. Ese “sí”, esa palabra me calmó. Quería seguir preguntándote cosas, y lo hice.

No sé cómo fue que empecé a hablar más contigo, hasta que te convertiste en una luz que no quería perder, una esperanza que me llenaba de calma, una chispa que no dejaría ir.

Comprendí que la amistad con Sara ya no se podía estirar más. Ya tenía otro amigo, y una luz que encontré de la oscuridad: .
Te conté de mí, me escuchaste. La verdad, no sé cuándo te dije todo sobre mi vida; solo lo hice. Me transmitiste una confianza que no sabía que podía tener. Me ayudaste a sobrellevar mis problemas, aunque nunca te dejé exponer los tuyos.

Cuando nos separamos definitivamente de Sara, me sentí mal, culpable. Sentí que hice lo que me hicieron a mí, pero luego comprendí que nunca tuve una amistad tan real como la pensé. Si le hubiera contado todo sobre mí a Sara, no creo que me dejara tanta paz como cuando te lo dije a ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.