Ojos Color de Cielo
Eran cerca de las 5:00 a.m., la hora en que el frío de Bogotá se cuela por las rendijas de los carros y los huesos ya pesan por el cansancio. Víctor estaba por terminar su jornada cuando le entró un servicio por aplicación en Bosa. Al llegar al punto, el cansancio se le borró de golpe.
Subió al taxi una mujer que parecía irreal. Era una chica de aproximadamente 1.65 de estatura, con el cabello negro azabache, liso y brillante, que enmarcaba un rostro angelical. Pero lo que realmente lo dejó sin aliento fueron sus ojos azules, intensos y profundos. Vestía un uniforme de enfermería, azul con blanco, que le quedaba impecable, y cargaba una mochila junto a unos libros de "Enfermería Avanzada" bajo el brazo.
—¿Hacia dónde nos dirigimos? —preguntó Víctor, tratando de sonar profesional a pesar del impacto.
—Para el Instituto del SENA —respondió ella con una voz dulce—. ¿Será que puedes ir un poco rápido? Voy tardísimo porque ya tres conductores me habían rechazado el servicio por vivir en esta zona tan apartada de Bosa.
—Sí, dale tranquila —respondió él con seguridad—. Aprovechemos que a esta hora no hay tanto tráfico como de costumbre en la ciudad.
Buscando romper el hielo y dejar atrás los fantasmas de la noche anterior, Víctor añadió:
—¿Tienes inconveniente si pongo música para hacer el viaje un poco más ameno?
Ella intentó entablar conversación, pero el volumen no dejaba que Víctor escuchara bien su voz. Él, cautivado por la dulzura de su tono, accedió de inmediato a bajar la música. El ambiente cambió. Al llegar a un semáforo, Víctor echó un vistazo por el retrovisor y se encontró de frente con la mirada de ella; lo estaba observando fijamente. Víctor se quedó idiotizado, perdido en ese azul eléctrico de sus ojos.
El semáforo cambió a verde y él ni cuenta se dio.
—¡Ey! El semáforo ya cambió —le dijo ella bromeando—. No se te olvide que llevamos afán.
—¡Si, perdón! —exclamó Víctor volviendo a la realidad y acelerando a fondo.
A partir de ahí, la charla fluyó mejor. Sin embargo, al llegar a la Avenida de Las Américas, el caos de Bogotá despertó. Los trancones empezaron a formarse cerca de la localidad de Kennedy y ella comenzó a desesperarse. En medio del afán, un motociclista imprudente se pasó un semáforo en rojo, atravesándose en su camino. Víctor reaccionó a tiempo y clavó los frenos bruscamente.
El susto rompió la calma. Aquella niña de apariencia angelical soltó una grosería sonora dirigida al motociclista. Víctor, sorprendido de escuchar una palabra tan fuerte salir de esos labios tan finos, no pudo evitar una sonrisa.
—Tranquila, no pasó nada, gracias a Dios —le dijo para calmarla.
—Sí... gracias a Dios —suspiró ella, recuperando el aliento.
Veinte minutos más tarde, llegaron al SENA.
—¿Qué hora es? —preguntó ella con ansiedad.
—Faltan diez para las seis —respondió Víctor mirando el tablero.
Ella soltó un suspiro de alivio.
—¡Ah! Llegamos bien de tiempo.
—Sí, a pesar de que casi nos matamos —bromeó Víctor.
Ella soltó una carcajada encantadora.
—La verdad sí... manejas muy bien. Es más, ¿sabes una cosa? ¿Por qué no intercambiamos números por si vuelvo a tener otra urgencia?
A Víctor se le iluminó el rostro.
—Sí, me parece bien. Oye, después de todo no me dijiste en qué trabajas.
—Estudio enfermería y trabajo de azafata —contestó ella mientras guardaba el número.
—Debe ser rico volar por todas partes —comentó Víctor con admiración.
Ella le dedicó una sonrisa un poco falsa, una que no llegaba a sus ojos, y respondió con un tono extraño:
—No todo es lo que la gente cree... ¡CHAO! Que ya faltan dos minutos, ¡nos hablamos después!
Salió corriendo hacia la entrada del instituto. Víctor se quedó estático, con el motor encendido, viendo cómo la silueta de aquella chica se perdía tras las puertas. Se sentía atónito, con el aroma de su perfume aún flotando en el taxi y el azul de sus ojos tatuado en la memoria.
#2758 en Otros
#637 en Relatos cortos
#1101 en Thriller
#505 en Misterio
historias que marcan el corazon, historias simples sobre lo cotidiano, historias reales
Editado: 17.01.2026