Historias nocturnas de un taxista

Capitulo 9 parte 2 el espejismo de las azafatas

Capítulo 9 (Parte II): El Espejismo de "Las Azafatas"
​Víctor ya sentía el peso de la jornada sobre los hombros. Eran pasadas las 5:00 a.m., la luz del alba empezaba a clarear tímidamente sobre los cerros orientales y él ya estaba por los lados del centro, calculando si le alcanzaba el gas para la última carrera antes de guardarse. Después de la noche tan amarga que traía encima, su cuerpo le pedía a gritos una ducha y el silencio de su habitación.
​Estaba estacionado cerca de la calle 19, estirando las piernas un momento, cuando el celular vibró en el tablero. Al ver el nombre, el corazón le dio un vuelco. Era la chica de los ojos azules.
​—¿Víctor? Por favor... dime que estás cerca —la voz de ella sonaba quebrada, muy distinta a la de la mañana—. Necesito que me recojas ya mismo en un sitio que se llama "Las Azafatas", aquí en la 13 con 19. Por favor, no tardes.
​Víctor no lo pensó. Engranó primera y arrancó. Mientras recorría esas pocas cuadras, su mente intentaba unir las piezas. "Las Azafatas", pensó, recordando que ella le había dicho que trabajaba volando. Creyó que quizás era una oficina de despacho o un paradero de tripulaciones que madrugaban. Pero al llegar a la dirección, la bofetada de realidad fue brutal.
​El sector, sumido en esa penumbra sucia del amanecer en el centro de Bogotá, no engañaba a nadie. El local, con un letrero de neón que parpadeaba cansado, era un conocido foco de luces rojas. Allí, bajo la marquesina, la vio. Llevaba puesto un uniforme de azafata azul oscuro, impecable pero ajustado, con un pañuelo de seda al cuello. Era el mismo concepto que le había mencionado en la mañana, pero ahora Víctor entendía el contexto: era su atuendo de trabajo en aquel prostíbulo.
​Ella se subió al taxi rápidamente, evitando las miradas de los pocos transeúntes que deambulaban por la 13. El aroma a flores frescas de la mañana se había perdido bajo un rastro pesado de licor y humo de cigarrillo ajeno. Víctor arrancó en silencio, con un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar. Conducía despacio, tratando de procesar el choque entre la estudiante angelical y la mujer que acababa de subir.
​Tras unas cuadras, Víctor la miró por el retrovisor. Ella tenía la mirada perdida en el asfalto. Él carraspeó y, con una voz cargada de una tristeza suave, le preguntó:
​—Oye... ¿entonces este es el lugar donde tú dices que "vuelas" todas las noches?
​Ella no bajó la mirada, pero el azul de sus ojos se inundó de lágrimas de inmediato. Comprendió que Víctor ya lo había entendido todo sin necesidad de ser grosero.
​—El local se llama así, Víctor: "Las Azafatas" —respondió ella con una amargura que le caló los huesos—. Fue mi manera de decirte la verdad sin decirla, porque me dio mucha vergüenza que un hombre como tú me viera así. ¿Crees que estudio enfermería por gusto? Lo hago para salir de este infierno. Pero mientras tanto, este uniforme es lo único que mantiene a mi mamá viva y paga el arriendo.
​—Pero... —Víctor quiso decir algo, pero se detuvo al recordar los billetes de Carlos que él mismo cargaba. ¿Quién era él para cuestionar cómo sobrevivía cada quien en esa ciudad?
​—En ese lugar vendo una fantasía vestida así para que mi realidad no se desmorone —continuó ella, limpiándose una lágrima—. Esta mañana viste a la mujer que quiero ser. Pero esta que ves ahora es la que tiene que hundirse en el barro para que la otra pueda existir algún día. Bogotá es una fiera, Víctor, y yo aprendí que mi belleza y este disfraz son la única moneda que me aceptan para no morir de hambre.
​Víctor apretó el volante con compasión. Comprendió que ambos, en esa madrugada fría del centro, eran iguales: dos náufragos tratando de no ahogarse en una ciudad que no perdona a los que no tienen nada.
​—Solo maneja, Víctor —suplicó ella—. Sácame de aquí antes de que el sol termine de salir.




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