Conocí a un hombre que logró obtener la invisibilidad.
Si mi memoria no me engaña, se llamaba Luis C. Nos conocimos al cambiar de colegio. Tendría yo diez u once años. Yo era un niño retraído y encontrarme con Luis fue un gran alivio para mi soledad. Nos hicimos buenos amigos. Jugábamos todo el día y, como todo niño que disfruta de la infancia, el tiempo nunca era suficiente. Más de una vez nuestras madres, al caer la noche, salieron furiosas a buscarnos por el barrio. Luis ocupa una parcela propia en el poblado de mi memoria.
Le encantaban los superhéroes y, desde la infancia, soñaba con obtener el poder de la invisibilidad. Los profesores lo escuchaban e incluso lo alentaban, pero seguramente en su interior se burlaban de aquel sueño infantil. Yo no entendía por qué alguien quería ser invisible. Yo a esa edad deseaba lo contrario. Pero Luis era un soñador, su mente volaba sobre una abeja y dormía entre los pétalos de una flor; estaba convencido de que la invisibilidad era el poder ideal para un héroe. En el fondo, su actitud soñadora me resultaba refrescante.
A los catorce años me mudé de barrio. Nuestros caminos se separaron. Pero conmigo llevé el recuerdo de aquel niño que deseaba ser un héroe, y que fue mi primer amigo en aquel colegio.
Hace un mes, por trabajo regresé a mi antiguo barrio. Me enteré de que Luis logró lo imposible: obtuvo el poder de la invisibilidad.
Sin embargo, el cumplir su sueño no le alegró, tampoco le causó satisfacción. En alguna parte de su ser se formó un agujero por donde se drenó su felicidad. Dejó de hablar de aquel sueño infantil, que en teoría, una vez cumplido, debía haberle traído paz.
Debo aclarar que desconozco la motivación de Luis para obtener dicho poder. Tampoco sé cómo lo adquirió. Escuché que encontró el secreto debajo de un puente, pero solo son conjeturas; nadie sabe cómo Luis pudo llegar a ello. También me percaté de que, a excepción de mí, nadie parecía verlo. Tal vez sea porque fuimos amigos. Quizás las personas amables también puedan verlo.
Siendo sincero, Luis ha cambiado mucho. Ya no es el joven que habita mi memoria. Al ser invisible no necesita ir refinado, por lo que tiene el cabello y la barba larga y desaliñada. Su camisa, con marcas de batallas, muestra parte de su pecho desnudo. Ha pasado tanto tiempo invisible que, aunque quisiera, es imposible que el mundo lo note. Incluso parece que sus palabras han sido devoradas por el silencio. Un día lo escuché gritar; parecía que solo a mí llegaba el eco de su voz.
Aunque llevo un mes viéndolo de pasada, por mi naturaleza solitaria y por lo ajetreado de mi horario de trabajo no me había acercado a saludar. Pero esta mañana, mientras caminaba por la plaza, lo vi y decidí hablar con él. Lo saludé y le tendí la mano. Esperaba un apretón como respuesta, o una sonrisa por los viejos tiempos. Me sobresalté al ver su reacción; sus ojos se habían abierto de par en par, como si se fueran a salir de las cuencas. Tal vez es porque lo saqué del anonimato, pensé. Pero alzó la mano izquierda, mostrando la palma, y sus palabras destrozaron mi corazón:
—Señor, ¿tiene una moneda que me regale?