Cuando llegamos a casa, la fiesta aún flotaba en la piel como un perfume residual. Saqué las llaves del bolsillo del pantalón, abrí la puerta y disfruté aquel aroma que susurra hogar.
Escuché los dedos sobre el teclado y, al entrar, vi una escena conocida: mi esposa trabajando frente al computador. Sus lentes destellaban en una mezcla de tonos verdes y violetas, reflejando la luz de la pantalla. Pero… mi esposa estaba justo detrás de mí.
Asumí que aquella visión fue consecuencia del cansancio. Un cálido sueño que, como una lágrima sujeta entre las pestañas, se desvaneció en partículas al parpadear. No dije nada.
Subimos al cuarto, listos para ir a dormir.
—El sueño me está ganando —dije, sentado al borde de la cama, mientras me quitaba los zapatos—. Por un momento pensé verte frente al computador.
Mi esposa se quedó quieta, como paralizada, con la blusa en la mano. Me dijo con seriedad:
—Yo también me he visto.