Un niño vivía fascinado por las montañas en el horizonte.
Cada mañana se sentaba a observarlas desde la terraza de su pueblo. El día se desvanecía ante sus ojos, siempre fijos en la lejanía. La línea de montañas brillaba con un verde intenso bajo un cielo azul alegre y vivo. Le parecía un lugar paradisíaco.
Un día, en su interior nació el deseo de alcanzarlas. Preparó el equipaje, se despidió de sus vecinos y se marchó. El camino fue largo, cruzó pueblos, montes y selvas, hasta que las montañas estuvieron cerca.
Agotado, llegó a la cordillera. ¡Qué alegría! Subió una montaña bajo el cielo despejado, y se decepcionó al llegar a la cima. Aquellas montañas no poseían aquel resplandeciente verdor que observaba desde su hogar; tenían el color de las hojas secas, igual al pueblo que había abandonado.
Se llenó de tristeza y decidió volver, pero ante él surgieron nuevas montañas dotadas de un verde precioso. Aunque agotado por el trayecto, su ilusión regresó y decidió continuar su aventura. Tomaría mucho tiempo llegar a ellas, pero con las esperanzas renovadas, estaba seguro de que serían como las que poblaban sus sueños.
Caminó durante días, que se tornaron en semanas, y el color de las montañas se desvaneció al acercarse a ellas.
El tiempo pasó. El niño se volvió un hombre. Cada vez que llegaba a una montaña se decepcionaba. Ninguna era como las de su sueño. Sin embargo, siempre aparecía ante él una nueva promesa que ofrecía el paisaje deseado y, cautivado, seguía su travesía.
Su cabello encaneció, su frente se llenó de arrugas. Perdió la cuenta de las montañas que había visitado.
Cansado, un día decidió detenerse. Observó el camino que había recorrido hasta ahora. Una lágrima recorrió su mejilla al ver que, detrás de él, desde sus pies hasta más allá del horizonte, se revelaba un paisaje de inexplicable resplandor, como el que tanto tiempo había estado buscando.