Al igual que a mí, a Elena le encantaba la música; compartíamos un amor febril por canciones anteriores a los setentas. A ella le fascinaban las baladas francesas como La vie en rose, Le temps de l’amour o La Maritza; yo prefería los boleros, el soul, agrupaciones como The Platters. A ninguno nos conmovía Elvis o Sinatra. A pesar de nuestras distintas preferencias, teníamos mucho en común y, en el bullicio de Barranquilla y en aquella época, era casi un milagro encontrar a alguien con quien compartir estas pasiones.
En la costa Caribe, los picós dan la bienvenida a los recién nacidos con vallenato, salsa, champeta y cumbia sonando por el barrio. Quitar la música a la Costa Caribe es como secar sus mares. Sin embargo, contrario a lo que uno esperaría, esa riqueza no abría el corazón a otros géneros, y menos en aquellos años. Si eras alguien que escuchaba música extranjera, además de ser motivo de burla, se posaba sobre ti la etiqueta del extraño. Te volvías un forastero en tu propia tierra. Incluso encontrar a alguien que escuchara rock en español ya rozaba lo sobrenatural. Así que coincidir con Elena en aquel instituto tecnológico de Barranquilla, una exiliada musical como yo, fue un gran alivio.
Cuando conocí a Elena, ella estaba por terminar su carrera técnica; yo apenas la empezaba. Ella vivía con una prima a pocas calles del instituto. En su cuarto guardaba un reproductor de cedés y un tocadiscos que parecía un maletín marrón gastado. Comparado con los estándares actuales, su sonido y diseño eran pobres. Pero para mí era como observar una bella flor. Pasábamos horas escuchando aquel aparato, interrumpiendo una pieza y bajando la aguja con suavidad. Cuando me veía manejar los vinilos como quien sostiene papel de oro, se burlaba de mí diciendo que parecía un niño; se reía sonoramente y pequeñas arrugas aparecían en su nariz. Pero ella no estaba tan alejada de la realidad. Yo experimentaba lo que un anciano, caminando por una plaza cualquiera, siente al encontrar aquel juguete que tanto deseó en la infancia y que nunca pudo tener.
Por un tiempo, aquella habitación fue nuestro mundo; explorado por Elena y por mí. Con la voz de Charles Aznavour recorrimos las calles de París, paseamos por Liverpool de la mano de los Beatles y asistimos a galas imaginarias en donde el Segundo Vals de Shostakovich nos envolvía entre sus brazos.
Era tanto el amor de Elena por la música que, más de una vez, me sorprendía al llegar al instituto y encontrarla debatiendo con alumnos, defendiendo una pieza musical como si aquello fuera su propósito vital. Yo sentía un poco de pena por ellos, porque Elena era igual o más testaruda que yo. Discutir con ella, casi siempre, era una lucha por ver quién defendía su postura por más tiempo.
Elena no era convencionalmente guapa, pero había en ella un encanto indescifrable, como una melodía molesta que no puedes dejar de tararear en tu cabeza. Eso la hacía más atractiva para aquellos que la pretendían, un batallón que fue desmantelado dos meses después de conocernos, cuando ella empezó a salir con Juan.
—Por eso salgo con él —me dijo una vez, con rostro serio, y estalló en risas al ver mi confusión—: No seas bobo, es broma. ¿Crees que podría hacer algo así?
Juan era mi amigo desde la secundaria y fue quien me presentó a Elena. Cuando me enteré de su relación, sentí una felicidad pura, como encontrar en un sueño una flor de cristal con pistilos de plata; pero una nota breve y disonante, casi imperceptible, vibró en mi interior.
Ellos, quizás con la intención de no hacerme sentir apartado, organizaron citas dobles. Elena llevaba a una de sus amigas y juntos íbamos al cine, al parque o al centro comercial, donde comíamos y jugábamos en las árcades. Sus amigas eran objetivamente hermosas, pero algo en mí no encontraba comodidad en su presencia.
En una ocasión nos encontrábamos sentados en la zona de comida del centro comercial. Sobre la mesa de madera tres avisadores esperaban para sonar. Del otro lado de la sala, entre la multitud, estaba Juan reclamando comida china y mi acompañante se había levantado para ir al baño. Allí Elena me preguntó por qué ninguna cita funcionaba.
—No lo sé —respondí—. Sabes que de por sí no soy de hablar mucho. Pero con ellas es como si no existiera tema de conversación.
—¿Pero te gusta? ¡Es imposible que no te guste! ¿Has visto esos ojazos?
—Sí, es linda, no soy ciego. Pero no sé.
Elena, entusiasta del amor romántico, me dio un sermón con mucha seriedad de cómo la persona perfecta solo existía en películas y libros. Que no podía ir por la vida buscándola. Que si algún día la encontraba, tenía que prepararme para la más profunda decepción.
—Sí, eso lo sé —le dije—. Pero yo no busco a alguien perfecto. Yo prefiero a alguien con quien me sienta cómodo y pueda hablar y compartir de todo. Así co…
Los avisadores activaron sus luces giratorias azules y rojas; las vibraciones crearon sonidos descompasados y agradables sobre la mesa. Nos levantamos en silencio para recoger la comida.
Esa fue la última cita doble que organizaron.
Desde aquel día empezamos a pasar más tiempo los tres solos. La habitación, nuestro mundo musical, acogió a Juan como un nuevo integrante. En retrospectiva, me pregunto qué papel cumplía yo en aquella agrupación. ¿Era un puente entre ellos o una piedra sobrante en el camino? No lo sabía y tampoco parecía importar. Disfrutábamos el tiempo juntos y Juan, aunque no compartía nuestro amor obsesivo por la música, con su carisma y jovialidad nos seguía el ritmo; podíamos estar un minuto escuchando Yesterday When I Was Young y al otro discutir si la voz angelical de Luri Lieberman superaba a la dulcemente melancólica de Perry Como en Killing Me Softly.