Historias que caben en el bolsillo

El fantasma

Un fantasma se le aparece por el día y lo acompaña por las noches. A veces, cuando no siente su presencia, extraña su calidez, pero cuando vuelve siente pavor.

*

Hoy es domingo. Está nublado. Últimamente se despierta tarde pues el fantasma no lo deja dormir. Nada más levantarse, a mediodía, hierve agua y prepara café instantáneo. Pero se limita a mirar el vapor saliendo de la olla, no tiene ganas de tomarlo.

—Bueno, a empezar el día —se dice a sí mismo con voz ronca.

Enciende el televisor y el fantasma se sienta a su lado. Están dando un reportaje extraño sobre el amor: «Según evidencia biológica y psicológica, el amor debería catalogarse como enfermedad mental...»

—¿Cómo enfermedad mental? —murmura, y mira al fantasma. Pero este no responde.

Eso es algo que diría G.

G. y él salieron por dos años, pero hace seis meses, sin decidirlo ninguno de los dos, rompieron. Simplemente empezaron a quedar con menos frecuencia, y el no encontrarse ni buscarse se volvió natural.

A G. le gustaba leer. Tenía un gran abanico de conocimientos en todo tipo de temas. «Estar enamorado es como consumir alguna droga», le dijo G. una vez. Luego, prosiguió explicándole el porqué. Con G. cualquier charla era entretenida, los temas eran infinitos.

—¿Deberíamos ir a la librería? —pregunta.

El fantasma no responde.

Decide afeitarse primero. Hoy es domingo y no ha quedado con nadie. Después de ir a la librería quizá vaya y haga la compra. Tal vez dé un paseo por el parque.

Enciende la máquina de afeitar. El sonido del ruidoso motor reverbera en el pequeño baño. No tiene mucho vello. Siente las cuchillas de la máquina deslizarse por la piel, cortar los pelitos; disfruta las vibraciones en el rostro. Después de unos minutos, la persona en el espejo parece renovada.

—Ahora sí —dice en voz alta, y sale de casa. El fantasma no lo acompaña.

*

Entra en una librería y la recorre de punta a punta. La verdad es que no le gusta leer. Está intentando crear un nuevo hábito. Dicen que la lectura ayuda a olvidar. Pero no encuentra nada que llame su atención.

Muchas veces acompañó a G. a comprar libros; entraba pensando en comprar uno y salía con ocho. G. tenía un problema con comprar libros. Se pregunta si realmente leería todos.

—¿Sí…? —murmura.

El fantasma dice que sí lo hacía.

Un libro capta su atención. «El arte del Origami». Las primeras figuras son muy sencillas: una concha, un barco, un corazón. Su encanto es mínimo. Al avanzar las páginas, las figuras se complican. Hace que se pregunte cómo es posible hacer todas esas cosas con solo papel. Al final hay una sección dedicada a flores: rosas, lirios, cerezos. Sin duda alguna esta es su sección favorita. Probablemente sería la de G. también.

Sin embargo, al final sale de la librería con las manos vacías.

Se dirige al centro comercial a hacer la compra. Pero en el camino cambia de opinión, va al parque. En el fondo espera encontrar a alguien.

El parque está tranquilo. El cielo está despejado. A la lejanía, una rama frondosa parece sostener una nube. Un niño pasa veloz frente a él con su bicicleta, hojas secas se levantan. Huele a lluvia.

—¿Será que va a llover? —pregunta, pero no hay respuesta. El fantasma no está con él.

Aún no entiende por qué aparece y desaparece. Lo empezó a visitar hace cinco o seis meses. Al principio fue extraño, pero con el tiempo se acostumbró a su presencia. A veces, al mirar al fantasma, su mente le engaña y cree que está frente a alguien querido. Sin embargo, no puede detallar su rostro.

*

Cuando llega a casa, el cielo está gris, pero detrás de las nubes se perciben suaves tonos naranja. Al final no llovió. ¿Qué estará haciendo G.? ¿Debería llamar para ver cómo está? A veces piensa en G. No le duele ya que entre ellos no hubo pelea alguna, tampoco estaban tan apegados. Su separación fue algo natural, como una serpiente que muda su piel. Además, más que pareja eran amigos. Es normal de vez en cuando pensar en los amigos.

Calienta el café del mediodía y se lo toma. Recuerda el libro de origami y decide hacer alguna figura de las que vio.

—¿Qué debería hacer? —pregunta—. El corazón era fácil. Aún lo recuerdo con claridad.

El fantasma no responde.

Dobla la punta del papel, luego la otra… No logra recordar cómo hacer el corazón.

Al final hace un avión de papel y lo lanza por la ventana. Se aleja volando bajo el cielo invernal.




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