Hitos en los cerros rojos

El migrante

Este relato esta dedicado a mi fiel lectora BillieBikeCCS. Quien me envia los mas encantadores y hermosos mensajes que cualquier escritora quisiera leer, gracias por ser mas constante que yo en esto de leerme. Y al resto de mis lectores anonimos, los quiero extraños, gracias por leerme e ignorarme en los comentarios.

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El último año de la década final del siglo XX, a principios de enero, una familia de migrantes se asentó en las rojizas tierras de El Molinete. Un padre venezolano y una madre colombiana escapaban de la guerra en Colombia, junto a sus cuatro hijos. El mayor de ellos tenía 14 años y lo acompañaba un punzante dolor en el pecho, mientras se familiarizaba con las intricadas y ondulantes calles de su nueva residencia.

El sol inclemente, el viento recio producto de su cercanía con la costa y el color de la tierra que parecía sangrar después de la lluvia, le chocaban. Extrañaba con todo su ser a su antiguo pueblo, ese que tenía dos calles derechas y empedradas, paralelas a un arroyo cristalino que descendía de las faldas de la serranía de Perijá; aquellas que conocía tan bien que allí jamás podría perderse.

Extrañaba a sus amigos, su colegio y la granja de su abuelo en las montañas; extrañaba las grandes ceibas, los almendros y apamates que adornaban su calle; extrañaba el jardín de rosas de su madre y, sobre todo, a la versión de su madre que había quedado sembrada en aquel rosal: una mujer joven y hermosa de risa suave, cariñosa, que con diligencia se ocupaba de sus hijos y de sus plantas.

No era la misma, sus risas se habían apagado, sus ojos parecían estar velados como aquellos que sufren de cataratas;su mirada lucía extraviada y solo se aclaraba cuando miraba en dirección a su vieja casa. Andaba como un autómata, sin aparente voluntad; a veces se preguntaba y se respondía a sí mismo que el dolor de su madre debía ser superior al suyo; el muchacho sabía que su madre lloraba en las noches, no por oírla sino por la hinchazón que ella mostraba su rostro cada mañana.

De su padre no podía decir mucho.Lo veía unas pocas horas en la tarde y esas solían ser una tortura, un constante fluir de gritos, quejas e insultos. Sus ojos se mantenían secos, pero su corazón lloraba. No entendía la magnitud del conflicto que lo había desgajado tan violentamente de su pueblo, de su tierra.

No se suele dimensionar el duelo y la pérdida que acarrean consigo los migrantes, pese a ser una decisión consciente, algunas veces planeada y otras veces forzadas por la inmediatez. Tal decisión se vuelve una honda herida que parece hendirte en dos: una mitad que pertenece a lo que fuiste y otra que intenta abrirse paso y adaptarse a su nuevo entorno: los migrantes son piezas rotas que intentan mantenerse unidas.

El joven caminaba con una falsa entereza, esa que solo poseen los migrantes refugiados, en esos cerros extraños que se levantan solitarios en una sabana que parece interminable.

El dolor pronto se transformó en odio; odio por las risas de sus compañeros ante su acento; odio por la burla del tendero cuando pedía artículos por el nombre que los había conocido de toda la vida; odio por sus padres y la extraña versión en la que se habían convertido’ odio por toda la historia de un país que debía aprender en un corto periodo y así aprobar la primaria; odio por no poder escapar ni en las noches del recuerdo de su pueblo.

En los meses posteriores, más familias migrantes fueron llegando, incluso su familia paterna llena de primos y tíos. A los pocos años también lo hizo su familia materna y, con los integrantes de ésta al fin pudo compartir su odio y su nostalgia: jóvenes de su edad que entendían su forma de hablar, que estaban enfrentando los conflictos que él ya había enfrentado.

Todo ello le ayudó a sanar y, cuando dejó de odiar, aprendió a amar a las personas y las costumbres del pueblo.Poco a poco su acento empezó a ser más como el de los nacidos en el lugar. También su forma de vestir y sus maneras.

Integrarse a un grupo de entusiastas salesianos del colegio al que pertenecía le enseñó a caminar, a patear el polvo y a ensuciarse del barro de las calles que tanto había odiado en los primeros tiempos.

Aprendió a amar las lagunas salitrosas, los pajonales donde discurrían hilos de agua que alimentaban esas lagunas; a saber la hora exacta cuando las huestes de mosquitos patas blancas descendía sobre el pueblo y a fascinarse por las aparatosas tormentas eléctricas que cubrían el pueblo en octubre; ni hablar del fulgor de las estrellas en diciembre.

Empezó a esperar el florecimiento del bosque de curarires que su padre emprendió en el terreno familiar.

Al terminar el bachillerato se fue a Caracas, buscando su vocación. Allá se le reveló cuánto amaba a esa tierra rojiza llamada El Molinete. Hijo de padres agricultores y campesinos, de abuelos que se dedicaban a lo mismo quién sabe cuántas generaciones atrás, llevaba en la sangre el amor a la tierra. Tal como hacen los irlandeses, amaba la tierra como se ama a una madre. Remembraba la imagen de los campos de cultivos y los corrales del ganado mientras tomaba el atestado metro de la capital.

Decidió que su vocación estaba precisamente en la tierra. Por ello volvió a El Molinete y se dedicó a estudiar gestión agroalimentaria y a sembrar junto a su padre en unos terrenos aledaños al rio Limón.

Años más tarde, por la situación económica y de alimentos del país, se marchaba por temporadas a trabajar a los llanos, pero volvía, siempre volvía. En los años más agudos de la crisis económica, se fue a Colombia, no al pueblo donde había nacido sino a su capital, caminaba por las calles de Bogotá aturdido por el estruendo del tráfico y de los millones de humanos que intentaban abrigarse del frio. Su cuerpo estaba ahí corriendo para entrar al Transmilenio, pero su mente caminaba por los cerros.




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