Hombres de ceniza (en reestructuración)

Prólogo

PRÓLOGO – HOMBRES DE CENIZA

Esto es lo que eres: un error que respira.

La primera vez que Lira escuchó la voz, tenía siete años y estaba enterrando a su hermana.

No hubo ceremonia. En el Rescoldo no hay tierra para muertos, solo ceniza para olvido. Cavó con las uñas hasta rompérselas, metió el cuerpecito frío en el agujero y lo cubrió. Cuando terminó, se quedó mirando sus manos ensangrentadas y pensó: esto no es justo.

Y entonces lo sintió.

No era una voz, no exactamente. Era un eco que le atravesó el pecho como un cuchillo de hielo: el miedo de su hermana en el último segundo. La confusión. El amor que no alcanzó a dar. Todo eso entró en Lira y se instaló ahí, en un rincón de su alma que desde entonces nunca ha estado del todo vacío.

La Maldición del Alma. El precio de ser hija de la Ceniza.

El mundo no olvida a sus errores. Solo los entierra… hasta que empiezan a respirar de nuevo.

Los Hombres de Tierra lo aprendieron demasiado tarde. Se llamaron a sí mismos así como si ese nombre los enraizara en algo noble, pero la tierra que pisaban era tumba mucho antes de que ellos nacieran. Desataron un fuego que no pretendía destruir el mundo. Solo a sus rivales. Qué tontos al pensar que el fuego obedecería. Que la llama distinguiría entre el arquitecto de la catástrofe y el niño que duerme en sus brazos.

El cielo no estalló. Se desgarró.

Y en esa herida abierta, mientras continentes enteros se licuaban, ellos huyeron. Ascendieron en naves de plata, con su ciencia como única amante y su desprecio por lo que dejaban atrás como único legado. Desde la fría negrura del espacio, vieron arder su cuna… y la llamaron un mal necesario.

Se fueron. Y nos condenaron a un silencio que rugía.

Los que quedamos nos convertimos en esto: hombres y mujeres de ceniza, nacidos de brasas y radiación, con Ecos de los muertos gritando en nuestras almas. La energía no nos mató. Nos catalizó. Alma con alma, terror con hormigón, esperanza con radiación. Hasta que solo quedaron brasas silenciosas en la oscuridad de los búnkeres sepultados… y un latido.

Un latido que no debería existir.

Un latido que se negó a detenerse.

Lira tiene diecinueve años ahora y ha aprendido a convivir con los muertos que habitan en ella. A veces son susurros. A veces son gritos que la despiertan en mitad de la noche con el sabor de la sangre ajena en la boca. Y a veces, en medio del coro de almas rotas que carga en su pecho, escucha una voz diferente.

Una voz que no suena a pasado. Una voz que suena a futuro.

Una voz que dice: Estoy viniendo.

No sabe quién es. No sabe de dónde viene. Solo sabe que cuando esa voz habla, algo en su interior —algo que no es los Ecos, algo que es solo ella— tiembla. No de miedo.

De anticipación.

Ahora, después de generaciones de silencio, las estrellas traen una nueva amenaza.

Las naves de plata regresan.

Los Hombres de Tierra —nuestros creadores y destructores, nuestros ancestros y asesinos— vuelven para reclamar su mundo perdido. Vienen con tecnología que hemos olvidado, con armas que nunca conocimos. Para borrar la Ceniza. Para restaurar lo que llaman "el orden natural". Y con ello, para borrarnos a nosotros.

Nos llaman plaga. Deformación. Error que respira.

Pero hay una verdad que nunca entendieron, demasiado enamorados de sus ecuaciones y sus certezas:

No se puede matar lo que ya nació de la muerte.

Las profecías susurradas en los Ecos hablan de algo más. Hablan de un poder que nacerá de la desesperación. De una hija de la Ceniza marcada por un don terrible. De un príncipe del Polvo forjado en las sombras del exilio, criado con las historias de un mundo que nunca vio.

Y de un vínculo prohibido que podría ser la salvación…

…o la extinción final.

Lira no cree en profecías. Cree en sobrevivir. Cree en mantener a los suyos vivos un día más. Pero cuando las naves atraviesen el cielo gris de ceniza, cuando los Hombres de Tierra desciendan con fuego en las manos y juicio en los labios…

…ella estará esperando.

Con los muertos en su alma.

Y con la voz de aquel que viene.

Porque la ceniza no olvida. Nunca lo hace.

Y lo que fue enterrado vivo…

…siempre encuentra la forma de cavar hacia la superficie.




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