La Cámara del Consejo
La Cámara del Consejo de Guerra olía a piedra húmeda y a miedo. Era un olor que conocía bien, tan familiar como el latido de mi propio corazón. Me mantenía de pie en el centro del círculo ceremonial —ese anillo de obsidiana pulida que había visto condenar a docenas antes que yo— mientras los líderes de mi pueblo debatían mi destino como si yo fuera una pieza en su tablero de estrategia. Como si la carne y los huesos que me componían fueran menos reales que las fichas talladas en hueso que empujaban de un lado a otro en sus mapas tácticos.
Pero no era una pieza. Era el cebo. La carnada viviente que arrojarían a las fauces del monstruo esperando que, al tragarme, se atragantara.
La sala era un anfiteatro natural tallado en el corazón de la montaña, sus paredes brillando con vetas de mineral que capturaban la luz de las lámparas-sombra y la devolvían en tonos ambarinos. Estalactitas colgaban del techo como dientes de alguna criatura antigua que nos había tragado hace siglos y aún no había terminado de digerir nuestra civilización.
El Consejo se sentaba en gradas semicirculares, cada nivel representando un estrato diferente del poder: los Ancianos arriba, guardianes de la memoria y la tradición; los Generales en el medio, arquitectos de nuestra supervivencia violenta; y los Especialistas abajo, aquellos cuyas habilidades únicas los elevaban por encima del común pero nunca lo suficientemente alto como para tomar decisiones reales.
Yo estaba en el centro. Sola. Expuesta. Una muestra bajo microscopio.
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enemigos a amantes, romantasy, ciencia ficción post-apocalíptica
Editado: 19.02.2026