CAPÍTULO 1.5 – EL JURAMENTO
El juramento que le hice a nuestros padres me pesaba más que cualquier armadura.
Protegerla.
Cinco años han pasado desde ese día, y el mantra se ha vuelto parte de mi respiración. Inhalo: protegerla. Exhalo: mantenerla a salvo.
Nuestro padre lo susurró con su último aliento, sus dedos manchados de sangre negra cerrándose sobre mi muñeca con una fuerza que desafiaba a la muerte. Madre ya se había ido para entonces, consumida por la Plaga Gris, esa enfermedad que convierte los pulmones en piedra porosa. Los sanadores dicen que comienza con una tos seca, casi imperceptible. Luego el corazón olvida su ritmo. Finalmente, el alma misma se cristaliza, atrapada en un cuerpo que ya no puede sostenerla.
No hay cura. Solo hay espera.
Los ojos de mi padre, antes brillantes, se habían vuelto lechosos, como si ya estuviera mirando algo más allá del velo. Pero en ese último momento de lucidez, su mirada encontró la mía.
—Prométemelo —dijo, cada palabra un esfuerzo titánico. Su voz sonaba como piedras arrastradas por un río seco—. Ella es especial, Caelan. ¿Me escuchas? Especial.
Una pausa. Un temblor.
—Peligrosa —continuó, y en esa palabra escuché algo que nunca antes había oído en su voz: miedo. No por él, sino por lo que dejaba atrás—. Pero es tuya. Tu hermana. Tu sangre. Tu responsabilidad.
Respiró hondo, ese último aliento que todos dicen que llega antes del final.
—Tu condena, si fracasas.
Tu condena. No dijo tu fracaso o tu pena. Dijo condena. Como si ya supiera lo que me esperaba.
Yo tenía catorce años. Shiva, once.
Ninguno de los dos debería haber escuchado esas palabras. Pero lo hicimos.
Y el peso de esa promesa se convirtió en la columna vertebral de mi existencia.
Ahora tengo diecinueve años, y Shiva dieciséis. Cinco años desde el juramento. Cinco años sintiendo cómo esas palabras —tu condena— se hacían más pesadas con cada día.
Porque mi padre tenía razón. Shiva es especial.
Y peligrosa.
Y absolutamente imposible de proteger.
No por falta de intento. He peleado por ella. He mentido por ella. He robado, suplicado y vendido partes de mí que nunca recuperaré solo para mantenerla con vida un día más. Pero Shiva no quiere ser protegida. Nunca lo ha querido.
Desde niña ha tenido esa mirada. Esa forma de observar el mundo como si pudiera ver a través de él. Los Ecos hablan a través de ella de una manera que no es normal. No son susurros distantes como los que todos experimentamos. Son conversaciones. Son presencias. A veces la encuentro en su habitación, hablando con alguien que no está ahí. Y cuando le pregunto con quién habla, me mira con esos ojos grises con vetas de plata que heredó de nuestra madre y dice:
—Con los que todavía no se han ido del todo.
Los Videntes del Consejo la han examinado tres veces. Tres veces he tenido que llevarla ante esos ancianos que se creen capaces de leer el destino en las cicatrices del alma.
Tres veces me han dicho lo mismo:
—Tu hermana lleva una marca. Un vínculo con algo más allá de los Ecos ordinarios. Podría ser una bendición para nuestra gente... o su perdición. Observa. Reporta. Y si se vuelve demasiado inestable...
Nunca terminan esa frase. No tienen que hacerlo. Conozco las historias. Los llaman Consumidos. Los llevan a las Cámaras Profundas, donde los mantienen sedados hasta que sus cuerpos se apagan. Una muerte misericordiosa, dicen.
Como si hubiera algo misericordioso en apagar a alguien como si fuera una vela molesta.
No dejaré que le hagan eso. No importa lo que diga el Consejo. No importa lo que digan las profecías. No importa lo que ella misma se convierta.
Hice un juramento.
Hoy es el Festival de las Brasas. Durante tres días, la Colmena entera se ilumina con miles de lámparas de aceite radiante. Cantamos las canciones viejas. Recordamos que, a pesar de todo, todavía somos humanos.
He perdido a Shiva entre la multitud hace una hora. No es inusual. Durante los festivales, desaparece como humo, atraída por las zonas prohibidas, los túneles sellados. Dice que los Ecos son más claros allí. Que puede escuchar cosas que necesita escuchar.
Le he dicho mil veces que es peligroso. Que hay cosas en las profundidades que no deberían ser molestadas.
Nunca me escucha.
Así que aquí estoy, abriéndome paso entre cuerpos sudorosos y risas forzadas, buscándola en los lugares donde nadie más se atreve a ir. Mi mano descansa sobre el mango del cuchillo que llevo oculto bajo la túnica. Como si un cuchillo pudiera protegerla de lo que realmente la amenaza.
Bajo por la Escalera de los Lamentos. Un gemido constante, casi humano, cuando el viento atraviesa sus grietas. Algunos dicen que son los Ecos de los que murieron aquí durante las primeras Hambrunas. Otros dicen que es solo el viento.
Yo no sé qué creer.
La encuentro donde sabía que la encontraría: frente a la Puerta Sellada del Nivel Profundo Siete.
Tres metros de altura, marcada con símbolos grabados por los primeros supervivientes. Advertencias en un lenguaje medio olvidado, medio maldito. No entres. Nada bueno hay más allá. Solo muerte y cosas peores que la muerte.
Shiva está de pie frente a ella, con una mano extendida pero sin tocar el metal. Su cabeza inclinada, como si escuchara una música que solo ella puede oír. En la luz tenue de mi lámpara, veo que sus labios se mueven.
Está hablando. O respondiendo.
—Shiva —digo, tratando de que mi voz suene firme, fraternal, no aterrorizada—. Ya es hora de volver.
No se mueve. No me mira.
—Dice que nos está esperando —murmura. Su voz suena distante, como si viniera de muy lejos—. Dice que siempre nos ha estado esperando. Desde antes del fuego. Desde antes de la Ceniza.
Un escalofrío recorre mi espalda.
—¿Quién, Shiva? ¿Quién dice eso?
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Editado: 19.02.2026