Hombres de ceniza (en reestructuración)

Capítulo 1.6

CAPÍTULO 1.6– PREPARACIÓN EN EL CAMPO DE ENTRENAMIENTO

El campo de entrenamiento olía a roca húmeda y ozono agrio. El complejo subterráneo siempre olía igual: mineral, antiguo, como si respiráramos el aliento fosilizado de la tierra misma. Las paredes de piedra negra sudaban humedad perpetua, y el techo abovedado se perdía en sombras que ninguna lámpara podía alcanzar.

Raspa. Raspa. Raspa.

El sonido de mi cuchillo de obsidiana contra la piedra de afilar era el único ritmo en un mundo que se preparaba para estallar. Cada pasada eliminaba una fina capa del filo, revelando un borde más agudo, más hambriento. La obsidiana es traicionera: corta mejor que cualquier metal, pero se quiebra si no sabes tratarla.

Como todo lo valioso en este mundo podrido.

Mañana nos enfrentaríamos a los Hombres de Polvo. A sus máquinas que no respiraban ni sangraban. A su silencio perfecto, ese vacío ensordecedor que precede a la masacre. Habían arrasado la Colonia Occidental en menos de una hora. Trescientas almas. Borradas. Como si nunca hubieran existido, excepto por los Ecos que sus muertes dejaron atrás: fantasmas de terror cristalizados en el aire.

Pero mi mente no estaba en ellos.

Estaba en ella.

Shiva.

En la forma en que su mirada se vuelve ausente después de absorber un Eco, como si una parte de su conciencia se quedara atrapada en el recuerdo devorado. En cómo sus manos tiemblan después, no de miedo sino de hambre. De esa necesidad creciente que la consume de adentro hacia afuera. Como una adicta. Como algo que ya no es completamente humano.

La última vez fue el Eco de un niño muriendo.

Lo vi en sus ojos cuando regresó a sí misma: terror infantil mezclado con la conciencia adulta de su propia monstruosidad. Durante tres días no habló. Solo miraba sus manos como si fueran herramientas ajenas, instrumentos de una crueldad que no puede comprender pero que ejecuta con perfección escalofriante.

—Estás pensando en ella otra vez.

La voz viene de las sombras, y mi cuchillo se detiene a medio rasguño.

Joren emerge de la penumbra con esa forma de caminar que tiene, silenciosa como los muertos que estudia. Es nuestro mejor rastreador de Ecos, el único capaz de adentrarse en las zonas más contaminadas y regresar con la cordura intacta. Tiene veintitrés años, cicatrices viejas cruzando sus antebrazos como mapas de territorios prohibidos, y una forma de mirar que hace que la gente se toque instintivamente el cuello.

—No deberías venir aquí solo —dice, sentándose en una roca a mi lado—. La noche antes de la batalla. La mente juega trucos.

—Mi mente sabe perfectamente lo que hace —respondo, volviendo a mi cuchillo. Raspa. Raspa—. Es mi hermana la que...

No termino la frase. No hace falta.

Joren guarda silencio un momento. Luego:

—Los Videntes hablan de ella.

—Los Videntes hablan de todo lo que no entienden.

—Hablan de una marca. Un vínculo con algo que no debería existir.

Mi mano se tensa sobre el mango del cuchillo.

—Shiva no es un experimento para sus rituales.

—No dije que lo fuera. —Joren inclina la cabeza, estudiándome con esa intensidad suya—. Dije que hablan. Y cuando los Videntes hablan, el Consejo escucha. Y cuando el Consejo escucha...

—Ya lo sé —lo corto, más brusco de lo que pretendía—. Las Cámaras Profundas. La Raíz Nocturna. El sueño sin despertar. Crees que no lo sé?

Joren no se inmuta. Solo asiente lentamente.

—Sé que lo sabes. La pregunta es: ¿qué vas a hacer al respecto?

No respondo. No puedo. Porque la respuesta es la misma desde hace cinco años: todo. Todo lo que sea necesario. Todo lo que tenga que hacer. Incluso las cosas que me convertirían en algo peor que los Hombres de Polvo que vendrán mañana.

—Hay rumores —dice Joren, bajando la voz—. Sobre lo que buscan realmente. No solo la Colonia. No solo nuestras vidas.

—¿Qué buscan entonces?

—A alguien. Algo. Los prisioneros que tomamos en la última escaramuza hablaron antes de... bueno, antes de dejar de hablar. Dijeron que buscan a una niña nacida de la Ceniza. Una con un don especial.

Mi sangre se hiela.

—¿Qué clase de don?

Joren me mira directamente a los ojos. Por primera vez desde que lo conozco, veo algo parecido al miedo en su expresión.

—La clase que puede oírlos. La clase que puede encontrarlos. La clase que, según sus profecías, será la llave para abrir algo que enterraron hace generaciones.

El silencio se extiende entre nosotros, espeso como la humedad de las paredes.

—Son mentiras —digo finalmente—. Los Hombres de Polvo dicen cualquier cosa para desestabilizarnos.

—Sí —asiente Joren—. Es posible.

Pero su tono dice otra cosa. Y cuando se levanta para irse, pone una mano en mi hombro con una presión que no es de consuelo, sino de advertencia.

—Cuídala, Caelan. No por el juramento. Porque si ellos la encuentran antes de que nosotros entendamos lo que realmente es...

No termina la frase. No hace falta.

Se pierde en las sombras del mismo modo en que llegó, y yo me quedo solo con mi cuchillo y el eco de sus palabras.

Raspa. Raspa. Raspa.

Pero ahora el sonido suena diferente. Como una cuenta atrás.

Como si cada pasada me acercara al momento en que tendré que elegir entre el juramento que le hice a mi padre y algo que todavía no puedo nombrar.

Una hora después, cuando el turno de entrenamiento termina y las lámparas comienzan a parpadear con el cambio de ciclo, me dirijo a los dormitorios comunes. El cansancio me pesa en los huesos, pero sé que no podré dormir. No con lo que Joren me ha dicho. No con lo que sé que viene.

Al doblar la esquina que lleva a nuestra sección, la veo.

Shiva está sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de piedra. Tiene las rodillas pegadas al pecho y los brazos enrollados alrededor de ellas, como cuando era pequeña y se escondía durante las tormentas de Ceniza. Pero ya no es pequeña. Ya no se esconde de tormentas externas.




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