CAPÍTULO 1.7 – LA ARMADURA DEL SARCASTMO
—¿Afilando tu cuchillo para asustar a los Hombres de Polvo? —dijo una voz a mi espalda.
No necesitaba voltear para reconocerla. Shiva. Su sarcasmo era una armadura tan gastada como la mía, tan familiar como el latido de mi propio corazón. La conocía mejor que a mi propia sombra. Sabía cuándo sus bromas ocultaban miedo, cuándo su silencio significaba culpa, cuándo su sonrisa era una máscara para evitar que yo viera el abismo que crecía detrás de sus ojos.
—Dicen que no tienen alma —añadió, acercándose con esos pasos silenciosos que había perfeccionado—, así que no creo que funcione. A menos que planees usarlo como palanca. Son sorprendentemente mecánicos para algo que alguna vez fue humano.
No la miré. Seguí con el movimiento metódico de la hoja contra la piedra. Raspa, raspa. El ritual me calmaba. Me daba algo en qué concentrarme que no fuera el nudo de angustia perpetua que vivía en mi pecho.
—Lo afilo para protegerte a ti —dije, mi voz más grave de lo que pretendía, saliendo desde algún lugar profundo y oscuro dentro de mí—. De ellos. Y a veces… de ti misma.
El silencio que siguió fue una cuchilla entre nosotros. Más afilada que cualquier cosa que yo pudiera forjar.
Sentí su presencia a mi lado como una presión en el pecho, física y metafísica al mismo tiempo. Su cercanía hizo que el aire se enrareciera, como si incluso el oxígeno tuviera miedo de tocarla. Había algo en Shiva que alteraba el espacio mismo, una distorsión sutil que ponía los dientes de punta y hacía que los músculos se tensaran sin razón aparente.
Los otros soldados la evitaban. No por crueldad, sino por instinto. El mismo instinto que te hace retroceder ante un precipicio o apartar la mano del fuego. Supervivencia básica. El reconocimiento primitivo de que algo, en algún nivel fundamental, estaba mal con ella.
Yo era el único que permanecía. No por valentía. Por obligación. Por amor. Por culpa. Por todas esas cosas entrelazadas en un nudo que ya no podía deshacer.
—Qué bonito —murmuró Shiva, y escuché el crujido de sus rodillas al sentarse a mi lado en el suelo húmedo—. Mi hermano, el héroe trágico. El que carga con la hermana monstruo.
—No eres un monstruo.
—No —dijo, y su voz cambió, perdió el filo sarcástico y se volvió algo más antiguo, más cansado—. Soy algo peor. Los monstruos dan miedo. Yo doy... hambre.
La miré entonces. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, apoyada contra la pared de piedra, los ojos cerrados. La luz tenue de las lámparas dibujaba sombras bajo sus pómulos, haciéndola parecer más vieja, más gastada. Más cerca de los Ecos que de nosotros.
—Hoy escuché algo nuevo —dijo sin abrir los ojos—. Entre las voces.
Mi mano se detuvo sobre la piedra de afilar.
—¿Qué escuchaste?
—Una que no suena a muerte. Una que suena a... —frunció el ceño, buscando la palabra—. A promesa. A algo que espera.
Abrí la boca para responder, pero ella continuó, como si hablara consigo misma:
—Dice que no está solo. Que viene con otros. Pero que hay uno entre ellos que no es como los demás. Uno que también escucha. Uno que también espera.
—Shiva...
—Dice que ese va a encontrarme. —Ahora sí abrió los ojos, y me miró con una intensidad que me heló la sangre—. Y que cuando lo haga, todo va a cambiar. Para mí. Para ti. Para todos.
Su sonrisa reapareció, pero esta vez no era su sarcasmo habitual. Era algo más frágil. Casi esperanzado.
—Quizá tu cuchillo no sea suficiente, hermano.
Antes de que pudiera responder, un ruido interrumpió el momento. Pasos. Muchos pasos. Y voces, altas, urgentes, que venían del corredor principal.
Shiva se puso de pie de un salto, su cuerpo tenso como un animal preparado para huir. Yo también me levanté, el cuchillo aún en la mano, el filo brillando bajo la luz tenue.
Un soldado apareció en la entrada del campo de entrenamiento. Joven, apenas un recluta, con el rostro pálido y los ojos demasiado abiertos. Jadeaba como si hubiera corrido kilómetros.
—Caelan —jadeó, doblándose para apoyar las manos en las rodillas—. Tienes que venir. Los centinelas... los centinelas han capturado a alguien.
—¿A un Hombre de Polvo? —pregunté, apretando el mango del cuchillo.
El recluta negó con la cabeza, tragando saliva.
—No. Es... diferente. No lleva armadura. No tiene armas. Pero los centinelas... —tragó de nuevo—. Los centinelas que lo encontraron están inconscientes. Todos. Y él solo... solo los miró.
Shiva se movió a mi lado. No necesité ver su rostro para saber que sus ojos habían empezado a brillar con esa luz plateada.
—¿Dónde? —preguntó, y su voz sonaba distante, como si ya estuviera en otra parte.
—En el Nivel Tres. Cerca de la Puerta Sellada.
Ella y yo intercambiamos una mirada. La Puerta Sellada. Otra vez.
—No vayas —dije, pero incluso mientras lo decía sabía que era inútil.
Shiva ya estaba caminando hacia la salida. Sus pasos eran decididos, casi mecánicos. Como si algo la estuviera guiando.
—Tengo que verlo —dijo sin volverse—. Tengo que saber si es él.
—¿Si es quién?
Pero no respondió. Desapareció en la oscuridad del corredor, y yo me quedé allí, con el cuchillo en la mano y el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
El que va a encontrarme.
Todo va a cambiar.
El recluta me miraba, esperando instrucciones.
—Vuelve a tu puesto —le ordené, y salí tras ella.
Mientras corría por los túneles, con el corazón golpeándome las costillas y el cuchillo apretado en el puño, no podía quitarme de la cabeza una idea absurda:
¿Y si esta vez el peligro no es algo de lo que deba protegerla?
¿Y si es algo hacia lo que ella quiere ser arrastrada?
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Editado: 19.02.2026