Hombres de ceniza (en reestructuración)

Capítulo 1.10

CAPÍTULO 1.10 – EL FILO DE LA NOCHE

La vi marcharse después de eso, su silueta delgada desapareciendo en la penumbra de los túneles que conectaban el campo de entrenamiento con los dormitorios. Caminaba diferente a los demás soldados. Más ligera. Como si su conexión con la gravedad fuera opcional, algo que elegía observar por cortesía más que por necesidad. Los Ecos que había absorbido la volvían menos densa, menos anclada a este plano de existencia.

Me quedé solo, mirando mi propio reflejo distorsionado en la hoja negra y pulida del cuchillo de obsidiana. Mi rostro se veía espectral en ese espejo oscuro, como si yo también fuera solo otro Eco, otro fantasma atrapado entre el ser y el no-ser.

Le juré a nuestros padres que la protegería. Pero cada día que pasaba, cada misión que sobrevivíamos, cada Eco que ella consumía, me preguntaba si el verdadero peligro no eran los Hombres de Polvo con sus máquinas silenciosas y su guerra implacable.

El verdadero peligro era el día en que ella olvidara cómo sentir, cuando la última chispa de humanidad se apagara detrás de esos ojos que ya contenían demasiadas muertes. El día en que mirarla a los ojos fuera como mirar al vacío mismo, y el vacío me devolviera la mirada con una hambre insaciable.

Y quizás, en un nivel más profundo y más aterrador, el verdadero peligro era el día en que yo tuviera que decidir si era más cruel mantenerla viva o cumplir la última promesa implícita que le había hecho a mi padre: liberarla.

Liberarla… matándola.

Tomé el cuchillo nuevamente. Continué afilando. Raspa, raspa, raspa. El sonido llenaba el silencio como una oración mecánica. Mañana lucharíamos contra los Hombres de Polvo. Mañana, Shiva tendría que elegir entre su hambre y su humanidad.

Mañana, yo tendría que elegir entre mi juramento de protegerla… y mi amor de soltarla.

Pero eso sería mañana. Esta noche, seguía afilando mi cuchillo. Preparándome para una batalla que sabía, en mi corazón, ya había perdido hace mucho tiempo.

Solo que el enemigo no llevaba armadura de metal ni marchaba en formación perfecta.

El enemigo vivía en la sangre de mi hermana, y llevaba su rostro.

Raspa, raspa, raspa.

El silencio del campo de entrenamiento se había vuelto absoluto. Los otros soldados se habían ido hacía horas, buscando el sueño antes de la batalla. Yo seguía allí, con la piedra y el cuchillo, como si pudiera afilar también mis dudas, mis miedos, mis culpas.

Fue entonces cuando lo sentí.

Un cambio en el aire. Una vibración diferente, no física, sino existencial. Como si alguien hubiera abierto una puerta en una habitación contigua a la realidad.

Los Ecos.

Pero no eran los Ecos que conocía. No tenían esa textura de muerte pasada, de dolor ya consumado. Estos Ecos... estos Ecos futuros. Como si algo que aún no había sucedido estuviera filtrándose hacia atrás en el tiempo, buscando testigos.

Y entonces, la voz.

No sonó en el aire. Sonó dentro de mí. Directamente en ese lugar donde guardo los recuerdos de mi padre, el miedo por Shiva, la rabia que no me permito sentir.

—Hermano.

Mi mano se detuvo. El cuchillo quedó inmóvil sobre la piedra.

—Sé que me escuchas. Ella me llama en sueños. Y yo voy hacia ella. Pero cuando llegue... no serás tú quien decida su destino.

La voz era profunda, masculina, fría como el espacio entre las estrellas. Pero debajo del hielo, había algo más. Algo que ardía.

—Seré yo.

Mi puño se cerró sobre el mango del cuchillo. La obsidiana mordió mi palma, un dolor real en medio de esa pesadilla despierta.

—¿Quién eres? —susurré, sabiendo que sonaba como un idiota hablando solo en la oscuridad.

La risa que respondió no era humana. Era el crujido de un glaciar al partirse. Era el sonido de algo antiguo despertando.

—El que viene. El que ella espera. El que tú vas a odiar... y a necesitar.

El eco de sus palabras se disolvió en el silencio. La vibración cesó. La puerta invisible se cerró.

Y yo me quedé allí, temblando, con el cuchillo en la mano y el corazón golpeándome las costillas como un prisionero que quiere escapar.

No sabía qué acababa de pasar. No sabía si había sido real o si mi mente, cansada y cargada de culpa, me había jugado una trampa.

Pero una cosa sí sabía:

Mañana, en la batalla, lo encontraría. Y cuando eso pasara, tendría que decidir si matarlo antes de que pudiera acercarse a ella... o descubrir por qué demonios su voz me había hecho temblar de una forma que no podía explicar.

Guardé el cuchillo en su funda. Me levanté. Caminé hacia los dormitorios con pasos pesados, sintiendo el peso de la noche y de todo lo que vendría.

El sonido del afilado se había detenido.

Pero en mi cabeza, otra cosa comenzaba: el eco de una voz que no debería conocer, diciendo palabras que no debería escuchar.

El que viene.

Y yo, estúpidamente, no sabía si quería proteger a Shiva de él... o enfrentarme a él yo mismo.




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