Hombres de ceniza (en reestructuración)

Capítulo 1.13

EL RECONOCIMIENTO

No fue amor. El amor era cálido, suave, algo que construías ladrillo a ladrillo a través de experiencias compartidas y vulnerabilidad mutua. Esto era frío. Afilado. Inevitable.

Fue reconocimiento. El tipo que precede a la destrucción... o a la creación. El momento en que el pedernal ve la chispa y sabe que el fuego es inevitable. El instante en que el veneno reconoce al antídoto y comprende que su encuentro cambiará fundamentalmente a ambos.

Era como si dos piezas de un mecanismo que nunca había sido completado de repente se hubieran encontrado después de milenios de búsqueda. Y el mecanismo, una vez completo, solo podía hacer una cosa: funcionar. No importaba si esa función era creación o aniquilación. Solo importaba que era inevitable.

Él es el vacío, siguió la voz —mi voz, pero más antigua, más profunda, como si viniera de un yo que había existido antes de mi nacimiento—. Tú eres la carga. Vacío y carga. Sistema y caos. Orden y entropía. No pueden existir sin su opuesto. No pueden destruirse mutuamente sin autodestruirse.

Mi canal palpitó. No de dolor. De anticipación.

Y entonces, como si hubiera sentido mi mirada a través de cientos de metros de roca y silencio, como si el peso de mi atención hubiera sido suficiente para atravesar la distancia y tocar su consciencia, él se movió.

Giró la cabeza.

Lentamente. Con esa economía de movimiento que sugería poder absoluto. No había prisa. No había duda. Solo la certeza de que lo que sea que hubiera captado su atención merecía ser investigado.

No pude ver sus ojos desde esta distancia. Las sombras y la luz antinatural conspiraban para ocultar su rostro en un borrón de contrastes. Pero no necesitaba verlos.

Sentí su atención clavarse en mí. Fría como el vacío interestelar. Analítica como un escáner médico diseccionando tejido. Hambrienta de una forma que no tenía nada que ver con comida o deseo físico. Era el hambre de un agujero negro: la necesidad existencial de consumir, de atraer, de transformar todo lo que tocaba en más de sí mismo.

Su mirada me recorrió como si ya me estuviera devorando, y mi cuerpo respondió con un temblor que no era miedo. Calor donde no debería haber calor. Un pull magnético en el pecho que me hizo inclinarme hacia adelante, hacia él, hacia el vacío.

Caelan me agarró el brazo. Sus dedos se clavaron en mi bíceps con fuerza suficiente para dejar moretones.

—Shiva —siseó—. Contrólate. Lo que sea que estés sintiendo, no. Entierra eso. Ahora.

Pero era demasiado tarde.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.