Caelan me agarró el brazo. Sus dedos se clavaron en mi bíceps con fuerza suficiente para dejar moretones. Fue la única cosa que me ancló a la realidad, que me impidió hacer algo estúpido como pararme y gritar, como revelar nuestra posición solo para forzar un encuentro que mi instinto sabía que terminaría mal.
—Shiva —siseó mi hermano, su voz cargada de una urgencia que rara vez mostraba—. Contrólate. Lo que sea que estés sintiendo, no. Entierra eso. Ahora.
Pero era demasiado tarde. No para enterrarlo. Para desenterrarlo.
Algo había sido despertado. Una parte de mí que había estado dormida, o quizás simplemente esperando. Esperando a... él.
Mi instinto —ese sexto sentido que me había mantenido viva cuando el sentido común me hubiera matado— no me decía "huye" ni "lucha".
Me decía: corre... pero no podrás.
No podrás porque ya has sido vista. Porque la conexión ya fue establecida. Porque en el momento en que tu vacío y su vacío se reconocieron mutuamente, algo se selló. Un pacto que ninguno de los dos firmó pero que ambos aceptaron simplemente existiendo en el mismo universo.
Me decía: corre, porque quedarte significa cambiar. Significa convertirte en algo nuevo, algo que quizás ni tú ni él puedan controlar. Algo que podría salvar o destruir todo lo que conoces.
Me decía: corre, porque si no lo haces ahora, nunca podrás. Porque cada segundo que lo miras, cada instante que él te mira, la distancia entre ustedes se vuelve más pequeña. No en metros. En destino.
Abajo, en la plataforma, el Príncipe del Polvo seguía inmóvil. Pero había algo diferente en su postura ahora. Una tensión que antes no estaba allí. Como un depredador que acaba de detectar el olor de presa en el viento.
Y yo, congelada en mi cornisa de piedra fría, con la sangre de mis palmas manchando la roca y el latido de mi corazón retumbando en mis oídos como tambores de guerra, supe con una certeza terrible:
Esto no era el principio de nuestra historia.
Era la inevitable conclusión de algo que había comenzado mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera.
Y cuando nuestros caminos finalmente se cruzaran —no si, sino cuando— uno de nosotros destruiría al otro.
O, peor aún, nos destruiríamos juntos.
Y el mundo, ese mundo de Ceniza y Polvo, de subsuelo y máquinas, de muertos susurrando y vivos gritando, no sobreviviría a nuestra colisión.
Entonces que así sea, susurró esa voz antigua en mi interior. Que todo arda. Que todo termine. Que todo... comience.
Y por primera vez en años, sonreí.
No de alegría. De reconocimiento.
El final había llegado.
Y tenía cabello plateado y ojos que aún no había visto pero que ya conocía serían el color de la ausencia misma.
#808 en Fantasía
#384 en Thriller
#160 en Misterio
enemigos a amantes, romantasy, ciencia ficción post-apocalíptica
Editado: 19.02.2026