Homeostasis

Raphael

El primer kilómetro fue pura adrenalina. La rabia es un combustible excelente, pero tiene un octanaje muy bajo: arde rápido y te deja vacío. Para el segundo kilómetro, mi zancada ya no era la de un investigador decidido, sino la de un hombre que empezaba a entender la escala del error que había cometido al subestimar a Mel.

—Esa... maldita... —jadeé, sintiendo cómo el aire caliente me lijaba las cuerdas vocales.

Me detuve un segundo para mirar hacia atrás. Mi todoterreno era ahora una mancha oscura y pequeña en la inmensidad del Cañón del Diablo. Parecía un insecto muerto, patas arriba, asfixiado por la arena que Mel había introducido en sus pulmones de metal. Me dolía el orgullo tanto como los pulmones. Ese coche era mi santuario, mi libertad, y ella lo había convertido en una tumba de hierro a cuarenta y cinco grados. Saqué mi primera botella de agua. Quedaba menos de la mitad. Me obligué a tomar solo un sorbo pequeño, manteniendo el líquido en la boca, dejando que las encías absorbieran la humedad antes de tragar. Sabía lo que venía. He visto a hombres colapsar en el desierto de Sonora por beber demasiado rápido y vomitar lo poco que les quedaba. No le daría a Mel el placer de encontrar mi cuerpo deshidratado a mitad de camino.

El terreno cambió. La grava del cañón dio paso a las dunas bajas, donde el suelo no es firme. Cada paso que daba, mis botas se hundían diez centímetros, obligando a mis cuádriceps a trabajar el doble. El sol estaba ahora en su cenit, una moneda de fuego blanco que borraba las sombras y convertía el horizonte en una masa temblorosa de espejismos.

—Piensa en el laboratorio, Raphael. Piensa en su cara cuando te vea entrar —me dije a mí mismo, usando el odio como un ancla para no perder el ritmo.

Empecé a repasar mentalmente cada interacción que habíamos tenido desde que llegamos a la Estación Ombu. Mel siempre estaba ahí, con su bata impecable, sus carpetas rotuladas con caligrafía perfecta y ese aire de que el mundo era un experimento que ella tenía bajo control. Me miraba como si yo fuera un contaminante. Como si mi presencia en "su" estación fuera un error estadístico que debía ser corregido.

Bueno, hoy el contaminante había aprendido a fabricar veneno.

A mitad de camino, mis ojos empezaron a arder por la sal del sudor que se secaba instantáneamente en mis párpados. La sed ya no era un deseo de beber; era un dolor sordo y profundo en la base del cráneo. Sentía los latidos del corazón en las sienes, rítmicos y pesados.

Pum. Mel. Pum. Venganza. Pum. Arena.

Me tropecé con una piedra caliza y caí de rodillas. El impacto contra el suelo ardiente me arrancó un gemido. Por un segundo, me quedé allí, con las palmas de las manos enterradas en la tierra hirviendo, sintiendo que el desierto me invitaba a rendirme. Sería tan fácil cerrar los ojos. Pero entonces me imaginé a Mel escribiendo su informe diario: "Sujeto Raphael: Fallecido por insolación. Causa: Descuido técnico. Espacio en el laboratorio recuperado al cien por cien". Me levanté con un rugido que sonó más como un ladrido roto.

—Ni de coña, Mel. Ni de coña.

Seguí avanzando, pero mi mente empezó a divagar. Mis conocimientos de biología general empezaron a mezclarse con el delirio del calor. Analizaba mi propio cuerpo como si fuera un espécimen externo: Niveles de bilirrubina subiendo. Vasoconstricción periférica. El hipotálamo está gritando por una homeostasis que no va a llegar. Me reí, o algo parecido. Estaba usando la ciencia de ella para describir mi propia muerte. Qué ironía tan patética.

Ocho kilómetros. Ya podía ver el destello del metal de la antena de la estación. Parecía un faro, pero también una advertencia. Cada vez que daba un paso, me imaginaba a Mel en el laboratorio, ajustando sus placas de Petri con esa maldita precisión suya, completamente ajena —o quizás disfrutando— de que a unos pocos kilómetros, yo estaba perdiendo la piel. Metí la mano en mi bolsillo y toqué los viales de suero que había rescatado del coche. Estaban calientes. Si las proteínas se desnaturalizaban por el calor de la caminata, el trabajo de un mes se iría a la basura. Y sería su culpa. Todo sería su culpa.

—Vas a pagar cada mililitro de este suero, Mel —susurré, con la lengua pegada al paladar—. Vas a ver lo que pasa cuando un animal acosado deja de huir y empieza a morder.

La estación estaba cerca. Podía ver el polvo levantándose alrededor de los módulos. Me quedaban unos pocos cientos de metros, los más largos de mi vida. Mis piernas se movían por inercia, por pura memoria muscular y un rencor que era más fuerte que la deshidratación. Llegué a la puerta de entrada. Mi mano, temblorosa y cubierta de una costra de mugre, buscó el picaporte de metal. Estaba ardiendo, pero ya no me importaba. Tiré de ella con las últimas fuerzas que me quedaban y el aire acondicionado me golpeó como una bofetada de realidad.

Entré tropezando, sintiendo que el suelo se inclinaba. Me apoyé contra el marco de la puerta, tratando de enfocar la vista. Y allí estaba ella. En el pasillo, con esa taza de té humeante, mirándome como si yo fuera un insecto que acababa de entrar por debajo de la puerta. Fue en ese preciso instante, mientras el frío artificial me hacía castañear los dientes y su mirada de triunfo me quemaba más que el sol, cuando decidí que la arena en el motor había sido solo el juego de niños. El verdadero sabotaje, el que le arrancaría el alma a su investigación, empezaría esta misma noche.

Me aferré al marco de la puerta con tanta fuerza que los nudillos me blanquearon bajo la capa de tierra roja. Mis pulmones silbaban, buscando un oxígeno que el aire acondicionado parecía estar filtrando demasiado rápido para mi capacidad actual. La vi dar un sorbo a su té. Lento. Deliberado. Sus ojos recorrieron mi figura, desde las botas destrozadas hasta mi cara quemada, con la misma curiosidad clínica con la que observaría un moho creciendo en una placa de Petri.




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