Homeostasis

Mel

Dormí con la satisfacción de los justos, o al menos con la de alguien que ha eliminado una plaga persistente. Me levanté a las 6:00 AM, sintiéndome extrañamente ligera. Mi rutina fue la de siempre: estiramientos, hidratación controlada y el uniforme perfectamente planchado. Al salir al pasillo, mis ojos buscaron automáticamente la puerta de Raphael. Estaba cerrada. Un silencio sepulcral emanaba de su habitación, y me permití una pequeña sonrisa de suficiencia. Probablemente estaría sumergido en un sueño febril, lamiéndose las heridas y preguntándose en qué momento su vida se había convertido en un anuncio de supervivencia fallido. Entré en la cocina común. Mateo no estaba; seguramente andaba revisando los paneles solares antes de que el calor hiciera imposible subir al techo. La única presencia en la estancia era la cafetera borboteando y el suave zumbido del refrigerador.

Me serví una taza, disfrutando del silencio. Pero la paz duró poco. La puerta del pasillo se abrió y Raphael entró. Si ayer parecía un cadáver escupido por el desierto, hoy parecía un espectro que había regresado para cobrar una deuda. Tenía las ojeras hundidas, la piel de la cara descascarándose por la quemadura solar y un andar rígido que delataba cada músculo agarrotado. Pero lo que más me llamó la atención no fue su estado físico, sino sus ojos. Había recuperado el brillo verde. Ya no era la mirada nublada de un hombre moribundo; era la mirada de alguien que acababa de encontrar una razón para vivir. Y esa razón, sospechaba yo, no era precisamente la ciencia.

—Vaya —dije, apoyándome en la encimera y llevándome la taza a los labios—. Lázaro ha decidido levantarse. Pensé que necesitarías una transfusión de suero y un par de días de descanso para procesar tu derrota.

Raphael no respondió de inmediato. Caminó hacia la cafetera con una lentitud deliberada, ignorando mi presencia hasta que tuvo su taza llena. Se apoyó en la mesa, justo frente a mí, y el olor a desierto y sudor que aún desprendía su piel chocó contra mi fragancia de jabón neutro.

—La derrota es un concepto relativo, Mel —dijo. Su voz ya no era un susurro rasposo; era grave, profunda y cargada de una confianza que me puso en alerta—. A veces tienes que perder un coche para ganar una perspectiva mejor del terreno.

—¿Perspectiva? —solté una carcajada seca—. Has perdido un vehículo de cincuenta mil dólares, tu crédito con Mateo y tu dignidad. ¿Qué perspectiva has ganado? ¿La de que el sol quema?

Él dio un sorbo largo a su café, sin apartar los ojos de los míos. El vapor empañaba sus pestañas, dándole un aire casi místico, si no fuera porque sabía que era un idiota.

—He ganado la perspectiva de que te importa demasiado el control —respondió, dando un paso hacia delante. Yo no retrocedí. Jamás retrocedería ante él—. Te esfuerzas tanto en que todo sea estéril, Mel. Tus plantas, tu laboratorio, tu vida... Crees que si mantienes el ambiente bajo control, nada puede salir mal.

—Se llama método científico, Raphael. Deberías probarlo alguna vez, en lugar de jugar a ser Indiana Jones en las dunas.

—El problema del control es que es una ilusión —continuó él, ignorando mi sarcasmo. Se inclinó un poco, lo justo para que pudiera notar el calor que aún desprendía su cuerpo—. En el desierto, las cosas mutan. Se adaptan. Se vuelven agresivas cuando se sienten acorraladas. Y a veces, el cambio ocurre justo delante de tus ojos, en tu lugar más seguro, y ni siquiera te das cuenta hasta que es demasiado tarde.

Un escalofrío, fino como una aguja de hielo, me recorrió la columna. Había algo en su tono, una especie de regocijo oculto, que no me gustaba nada. ¿Era solo fanfarronería para salvar lo poco que quedaba de su ego, o Raphael sabía algo que yo no?

—¿Estás intentando ser profundo o es que el calor te ha licuado el lóbulo frontal? —pregunté, estrechando los ojos.

Raphael sonrió. Fue una sonrisa lenta, que mostró sus dientes blancos y terminó en ese labio partido que yo le había provocado.

—Solo te estoy dando un consejo de biólogo general —dijo, dejando la taza vacía sobre la mesa con un golpe seco—. No te fíes de la estabilidad. A veces, las bacterias más resistentes son las que deciden morir de repente. O las que deciden... cambiar de forma.

Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta del laboratorio, pero antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.

—Por cierto, gracias por la sugerencia del protector solar. Pero creo que hoy vas a necesitar tú algo para la presión arterial. Va a ser un día... fascinante para la botánica.

Salió del comedor dejándome sola con el eco de sus palabras. Me quedé inmóvil, con la taza fría entre las manos. Mi instinto, ese que nunca me fallaba, empezó a gritar. Raphael no era un buen actor; esa seguridad no era fingida. Dejé la taza en el fregadero y caminé hacia el laboratorio con el corazón empezando a latir con una frecuencia irregular. No podía ser. Él no tenía la capacidad, ni el acceso, ni el tiempo... ¿o sí? Al llegar a la puerta del laboratorio, vi a Raphael apoyado en el marco de la entrada de la zona de zoología, cruzado de brazos, observándome con una calma insultante.

—Adelante, Mel —dijo, señalando con la cabeza mi mesa de trabajo—. Ve a ver cómo están tus pequeñas. Yo me quedaré aquí... por si necesitas un hombro sobre el que llorar.

Empujé la puerta y entré. Lo primero que hice fue mirar la incubadora. Todo parecía normal. La luz azul brillaba, la temperatura marcaba 22.5°C. Suspiré, sintiendo que la tensión abandonaba mis hombros.

—Eres un patético, Raphael. Tus juegos mentales no funcionan conmigo.

Caminé hacia la incubadora para realizar mi revisión matutina. Abrí la puerta de cristal y saqué la primera bandeja de placas de Petri. Al poner la primera placa bajo la luz de la mesa, mi sangre se congeló. Las colonias de Anabaena, que ayer eran de un verde esmeralda vibrante y saludable, hoy presentaban un aspecto aterrador. Estaban cubiertas de unas manchas blanquecinas, casi fluorescentes, y los filamentos parecían haberse retorcido en formas que desafiaban cualquier manual de microbiología que yo hubiera leído. No era una muerte normal. Era una mutación agresiva, una aberración celular que estaba ocurriendo a una velocidad imposible.




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