La noche en el semidesierto era el único momento en el que el mundo me pertenecía. Sin el sol golpeándome como un martillo y, sobre todo, sin los ojos críticos de Mel vigilando cada uno de mis movimientos, podía respirar. Me encontraba a unos tres kilómetros de la estación, agazapado entre un afloramiento de rocas calizas y un arbusto de gobernadora que apenas me cubría. Tenía la linterna de luz roja sobre la frente —la luz blanca espantaba a mis objetivos— y mis manos, todavía algo entumecidas por el frío repentino, sostenían una pinza larga de acero. El viento soplaba con una frialdad cortante, un recordatorio de que en este lugar, si el calor no te mataba de día, el frío intentaría congelarte los fluidos de noche.
—Vamos, pequeño demonio... —susurré, viendo el destello de unos ojos diminutos bajo una laja.
Un escorpión de corteza, pálido y letal, emergió de su grieta. Lo atrapé con un movimiento seco y preciso, deslizándolo dentro del vial de transporte. Era el cuarto de la noche. Me senté sobre una roca plana, dejando que mis músculos se relajaran un poco. La caminata de hace tres semanas me había dejado una huella que no terminaba de borrarse; a veces, cuando el frío apretaba, las rodillas me recordaban cada metro de arena que tuve que arrastrar por culpa de Mel. Miré hacia la dirección de la base. A lo lejos, la antena de comunicaciones parpadeaba con una luz roja, solitaria en medio de la negrura. Mel estaba allí. Probablemente todavía inclinada sobre su microscopio, rodeada de ese silencio estéril que tanto parecía disfrutar. La imagen de ella, tan pulcra y segura de su propia superioridad, me produjo una punzada de irritación.
—No eres la única que sabe adaptarse, Mel —murmuré para la oscuridad.
El sabotaje de la camioneta y mi respuesta con la incubadora habían sido movimientos brutos. Ruido contra ruido. Pero después de estas tres semanas de silencio, de observarla desde mi rincón del laboratorio, me di cuenta de que ella no se rompería por la fuerza. Era como esos arbustos que se doblan con la tormenta pero nunca se quiebran. Había notado cómo miró la flor de cactus. No la tiró. No la analizó como un despojo orgánico. Se quedó mirándola un segundo más de lo necesario, una grieta mínima en su armadura de hielo. Una idea empezó a flotar en mi mente, tan sutil como el rastro de una serpiente en la arena. No necesitaba más arena en los motores ni más urea en sus viales. Eso solo la hacía más fuerte, más defensiva. Lo que necesitaba era que bajara el escudo.
—Si quieres selección natural, te daré mimetismo —pensé, ajustando la mochila en mis hombros.
El plan no estaba claro aún, pero la dirección sí. Si lograba que Mel se sintiera cómoda, si lograba que empezara a confiar en que yo era el único aquí que realmente entendía la magnitud de su trabajo... las posibilidades de que ella misma cometiera un error serían mucho mayores. O quizás, simplemente quería ver cuánto tardaba en derretirse esa máscara de científica perfecta si alguien empezaba a tratarla como si fuera única en este desierto. Era un juego de paciencia. Una trampa de lazo que se va cerrando tan lentamente que la presa ni siquiera siente el roce de la cuerda hasta que es demasiado tarde para saltar. Me puse de pie y comencé el camino de regreso. Mis botas crujían rítmicamente sobre la costra de sal. Entré en la base por la puerta de carga y, antes de irme a mi cuarto, pasé frente al laboratorio principal. Las luces estaban bajas. Me acerqué a la mesa de Mel. La flor de cactus seguía en el vaso de precipitados. Estaba un poco lacia, pero sus pétalos rosas aún desafiaban la frialdad del acero inoxidable. Me quedé allí un momento, en silencio, mirando la flor y luego los viales que ella creía tener tan bien escondidos.
—Mañana vamos a cambiar las reglas, Mel —dije en un susurro apenas audible.
Me retiré a descansar. Por primera vez en semanas, no tenía el sabor amargo de la rabia en la boca, sino la anticipación de un cazador que acaba de descubrir el rastro perfecto.
Me desperté antes que la alarma, algo inusual en mí. Normalmente, el cuerpo me pedía a gritos diez minutos más para compensar las palizas que me pegaba en el campo, pero hoy la mente estaba demasiado despierta. Me duché con agua fría, quitándome de encima el olor a sal y desierto de la noche anterior, y me puse una camisa limpia. Me miré en el espejo del baño. Las marcas del sol seguían ahí, pero la mirada era distinta. Ya no había rastro de la rabia febril que me había consumido las últimas tres semanas.
—A ver qué tal se te da ser el buen chico, Raphael —me dije, ensayando una expresión neutra.
Entré al laboratorio con paso tranquilo. No arrastré las botas, no di un portazo. Mel ya estaba allí, por supuesto. Era como una parte fija del mobiliario de precisión. El zumbido de su centrifugadora llenaba el aire y ella estaba concentrada en anotar algo en su bitácora. Me acerqué a mi mesa de trabajo. Esta vez no había animales muertos, ni restos de equipo sucio invadiendo su zona. Me dediqué a organizar mis viales de suero con una meticulosidad que hasta a ella le habría costado criticar. Mantuve mi espacio impecable, casi clínico. Tras una hora de silencio absoluto, decidí que era momento del primer movimiento. Pero no sería un ataque, ni un comentario sarcástico. Sería algo que ella no podría rechazar: una consulta técnica real.
—Mel —dije en voz baja, sin rastro de burla.
La vi tensarse. No se giró, pero su mano se detuvo un segundo sobre el papel.
—¿Qué quieres ahora, Raphael? —Su voz era el mismo muro de hielo de siempre, pero yo estaba listo para empezar a picarlo.
—Tengo un problema con el análisis térmico de estas muestras de Crotaphytus. Los niveles de hidratación celular están cayendo más rápido de lo que predice el modelo —me acerqué un par de pasos, quedándome justo en el borde de su "zona de seguridad"—. Sé que no te interesan mis lagartos, pero tu protocolo sobre la retención de líquidos en ambientes áridos es el más preciso que he leído. Me preguntaba si podrías echarle un vistazo a estos parámetros cuando tengas un momento.