El despertador sonó a las 4:15 AM, pero yo ya llevaba diez minutos con los ojos abiertos, escuchando el zumbido del aire acondicionado. El silencio de la estación se sentía distinto hoy. No era el silencio gélido de las semanas de guerra, sino una calma expectante que me hacía sentir una extraña ligereza en el pecho. Me puse el equipo de campo: botas altas, pantalones reforzados y la camisa técnica que Raphael, en uno de esos gestos que ahora se habían vuelto habituales, había dejado limpia sobre mi secadora tras notar que yo no daba abasto con la colada y el laboratorio. Al salir al área de carga, lo vi. Raphael estaba revisando la presión de los neumáticos del nuevo todoterreno. Bajo la luz de los focos exteriores, su silueta parecía más ancha, más sólida. Se movía con una eficiencia tranquila que, lo admitiera o no, me daba una seguridad que nunca había sentido saliendo sola o con Mateo.
—Lista para el polvo, Mel? —preguntó sin levantarse, pero pude notar el tono amable en su voz.
—Lista. ¿El clima?
—Viento del norte, unos veinte nudos. Se pondrá feo a mediodía, así que tenemos que ser rápidos en las grietas —se puso de pie y me abrió la puerta del copiloto.
El gesto me descolocó por un segundo. Ya no era la cortesía forzada de un colega; era algo... protector. Subí al coche y el viaje hacia la zona de las grietas transcurrió en un silencio cómodo, roto solo por el rugido del motor y alguna observación técnica que él hacía sobre la orografía. Raphael estaba siendo el compañero perfecto: atento, pero sin invadir, validando cada una de mis instrucciones sobre dónde debíamos detenernos. Cuando llegamos a la base de las formaciones rocosas, el sol apenas empezaba a teñir el cielo de un naranja violáceo. El paisaje era espectacular y aterrador a la vez.
—Quédate cerca de mí mientras bajamos —me dijo Raphael, extendiéndome la mano para ayudarme a saltar una zanja—. El terreno aquí es traicionero, la caliza se desmorona como si fuera galleta.
Acepté su mano. Su agarre fue firme y cálido, y por un instante, me permití olvidar que este era el mismo hombre al que hace un mes quería ver desterrado de la ciencia. Me sentía... cuidada. Era una sensación peligrosa en este entorno, pero después de tanto tiempo peleando contra todo y contra todos, era una droga dulce. Llegamos al punto de muestreo: una grieta profunda donde la humedad del rocío se filtraba entre los estratos minerales. Me puse de rodillas, saqué mi estuche de herramientas y comencé la recolección.
—Mira esto, Raphael —susurré, señalando una veta de sedimento oscuro que brillaba bajo la luz de mi linterna—. Es perfecto. La concentración de hierro aquí es incluso mayor que en las Paredes de Azufre.
Él se agachó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su hombro contra el mío. No se movió para apartarse. Al contrario, se inclinó para observar la muestra, mostrando un interés genuino que me hizo sentir que mi trabajo realmente importaba, que no era solo una "aburrida botánica".
—Es impresionante, Mel —dijo, y su voz, tan cerca de mi oído, sonó sincera—. Tienes un ojo increíble para encontrar lo que nadie más ve. Entiendo por qué eres la mejor en lo que haces.
Me quedé paralizada con la espátula en la mano. Nadie me había dicho algo así en años. Sentí un calor que no tenía nada que ver con el sol del desierto subiendo por mis mejillas. Me giré un poco para mirarlo y lo encontré observándome con una suavidad en los ojos que me desarmó por completo.
—Gracias, Raphael —logré decir, intentando que mi voz no temblara—. Significa mucho... viniendo de ti.
—Solo digo la verdad —sonrió él, y por un momento, en el fondo de esa grieta olvidada por el mundo, sentí que por fin había encontrado a alguien que hablaba mi mismo idioma.
Volví a mis muestras, metiendo los sedimentos en los viales con una precisión casi rítmica. Raphael se quedó allí, custodiando mi espalda, vigilando el horizonte mientras yo me sumergía en mi tarea. Me sentía única, valorada y, sobre todo, segura. Por primera vez desde que llegué a Ombu, no estaba sola frente al desierto. Tenía a alguien. Terminé de cerrar el último vial y lo guardé en el maletín acolchado. Me puse en pie, sintiendo el peso satisfactorio del trabajo bien hecho y la extraña electricidad que flotaba entre nosotros. Cerré el maletín con un clic seco que resonó en las paredes de la grieta. El peso de los viales era real, tangible, pero el peso que se había desprendido de mi pecho durante esta mañana lo era aún más. Me puse en pie y me sacudí el polvo de las rodillas, sintiendo la mirada de Raphael fija en mí.
—Ya lo tenemos todo —dije, tratando de recuperar mi tono profesional, aunque algo en mi interior se sentía más suave, menos rígido—. Si nos damos prisa, llegaremos a la base antes de que el viento del norte se vuelva insoportable.
—Bien —asintió él, extendiendo el brazo para tomar el maletín—. Déjame llevar esto. Es valioso y no quiero que un mal paso te juegue una mala pasada.
Le entregué el equipo sin protestar. En otro momento, habría dado un discurso sobre mi autonomía y mi capacidad para cargar con mis propias herramientas, pero hoy... hoy se sentía bien dejar que alguien más compartiera la carga. Comenzamos el ascenso. Raphael iba delante, marcando el camino, deteniéndose cada pocos metros para ofrecerme la mano en los tramos donde la caliza cedía bajo las botas. Cada vez que mis dedos envolvían los suyos, sentía una descarga de confianza. Me gustaba cómo me miraba: no como a una rival a la que hay que batir, sino como a alguien que merecía ser protegida. O eso era lo que mi parte instintiva quería creer.
Llegamos al todoterreno justo cuando las primeras ráfagas de viento empezaban a levantar remolinos de arena fina. Raphael guardó el maletín en el compartimento de seguridad del maletero con una delicadeza casi reverente.
—Sube, Mel. No quiero que respires este polvo —dijo, rodeando el coche para abrirme la puerta.