Homeostasis

Raphael

El mundo era un latido constante de dolor sordo. Cada centímetro de mi piel se sentía como si estuviera siendo perforado por agujas incandescentes. Tenía los ojos tan hinchados que apenas podía ver la luz fluorescente de la enfermería de la base, y mis manos... mis manos parecían guantes de boxeo deformes.

—Te lo digo, Mateo... no fue un accidente —mi voz salió como un graznido rasposo. Tenía la garganta inflamada por la reacción alérgica moderada que los antihistamínicos apenas estaban controlando—. Ella lo planeó. Esas cosas... no eran abejas normales. Me buscaban a mí.

Escuche un suspiro pesado. Mateo estaba sentado al borde de mi camilla, frotándose las sienes. A mi lado, el monitor de ritmo cardíaco pitaba con una frecuencia nerviosa.

—Raphael, por el amor de Dios... —Mateo bajó la voz, sonando más cansado que enfadado—. Acabo de ver las grabaciones de seguridad del balcón. Seis veces.

—¡Entonces viste cómo las soltó! —Intenté incorporarme, pero un pinchazo de dolor en la espalda me devolvió al colchón.

—Vi a una mujer cargando una caja pesada que se tropezó con la rejilla defectuosa del suelo. Vi cómo intenté sujetar la caja y cómo, al caer, se golpeó la cabeza contra la barandilla. Y vi cómo, mientras tú gritabas y corrías como un loco, ella intentaba levantarse para ayudarte antes de que el enjambre la obligara a retroceder y encerrarse.

—¡Es teatro, Mateo! ¡Es una maldita función! —rugí, aunque el esfuerzo me hizo toser.

En ese momento, la puerta de la enfermería se deslizó suavemente. Mel entró. Tenía una gasa pequeña en la frente, justo sobre la ceja, y los ojos rojos e inflamados de tanto llorar. Traía una bandeja con un vaso de agua y unas pastillas. Al verme despierto, sus labios temblaron y se cubrió la boca con una mano, dejando escapar un sollozo ahogado.

—Oh, Raphael... gracias al cielo —susurró, acercándose con pasos vacilantes. Se veía frágil, pequeña, completamente devastada—. No dejo de pensar en ello... si no hubiera sido tan torpe con esa maldita caja de polinizadores...

—¡Aléjate de mí! —le grité, pero ella no retrocedió. Se limitó a mirarme con una lástima tan perfecta que sentí náuseas.

—Lo siento tanto... —ella dejó la bandeja en la mesa de noche y miró a Mateo con desesperación—. Mateo, por favor, dile que no fue mi intención. Solo quería mostrarle los avances de la polinización cruzada para que viera que estaba escuchando sus consejos sobre zoología... Quería que estuviéramos bien.

Mateo se levantó y le puso una mano en el hombro, dándole un apretón reconfortante.

—Tranquila, Mel. No es culpa tuya. Esas rejillas deben cambiarse hace meses. Raphael está bajo el efecto de la medicación y el trauma, no sabe lo que dice.

—¡Sé perfectamente lo que digo! —intervine, señalándola con un dedo hinchado—. ¡Ella las crió! ¡Me atacaron solo a mí! ¡Ella no tiene ni una picadura!

Mel bajó la cabeza, dejando que una lágrima rodara por su mejilla.

—Yo... yo usé el spray repelente de grado industrial antes de salir porque iba a manipular la caja... Raphael, tú lo sabes, siempre lo uso antes de tocar los insectos... —su voz se quebró—. Ojalá te lo hubiera dado a ti también. Nunca me perdonaré esto.

Mateo me lanzó una mirada de reproche absoluto. Para él, yo era el animal herido que atacaba a quien intentaba cuidarlo. Para el resto de la estación, Mel era la santa víctima de su propia torpeza, y yo era el desafortunado que pagó el pato. Mel se acercó un poco más y dejó su mano —suave, fría, libre de marcas— sobre mi brazo vendado. Se inclinó como si fuera a ajustarme la manta, pero su rostro quedó a centímetros del mío. Mateo se había girado un momento para revisar el sueño. En ese microsegundo, el llanto de Mel desapareció. Sus ojos se volvieron dos pozos de obsidiana, fríos y letales. No había rastro de la chica arrepentida. Sus labios se curvaron en una sonrisa minúscula, casi imperceptible, que solo yo pude ver.

—Mejórate pronto, "compañero" —susurró con una voz que no era más que un aliento helado—. Aún nos queda mucha ciencia por hacer.

Y tan rápido como llegó, la máscara volvió a su sitio. Se enderezó, se limpió otra lágrima y salió de la enfermería con el hombro caído por el peso de una culpa inexistente. Me quedé mirando el techo blanco, temblando de rabia y de frío. Me había destruido. No solo básicamente; Había usado mi propio plan contra mí. Me había dejado como un paranoico ante el jefe y como un lisiado ante ella. Ella no me había roto en mil pedazos. Me había enterrado vivo, y lo peor de todo es que yo mismo le había dado la pala.

Dos días. Dos días de un silencio sepulcral en la estación, roto solo por el sonido de mis propias sibilancias y el zumbido de las máquinas que Mel manejaba ahora con una soltura insultante. Me había dado el alto, pero caminaba como un anciano, con la piel tirante y llena de costras que me recordaban, en cada movimiento, que ella me había ganado la partida. Pero no podía terminar así. Mi orgullo, ese que ella creía haber disuelto con veneno de abeja, se estaba reorganizando en una última y desesperada línea de defensa.

—No puede ser tan perfecto —mascullé, apoyado contra la pared del pasillo, vigilando la puerta del laboratorio—. Nadie es tan minucioso.

Mel estaba en la cafetería con Mateo. Los oía reír desde aquí; ella seguía interpretando el papel de la "pobre chica traumatizada que se refugia en el trabajo". Era el momento. Si Mel me había destruido usando mis propias herramientas, yo la desenmascararía usando las suyas: la evidencia empírica. Me deslicé dentro del laboratorio. El olor a ozono ya sus malditas bacterias me revolvió el estómago. Fui directo a su mesa de trabajo, pero no busqué en su cuaderno —sabía que no encontraría nada allí—. Fui a la papelera de residuos biológicos y al historial de la centrífuga. Buscaba el rastro de la feromona. Si ella no había sido picada, no era solo por el repelente industrial; Tenía que haber impregnado el enjambre con un marcador químico que las dirigiera hacia mí. Algún residuo, algún vial mal lavado... algo.




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