Homeostasis

Mel

El silencio que dejó el helicóptero de Raphael fue la melodía más dulce que había escuchado en años. Me quedé en la pista hasta que el punto negro desapareció en el horizonte caliginoso. El desierto volvía a ser mío. No había nadie que cuestionara mis métodos, nadie que saboteara mis cultivos, nadie que intentara leerme a través de mi bata blanca. Regresé a la estación con un paso ligero, casi rítmico. En el laboratorio, el vaso de precipitados con la flor de cactus que Raphael me había regalado seguía allí. La tomé con las pinzas, la observé un segundo —un resto de un pasado ya enterrado— y la arrojé al incinerador de residuos biológicos. Vi cómo el fuego la consumía en un instante. Cenizas. Eso era todo lo que quedaba de su mimetismo.

—Mel, ¿tienes un momento? —La voz de Mateo sonó por el intercomunicador, sacándome de mi ensimismamiento.

—Dime, Mateo.

—El transporte con el Dr. Aranda está a media hora. Necesito que prepares la zona de zoología. Sé que es difícil para ti volver a ese sector después de lo que pasó, pero necesitamos que el relevo sea impecable. La universidad está muy pendiente de tus bacterias azules y no quieren que la transición afecte a los informes.

—No te preocupes, Mateo —respondí, con mi mejor voz de colega abnegada—. Ya he limpiado todo. El Dr. Aranda encontrará un entorno perfecto para trabajar.

Bajé a la zona de zoología. El rastro del ataque de las abejas había sido eliminado físicamente, pero el aire aún conservaba un rastro metálico, o quizás era solo mi imaginación. Empecé a organizar las jaulas y los terrarios que Raphael había dejado atrás. Fue entonces cuando lo vi. En el fondo del terrario de la iguana del desierto, Raphael había dejado una pequeña inscripción grabada con un bisturí en el marco de madera, oculta por la arena. Eran solo tres letras: "V.I.T.". Fruncí el ceño. Conocía esa sigla. En el mundo de la investigación militar y de bioseguridad, significaba Virulence Induced Toxins. ¿De dónde había sacado Raphael esa terminología? Él era un simple rastreador de lagartos, un observador de campo. O eso es lo que él quería que yo creyera.

—¿Qué estabas ocultando realmente, Raphael? —murmuré, pasando el dedo sobre las letras.

El sonido de un nuevo motor, mucho más pesado que el de un helicóptero de transporte común, me obligó a dejar la investigación. El Dr. Aranda ya estaba aquí. Salí a recibirlo junto a Mateo. El vehículo blindado de la corporación minera —no el de la universidad— se detuvo frente a la esclusa principal. De él descendió un hombre que no se parecía en nada a la imagen que yo tenía de un zoólogo. Era alto, de unos cincuenta años, con el pelo cortado al ras y una mirada que escaneó la base con la precisión de un radar. No traía redes de captura ni terrarios portátiles. Traía maletines de aluminio sellados.

—Dr. Aranda, bienvenido a Ombu —dijo Mateo, estrechándole la mano.

El hombre asintió secamente. Luego se giró hacia mí. No me miró con la condescendencia de Raphael, ni con la admiración de Mateo. Me miró como se mira a un espécimen bajo un cristal.

—Dra. Mel —dijo, y su voz era una vibración baja y carente de calidez—. He leído sus informes sobre la cepa Anabaena azul. Un trabajo... interesante.

—Gracias, doctor —respondí, manteniendo mi máscara de cortesía—. Espero que su transición a la sección de zoología sea sencilla. Raphael dejó todo organizado.

—No he venido a estudiar lagartos, doctora —Aranda me sostuvo la mirada, y por primera vez en semanas, sentí un escalofrío de alarma real—. La universidad y la corporación han reestructurado el proyecto. A partir de ahora, zoología y microbiología trabajarán bajo un protocolo único. El "incidente" con el anterior investigador ha dejado claro que la seguridad biológica de esta base es... deficiente. He venido a corregir eso.

Mateo me miró con sorpresa; claramente, él tampoco sabía nada de este cambio de mando. Aranda pasó junto a nosotros sin esperar invitación, entrando en la base como si ya fuera el dueño. Me di cuenta de inmediato: Raphael era un lobo, pero este hombre era algo mucho más peligroso. Era un ejecutor. Entré tras él, sintiendo que las paredes de la estación Ombu, que antes me parecían un refugio, empezaban a cerrarse sobre mí. Mi juego con las abejas había eliminado a un rival molesto, pero había atraído la atención de alguien que no se dejaría engañar por lágrimas o tropiezos accidentales. Caminé hacia mi laboratorio, pero Aranda se detuvo frente a la puerta de mis cultivos.

—Una cosa más, doctora —dijo sin girarse—. He visto que ha solicitado grandes cantidades de glucosa y suplementos para insectos en el último mes. ¿Podría explicarme para qué sirven esos suministros en un estudio de cianobacterias?

Mi corazón dio un vuelco, pero mi rostro permaneció impasible. El tablero acababa de cambiar.

—Era un estudio paralelo sobre polinización en ambientes saturados de toxinas, doctor. Pero el experimento falló... ya sabe, el accidente con las abejas.

—Ya —Aranda se giró lentamente—. Una lástima. Me gustan los insectos. Son tan... predecibles. A diferencia de las personas.

Se retiró a su nueva sección, dejándome sola en el pasillo. Fui a mi habitación y cerré la puerta con llave. Necesitaba pensar. Raphael se había ido, pero me había dejado un regalo de despedida: la sospecha de que él no era quien decía ser, y la llegada de un hombre que venía a auditar cada uno de mis movimientos. Me senté en la cama y saqué mi cuaderno secreto. La lista de "tareas" se había vuelto mucho más larga. Si quería mantener el control, no solo tendría que vigilar a Aranda. Tendría que averiguar qué significaba "V.I.T." y por qué Raphael tenía ese secreto grabado en su terrario. La presencia de Aranda en la base era como una mancha de aceite: se extendía de forma silenciosa, cubriéndolo todo con una capa de desconfianza pegajosa. No era como Raphael, que llenaba el espacio con su energía tosca; Aranda lo vaciaba. Su silencio era estratégico, una técnica de interrogación pasiva que me obligaba a medir cada respiración.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.