Homeostasis

Mel

Seis meses después.

El aire de la ciudad me resultaba pesado, cargado de una humedad asfáltica que no lograba limpiar el recuerdo de la arena. Estaba sentada en mi nuevo despacho en la cede central de la Universidad, rodeada de ventanales que daban a un parque perfectamente podado. En mi escritorio, una placa de cristal pulido rezaba: Dra. Mel Guiliani Directora de Biotecnología Aplicada. Había ganado. La investigación de Ombu se cerró como el mayor éxito científico de la década. Tras la muerte de Aranda, la Corporación no quiso más riesgos. El informe oficial, redactado por mí y respaldado por un Mateo profundamente traumatizado que solo quería jubilarse, concluyó que el Dr. Aranda había forzado protocolos de seguridad militar no autorizados, causando un accidente fatal. Yo era la heroína que había logrado contener la fuga y salvar los datos esenciales. Mi cepa Anabaena azul estaba ahora patentada. No como un arma, sino como la solución definitiva para la limpieza de vertidos químicos. O eso decía el folleto de relaciones públicas. Me recosté en mi silla de cuero, disfrutando del silencio de una oficina donde nadie vigilaba mis pasos. Ya no había abejas, ni grabaciones ocultas, ni competidores mediocres intentando sabotear mi genio. El intercomunicador sonó.

—Dra. Guiliani, ha llegado un paquete para usted. No tiene remitente, pero viene marcado como "Material biológico de archivo" desde la oficina de reasentamiento de los Andes.

Mi corazón dio un vuelco lento, un eco de una vieja alarma.

—Déjelo en la antecámara. Yo misma lo recogeré.

Caminé hacia la entrada con una calma fingida. El paquete era una caja pequeña de madera, fría al tacto. La llevé a mi mesa y la abrí con un escalpelo. Dentro no había amenazas, ni virus, ni cartas de venganza. Había un pequeño bloque de resina transparente. En el centro de la resina, perfectamente preservado, estaba un ejemplar de un lagarto de alta montaña, una especie que solo habitaba en las cumbres más gélidas de los Andes. El animal tenía los ojos cerrados, en una paz eterna bajo el plástico. Al fondo de la caja, una nota escrita con una letra que reconocería en cualquier infierno:

"El frío es un gran maestro, Mel. Te enseña que lo que no se mueve, no sobrevive. Felicidades por la patente. Espero que el aire de la ciudad sea tan puro como crees. Cuídate de las corrientes de aire."

— R.

Miré el lagarto en resina. Raphael no me estaba amenazando con volver. Estaba haciendo algo mucho más sutil: me estaba recordando que él seguía vivo, observando desde el frío, esperando a que yo cometiera un solo desliz en mi nueva y perfecta vida.

—Sigues siendo un romántico, Raphael —susurré, dejando el bloque de resina sobre mi estantería, justo al lado de mis premios.

Él se había quedado con la supervivencia. Yo me había quedado con el poder. Cerré mi cuaderno de notas. El Proyecto Ombu había terminado, pero mi investigación personal sobre los límites de la ética y la supervivencia apenas estaba comenzando. Sabía que, en algún lugar de las montañas, un hombre estaba rastreando lagartos en la nieve, y que en algún despacho de la Corporación, alguien seguía analizando mis datos. Pero por ahora, yo era la reina de mi propio panal. Me acerqué al ventanal y vi a una pequeña abeja común revoloteando cerca del cristal, atraída por las flores del balcón. Sonreí. El mundo era un lugar lleno de peligros, pero ninguno era tan grande como el que yo ya había vencido. Guardé la nota de Raphael en el incinerador de mi oficina. Vi cómo se convertía en ceniza, igual que todo lo que se atrevía a interponerse en mi camino.




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