Homeostasis

Raphael

Los Andes. 4.500 metros sobre el nivel del mar.

El aire aquí no es oxígeno; es cristal molido. Cada bocanada te raspa los pulmones y te recuerda que el ser humano es un error biológico en estas alturas. Me gusta. El frío es honesto. No se esconde tras flores de cactus o sonrisas fingidas; simplemente intenta matarte de frente, sin rodeos. Me ajusté las gafas de ventisca y me aseguré de que los grampones estuvieran bien anclados al hielo azul de la ladera. A mi lado, una grieta de trescientos metros de profundidad bostezaba, esperando un mal paso.

—Tranquila, pequeña —susurré, mirando el contenedor térmico que llevaba sujeto al pecho.

Dentro no había lagartos. Había algo que Mel nunca esperaría que yo, el "bruto de campo", fuera capaz de cultivar. Regresé a mi refugio, una cabaña de piedra y fibra de carbono oculta en un repliegue del valle que ni los satélites de la Corporación lograban mapear con claridad debido a las interferencias magnéticas de la zona. Entré, cerré la esclusa y dejé que el calor del generador de plutonio me devolviera la sensibilidad a los dedos. Me quité la parka y me acerqué al espejo. Las cicatrices de las abejas de Mel todavía eran visibles en mi cuello y hombros, marcas blancas y queloides que el frío de los Andes había vuelto rígidas. Eran mi mapa, mi recordatorio constante de que la confianza es un lujo que no puedo volver a permitirme. Me senté frente a mi terminal. El monitor parpadeaba con el logo de la Universidad: el anuncio oficial del ascenso de Mel. Su cara, perfecta y radiante, ocupaba la pantalla principal.

—Directora de Biotecnología Aplicada... —leí en voz alta. Una sonrisa seca se dibujó en mi rostro—. Te sienta bien el traje, Mel. Pero te olvidas de que la resina que te envié tiene un doble fondo.

Me puse los guantes de látex y abrí un compartimento oculto en el suelo de la cabaña. Allí, bajo una luz roja tenue, había una fila de tanques criogénicos. Mel creía que la bacteria se destruiría con el gas halón o con el fuego, pero olvidó que yo soy zoólogo de extremos. Sé qué especies entran en criptobiosis cuando el entorno se vuelve hostil. La cepa azul no murió. Solo se durmió. Y aquí, en la pureza del frío andino, yo la estaba despertando, pero con un diseño diferente.

—Si ella es la reina del panal, yo soy el invierno que lo congela —pensé.

Había pasado estos seis meses no solo rastreando fauna, sino hackeando los servidores de la Corporación desde una conexión satelital encriptada. Sabía que la patente de Mel tenía un error. Un error que yo mismo introduje en los datos de la centrífuga la noche antes de irme, sabiendo que ella los usaría para su informe final. Su "solución ecológica" era una bomba de tiempo. En un par de años, cuando las bacterias empiecen a degradarse en los suelos donde las apliquen, el proceso de mutación que mató a Aranda se reactivará. Y entonces, el mundo buscará a la Dra para pedirle explicaciones. Pero yo no iba a esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo. Tomé una pipeta y extraje una gota del fluido azul que ahora prosperaba a temperaturas bajo cero. Lo puse bajo el microscopio. Las bacterias se movían con una elegancia glacial, lentas pero imparables. Habían perdido su agresividad frenética; ahora eran persistentes. Como yo.

—V.I.T. —repetí el código.

Mel creía que significaba toxinas inducidas por virulencia. Pero en mi cuaderno de inteligencia, el que ella nunca terminó de descifrar, significaba algo más simple: Venganza Inevitable y Total. Recibí una notificación en el radar de largo alcance. Un transporte de la Corporación se acercaba para recoger mi informe mensual sobre la fauna local. Era hora de enviar el "material de archivo" que faltaba. Me acerqué a la ventana y miré las nubes que cubrían el valle. Mel estaba en la cima, brillando bajo los focos de la ciudad, creyendo que el desierto había quedado atrás. No sabía que el frío de los Andes tiene brazos muy largos.

—Pronto, Mel —dije, guardando el vial en un maletín de transporte—. Muy pronto, el mundo se va a dar cuenta de que tu éxito está construido sobre cadáveres. Y yo seré el único que tenga el antídoto.

Subí la cremallera de mi traje y me preparé para salir al encuentro del transporte. La guerra no había terminado en Ombu. Solo se había trasladado a un terreno donde yo tenía la ventaja de la altura.




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