Un año después.
La ciudad era un tumor ruidoso, un amasijo de acero y cristal que devoraba el aire que yo había aprendido a amar en las alturas. Hacía un año que no ponía un pie en una urbe, y la sobrecarga sensorial era casi insoportable. Los olores a comida rápida, el constante rugido del tráfico, el murmullo incesante de miles de vidas ajenas... era el infierno de la previsibilidad. Pero tenía que estar aquí. Mi Anabaena polar, la cepa modificada, estaba lista. Y antes de soltarla, quería ver a Mel. Quería ver a la reina de cerca, en su trono, antes de que este empezara a desmoronarse. Me mezclé con la multitud, un fantasma con barba de tres días y ojos habituados a la lejanía del horizonte. No era el Raphael de Ombu; era más delgado, más endurecido. El frío había pulido mis edges, y mi paciencia se había vuelto tan profunda como las grietas glaciares que había aprendido a sortear. El edificio de la Corporación se alzaba como un monolito oscuro contra el cielo gris. Un monumento a la avaricia y al poder. Subí en el ascensor, ignorando las miradas furtivas de los oficinistas que me veían como un trozo de naturaleza salvaje perdido en su jungla de cristal. Mi destino era el laboratorio de Biotecnología Aplicada. El santuario de la Dra. Mel.
La encontré a través del cristal del laboratorio, en el centro de su nuevo imperio. Estaba de espaldas a mí, inclinada sobre una mesa, manipulando un cultivo en una placa de Petri. Su cabello rubio caía en cascada sobre los hombros de su bata, y su figura era esbelta, elegante. La misma perfección que había usado para cegarme en el desierto. Esperé. No quería una confrontación. No todavía. Quería que me viera, que sintiera mi presencia como un escalofrío en la nuca. Ella se enderezó y se giró. Sus ojos, antes llenos de esa chispa de inteligencia que tanto me había fascinado y enfurecido, ahora tenían un brillo diferente. Era el brillo del poder, de la convicción absoluta de que lo tenía todo bajo control. Nuestros ojos se encontraron a través del cristal. Mel se quedó inmóvil. La placa de Petri en su mano parecía congelarse a mitad de camino. Su sonrisa, esa que antes había ensayado para mí, ahora se desvaneció, revelando una capa de sorpresa, luego de ira, y finalmente, de una comprensión gélida.
—Raphael —dijo, pero no la escuché. Leí el movimiento de sus labios, la furia silenciosa que destilaba su nombre.
No respondí. Solo la observé, dejando que el mensaje se hundiera: Estoy aquí. Ella dejó la placa de Petri y se acercó al cristal, sus ojos clavados en los míos. Su postura, antes relajada, ahora era la de una depredadora lista para el combate.
—Pensé que te habías ahogado en alguna grieta andina —su voz sonó por el intercomunicador, fría y controlada.
—El frío tiene una forma curiosa de preservar, Mel. Y de enseñar paciencia. Especialmente cuando tienes un objetivo claro.
—¿Qué haces aquí? —Sus manos estaban apretadas en puños blancos a los costados. Se notaba la tensión en sus antebrazos; la calma era solo una fachada.
—Quería felicitarte en persona por tu éxito, Abeja Reina —dije, saboreando el apodo. La vi tensarse, una microexpresión de odio puro cruzando sus facciones—. Tu patente para la Anabaena biorremediadora es una maravilla. Has construido un panal de cristal impresionante aquí en la ciudad. Lo único...
Me incliné un poco, acercando mi rostro al cristal, casi pegando la nariz a la superficie fría que nos separaba.
—Lo único es que has olvidado una pequeña variable en tu ecuación. Y la Corporación está a punto de descubrirla. Las colonias que crecen demasiado rápido, Abeja Reina, suelen colapsar bajo su propio peso. O por un parásito que no vieron venir.
La cara de Mel se transformó. La furia se mezcló con una punzada de auténtico miedo. Entendió de inmediato. Entendió que yo no había venido a pedirle una explicación, ni a buscar un cierre romántico, sino a anunciar el comienzo del fin de su monarquía.
—No tienes nada —siseó—. Mis datos están limpios. El incidente de Ombu está enterrado.
—No en mi mundo, Mel —respondí, dándome la vuelta lentamente—. En el mío, el invierno está llegando. Y trae consigo un polen muy especial que tu colmena no va a saber cómo procesar.
Caminé por el pasillo, dejando atrás su expresión de horror contenido. No miré hacia atrás. No quería ver su reacción, solo quería sentir la satisfacción de haber encendido la mecha en el corazón de su imperio. Salí del edificio y me fundí de nuevo en el caos de la ciudad. Mi trabajo aquí había terminado. Ahora, la ciudad era el campo de batalla. En mi maleta, camuflado entre mi equipo de campo andino, llevaba los viales con la cepa de Anabaena adaptada al frío. La que, al entrar en contacto con el oxígeno cálido de la atmósfera urbana, reaccionaría de una forma que ni la Abeja Reina ni la Corporación podrían prever. No era una amenaza para la vida. Era una amenaza para la reputación. Una plaga invisible que pondría en evidencia la fragilidad de su éxito. La Directora de Biotecnología Aplicada estaba a punto de descubrir que un verdadero científico nunca deja cabos sueltos. Especialmente si esos cabos sueltos llevan su nombre.