Valeria no dejó de pensar en él.
En su forma de hablar.
En lo que dijo… y en lo que evitó decir.
“Esto no es un caso.”
Esa frase no encajaba.
Nada de eso encajaba.
Al día siguiente, volvió al hospital con la sensación de que algo la estaba esperando. No sabía qué, pero lo sentía… como una presión constante detrás de cada pensamiento.
Lo encontró más rápido de lo que esperaba.
Estaba al final del pasillo.
Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, mirando hacia ningún lugar en específico.
Como si ya supiera que ella iba a ir.
Valeria caminó directo hacia él.
—Necesito que me explique —dijo sin rodeos.
El hombre levantó la mirada lentamente.
No parecía sorprendido.
—Te dije que no hicieras preguntas.
—Y usted no dejó de darme razones para hacerlas.
Silencio.
Un silencio incómodo. Medido.
—Ese símbolo —continuó Valeria—. No es casualidad.
El hombre apretó la mandíbula.
—Baja la voz.
—¿Por qué? —insistió ella—. ¿Qué tiene de peligroso decir lo que todos están viendo?
Él dio un paso hacia ella.
No agresivo.
Pero sí lo suficiente para marcar distancia.
—Porque no todos lo están viendo —dijo en voz baja—. Y es mejor que siga siendo así.
Valeria lo miró fijamente.
—Alguien lo modificó.
Esa vez, el silencio fue diferente.
Más pesado.
Más real.
El hombre desvió la mirada por primera vez.
Y eso fue suficiente.
—Usted lo sabía —susurró ella.
—No —respondió rápido—. Lo temía.
Valeria sintió un escalofrío.
—Entonces esto no es nuevo.
El hombre soltó una leve risa sin humor.
—Nada de esto es nuevo.
Esa respuesta no le gustó.
Para nada.
—¿Qué significa el símbolo?
El policía dudó.
Por primera vez… parecía estar eligiendo cada palabra con cuidado.
—Significa que alguien quiere que lo encuentres.
Valeria frunció el ceño.
—¿A mí?
—A cualquiera que sea capaz de verlo.
Otra pausa.
Más densa que las anteriores.
—¿Y qué pasa cuando alguien lo ve? —preguntó ella.
El hombre la miró directamente.
Y esa vez… no desvió la mirada.
—Se convierte en parte.
Valeria sintió cómo algo se cerraba en su pecho.
—¿Parte de qué?
El hombre negó lentamente.
—Ahí es donde todos cometen el error.
—¿Cuál?
—Pensar que esto tiene una forma clara… como un caso, como un culpable, como un final.
Valeria guardó silencio.
—¿Y no lo tiene?
El hombre se acercó un poco más.
Su voz bajó aún más.
—Esto no es algo que resuelves.
Es algo que te encuentra.
Un ruido interrumpió el momento.
Pasos.
Gente acercándose por el pasillo.
El hombre se apartó de inmediato, cambiando su expresión como si nada hubiera pasado.
Como si esa conversación nunca hubiera existido.
Antes de irse, dijo sin mirarla:
—Si vuelves a ver el símbolo… no lo toques.
Valeria sintió que el tiempo se detenía por un segundo.
—¿Por qué?
El hombre se detuvo.
Sin girarse.
—Porque no sabes quién puede estar mirándote cuando lo haces.
Y entonces se fue.
Dejándola sola.
Con más preguntas que antes.
Y con una certeza que ya no podía ignorar:
Esto no era coincidencia.
Esto era selección.