Valeria no salió de casa al día siguiente.
Apagó el teléfono. Cerró las cortinas. Intentó convencerse de que todo había sido producto del miedo, del cansancio… de su propia imaginación.
Pero había una diferencia entre imaginar algo…
y encontrar una nota debajo de tu puerta.
“Ya lo viste.”
La frase seguía allí, clavada en su mente como una astilla.
La casa estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Valeria permanecía sentada en la mesa de la cocina, sin moverse, como si cualquier acción pudiera empeorar las cosas. Miraba el papel una y otra vez, esperando encontrar algo nuevo… algo que no estuviera ahí antes.
Pero no cambiaba.
Nada cambiaba.
El reloj marcaba las 11:18 p.m. cuando el teléfono sonó.
El sonido rompió el silencio de forma abrupta.
Valeria se quedó inmóvil.
No quería contestar.
Pero tampoco podía ignorarlo.
El teléfono siguió sonando.
Una vez.
Otra vez.
Hasta que finalmente lo tomó.
—¿Hola?
Silencio.
No era una llamada normal.
Había alguien al otro lado.
Podía sentirlo.
—¿Hola? —repitió, esta vez más tensa.
Entonces lo escuchó.
Respiración.
Lenta.
Controlada.
Como si quien estuviera al otro lado no tuviera prisa.
Como si solo quisiera que ella supiera que estaba ahí.
Valeria apretó el teléfono con más fuerza.
—¿Quién es?
La respiración continuó unos segundos más.
Y luego…
la llamada se cortó.
El silencio volvió.
Pero ya no era el mismo.
Ahora era más pesado.
Más cercano.
Valeria dejó el teléfono lentamente sobre la mesa.
Sentía el pulso en las manos.
En el pecho.
En la garganta.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
Dudó.
Por un segundo.
Dos.
Luego apartó ligeramente la cortina.
La calle estaba oscura.
Vacía.
Iluminada apenas por una farola que proyectaba sombras largas sobre el pavimento.
Valeria observó unos segundos.
Y entonces…
lo vio.
Una figura.
Al otro lado de la calle.
Inmóvil.
No podía distinguir su rostro.
Solo su silueta.
Alta. Quieta.
Como si llevara tiempo ahí.
Esperando.
El corazón de Valeria empezó a latir más rápido.
La figura no se movía.
No daba un paso.
No hacía ningún gesto.
Solo miraba.
Directamente hacia su casa.
Valeria retrocedió.
Sin dejar de mirar.
Y cuando reunió el valor para asomarse otra vez…
ya no estaba.
El espacio estaba vacío.
Como si nunca hubiera habido nadie.
Pero el aire dentro de la casa había cambiado.
Ahora se sentía más frío.
Más denso.
Más… presente.
Valeria cerró la cortina de golpe.
Regresó a la mesa.
Miró el papel una vez más.
“Ya lo viste.”
Esta vez, las palabras parecían distintas.
Más claras.
Más directas.
Más personales.
Porque si alguien sabía que ella había visto el símbolo…
entonces también sabía dónde vivía.
Y eso solo podía significar una cosa.
Esto no iba a detenerse.
No hasta que alguien decidiera que debía hacerlo.
Valeria cerró los ojos.
Y por primera vez desde que todo comenzó…
pensó algo que no quería pensar.
Tal vez… ya la habían elegido.