Valeria no volvió al hospital.
No ese día.
Necesitaba moverse. Pensar. Sentir que todavía tenía algún tipo de control.
El teléfono.
Caminó varias cuadras hasta encontrar una pequeña tienda de electrónicos. Un lugar discreto, sin preguntas innecesarias.
—¿En qué te ayudo?
—Necesito un teléfono prepago. Básico… pero con mensajes.
El hombre asintió.
—Tengo uno sin registro. Solo llamadas y SMS.
Perfecto.
Pagó en efectivo.
Sin nombre.
Sin datos.
Sin rastro.
—
Al llegar a su casa, cerró la puerta con cuidado y se quedó unos segundos en silencio.
Escuchando.
Nada.
Encendió el teléfono, guardó el número de Mateo y escribió:
“Lo vi otra vez.”
La respuesta no tardó.
“¿Dónde?”
Valeria miró alrededor antes de responder.
“Cerca de mi casa.”
Pausa.
“¿Estás sola?”
“Sí.”
Tres puntos.
Desaparecen.
Vuelven.
“No salgas.”
Valeria frunció el ceño.
“Necesito respuestas.”
Silencio.
Luego:
“No por aquí.”
Valeria apretó el teléfono.
“Entonces dime cómo.”
Nada.
“Mateo.”
Nada.
Su paciencia se rompía poco a poco.
“¿Cómo sabes todo esto?”
Los puntos aparecieron… y desaparecieron varias veces.
Finalmente:
“No es momento.”
Valeria dejó escapar el aire con frustración.
—Claro… nunca es momento.
Se levantó de la mesa y caminó hacia la cocina.
Intentó distraerse.
Pensar en otra cosa.
Pero no podía.
El silencio de la casa… ya no era tranquilo.
Era incómodo.
Pesado.
Y entonces—
Un sonido.
Seco.
Detrás de ella.
Valeria se congeló.
Giró lentamente.
Nada.
—¿Hola…?
Silencio.
Otro ruido.
Más leve.
Como algo moviéndose.
Más cerca.
Su corazón empezó a latir más rápido.
—No…
Dio un paso atrás.
Otro sonido.
En la cocina.
Algo cayó.
Valeria dio un salto.
—¡¿Quién está ahí?!
Nadie respondió.
Solo ese silencio otra vez.
Pero ya no era el mismo.
Corrió hacia la mesa, tomó el teléfono con manos temblorosas y escribió:
“Hay alguien dentro de mi casa.”
Enviar.
Respuesta inmediata:
“¿Dónde estás?”
Valeria respiraba rápido.
“En mi casa.”
Segundos.
Eternos.
“Mándame tu ubicación. Ahora.”
Valeria dudó apenas un instante.
Luego envió la ubicación.
Miró hacia la cocina otra vez.
Otro sonido.
Más claro.
Más cercano.
—No puedo quedarme aquí…
El teléfono vibró.
“Sal de la casa. Estoy en camino.”
Valeria no discutió.
Caminó rápido hacia la puerta.
La abrió.
Salió.
Y se quedó afuera, bajo el techo, mirando hacia dentro.
Esperando.
El corazón golpeándole fuerte.
Pasaron minutos.
La lluvia empezó a caer.
Primero suave.
Luego más fuerte.
Y entonces lo vio.
Mateo.
Corriendo hacia la casa.
Empapado.
Respirando agitado.
Como si no hubiera dejado de correr desde que recibió el mensaje.
—¿Dónde? —preguntó al llegar.
Valeria señaló hacia adentro.
—En la cocina… escuché algo.
Mateo entró sin dudar.
Valeria se quedó detrás, sin atreverse a seguirlo.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
—Tranquila.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué…?
Mateo apareció en la puerta de la cocina.
Con algo en brazos.
Un gato.
Pequeño.
Mojado.
Mirándola como si nada.
Valeria parpadeó.
—¿Eso era…?
Mateo asintió.
—Sí.
Valeria soltó el aire de golpe.
Se llevó la mano al pecho.
—Casi me muero del susto…
Mateo dejó al animal cerca de la puerta.
—Se metió por la ventana.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Claro… la ventana.
Silencio.
Más ligero ahora.
Pero no del todo.
Valeria lo miró fijamente.
—Te escribí hace nada.
Mateo no respondió.
—Y llegaste corriendo.
—Me mandaste la ubicación.
—Pero aun así…
Él evitó su mirada.
—Estoy cerca.
Valeria dio un paso hacia él.
—Siempre.
Silencio.
—Tengo preguntas —dijo ella.
—Lo sé.
—Y tú tienes respuestas.
—No todas.
—Pero más que yo.
Mateo guardó silencio.
—¿Cómo sabes tanto?
Nada.
—Siempre haces lo mismo.
—¿Qué cosa?
—Evitar.
Mateo respiró hondo.
—No es tan simple.
—Hazlo simple.
—No puedo.
Valeria lo miró fijamente.
—Entonces no estás ayudando.
Mateo levantó la mirada.
—Sí lo estoy.
—No lo parece.
Silencio.
La lluvia golpeaba el techo.
Fuerte.
Constante.
—Dijiste que estuviste en esto —continuó ella.
Mateo no respondió.
—¿Qué hiciste?
Nada.
—Mateo.
—Seguí adelante —dijo finalmente.
Valeria frunció el ceño.
—¿Y qué pasó después?
Silencio.
—No supe cuándo detenerme.
Valeria sintió un escalofrío.
—Entonces dime cuándo tengo que hacerlo yo.
Mateo negó lentamente.
—Ese es el problema…
Valeria lo miró.
—¿Cuál?
Mateo sostuvo su mirada.
—Que no hay una señal clara.
Silencio.
Y entonces—
El estómago de Mateo gruñó.
Ambos se quedaron quietos un segundo.
Valeria lo miró.
—…¿En serio?
Mateo desvió la mirada, incómodo.
—No he comido.
Valeria soltó una pequeña risa.