La lluvia no paraba.
Golpeaba el techo, las ventanas… como si quisiera entrar.
Dentro, el aire era distinto.
Más cálido.
Más cerrado.
Valeria apoyó las manos en la encimera unos segundos, intentando enfocarse en algo simple.
Respirar.
Pensar.
Pero no podía.
Lo sentía.
Detrás.
Mateo no hablaba.
Pero su presencia era suficiente.
Pesaba.
Se giró lentamente.
—No vas a responder, ¿verdad?
Mateo levantó la mirada desde la silla.
—Depende de lo que preguntes.
Valeria soltó una leve risa sin humor.
—Siempre dices algo así.
Se acercó.
No demasiado.
Pero lo suficiente.
—¿Por qué yo?
Silencio.
Mateo la observó.
—No lo sé.
—Eso no es verdad.
—Es lo más cercano.
Valeria negó.
—No. Tú sabes algo.
Mateo no respondió.
Otra vez.
Pero esta vez… no apartó la mirada.
Eso fue distinto.
—¿Te pasó lo mismo? —preguntó ella, más bajo.
Mateo dudó.
Un segundo.
Dos.
—No exactamente.
Valeria frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Fue… diferente.
—¿Cómo?
Silencio.
Valeria dio un paso más.
Ahora estaban más cerca.
El espacio entre ellos se reducía sin que ninguno lo detuviera.
—Mateo.
Su nombre salió más suave.
Más personal.
Él bajó la mirada un instante… y luego volvió a verla.
—No todo empieza igual.
—Pero termina igual —respondió ella.
Mateo no dijo nada.
Y ese silencio… confirmó más de lo que cualquier respuesta habría hecho.
Valeria tragó saliva.
—¿Voy a terminar como tú?
La pregunta quedó en el aire.
Mateo se levantó.
Lento.
Sin apartar la mirada.
Ahora la diferencia de altura se notaba más.
La cercanía también.
—No —dijo finalmente.
Valeria sostuvo su mirada.
—No te creo.
Silencio.
Pero ninguno se movió.
El sonido de la lluvia parecía más lejano ahora.
Como si todo se hubiera reducido a ese espacio.
A ese momento.
—Entonces no me preguntes —dijo Mateo.
Valeria soltó el aire.
—¿Y qué hago? ¿Quedarme quieta? ¿Esperar?
Mateo negó ligeramente.
—No.
—¿Entonces?
Él dudó.
—Aprender a detenerte.
Valeria bajó la mirada.
—Dijiste que no hay señal clara.
—No la hay.
—Entonces eso no sirve.
Silencio.
Valeria volvió a mirarlo.
—Nada de esto sirve si no me dices la verdad.
Mateo la observó.
Más serio.
Más directo.
—La verdad no te va a gustar.
—Prefiero eso a no saber nada.
Silencio.
Largo.
Tenso.
Valeria no se apartó.
Tampoco él.
La cercanía empezaba a sentirse distinta.
No solo incómoda.
Algo más.
Más difícil de ignorar.
Valeria desvió la mirada apenas un segundo…
y la volvió a subir.
—¿Por qué te quedas?
Mateo frunció levemente el ceño.
—¿Qué?
—Podrías irte —dijo ella—. No tienes que estar aquí.
Mateo no respondió de inmediato.
—Pero estás.
Silencio.
—Sí.
—¿Por qué?
Mateo la miró fijamente.
Y esta vez… no evitó la respuesta.
—Porque sé lo que viene.
Valeria sintió un leve escalofrío.
—¿Y qué viene?
Mateo dudó.
—Lo mismo que ya empezó.
Silencio.
Valeria bajó la mirada un segundo.
Y cuando volvió a subirla…
estaban aún más cerca.
No sabía en qué momento había pasado.
Pero ya no había distancia.
El aire entre ellos era distinto.
Más denso.
Más difícil.
Valeria respiró hondo.
—No deberías estar tan tranquilo.
Mateo soltó una leve exhalación.
—No lo estoy.
—Lo parece.
—Porque tú estás más cerca de esto que yo ahora.
Eso la hizo detenerse.
—¿Qué significa eso?
Mateo no respondió.
Pero no se apartó.
Valeria tampoco.
Y por un momento…
nadie dijo nada.
Solo se miraron.
Como si hubiera algo más que ninguno quería decir.
O que ninguno se atrevía a decir.
El sonido de algo hirviendo rompió el momento.
Valeria reaccionó primero.
Se giró rápido hacia la estufa.
—Se va a quemar…
Apagó el fuego.
Movió el sartén.
Respiró.
Intentando recuperar el ritmo.
—Esto es absurdo —murmuró.
Mateo no respondió.
Valeria se apoyó en la encimera.
—Todo esto.
—Sí —dijo él.
Silencio.
Más tranquilo ahora.
Pero no vacío.
Porque algo había cambiado.
No en lo que pasaba afuera.
Sino dentro.
Entre ellos.
Y eso…
no iba a desaparecer.