Homicidio por encargo: El silencio de Colón

Capítulo 14: Demasiado cerca

Persp: Valeria

La lluvia no para.

Es lo primero que noto.

Golpea el techo, las ventanas… como si quisiera romper algo. Como si no fuera suficiente con estar afuera.

Estoy en la cocina, con las manos apoyadas en la encimera, mirando nada.

Escuchándolo todo.

Pensando demasiado.

Él está en la sala.

Puedo sentirlo aunque no lo vea.

Y eso… no ayuda.

Nada de esto ayuda.

Recojo los platos sin hacer ruido. No sé por qué intento ser silenciosa, si él ya sabe que estoy aquí.

—Puedes quedarte —digo de repente.

Ni siquiera lo pienso.

Las palabras salen solas.

Silencio.

—¿Qué? —responde él desde la sala.

No me giro.

—La lluvia no va a parar… y no creo que sea buena idea que salgas ahora.

Pausa.

Siento su mirada aunque no lo vea.

—No tienes que hacer eso.

Aprieto un poco más el plato que tengo en la mano.

—No lo estoy haciendo por ti.

Miento.

Y los dos lo sabemos.

Cierro el grifo.

El sonido me parece demasiado fuerte.

—Puedes dormir en el mueble.

—Está bien.

Eso es todo.

Pero no lo es.

Apago las luces poco a poco.

La casa cambia.

Se siente más pequeña.

Más cerrada.

Más… íntima.

Me detengo en la puerta de mi habitación y miro hacia la sala.

Está acostado en el mueble.

Se ve incómodo.

Demasiado grande para ese espacio.

Una pierna mal acomodada. Un brazo sobre la frente.

Como si no lograra relajarse.

Como si nunca lo hiciera.

—¿Estás bien ahí? —pregunto.

No sé por qué.

Abre los ojos.

—He estado peor.

Casi sonrío.

Casi.

—Eso no responde la pregunta.

—Estoy bien.

Asiento.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Cierro la puerta.

No duermo.

No puedo.

Me acuesto boca arriba, mirando el techo.

Escuchando la lluvia.

El viento.

Mi propia respiración.

Todo suena más fuerte en la oscuridad.

Más cercano.

Más… real.

Cierro los ojos.

Intento no pensar.

Pero entonces lo siento otra vez.

Esa sensación.

Esa misma.

Como si no estuviera sola.

Abro los ojos.

De golpe.

Miro la pared.

Las sombras se mueven.

No deberían hacerlo así.

Son largas. Irregulares.

Como si algo pasara por delante de la luz.

Como si algo estuviera… ahí.

El corazón se me acelera.

—No…

Me incorporo.

No aparto la mirada.

Las sombras cambian otra vez.

Se estiran.

Se deforman.

Un sonido.

Leve.

Trago saliva.

—Mateo…

Nada.

—Mateo.

Más fuerte.

Nada.

El miedo sube rápido.

Demasiado rápido.

Me levanto.

Camino hacia la puerta.

La abro de golpe.

—Mateo.

Se incorpora de inmediato.

Alerta.

Como si nunca hubiera estado dormido.

—¿Qué pasa?

—Creo que hay algo…

No termino la frase.

No hace falta.

Se levanta.

—¿Dónde?

—Mi cuarto.

Entramos juntos.

No me gusta eso.

No me gusta necesitarlo.

Pero tampoco quiero estar sola.

Se mueve rápido.

Observa todo.

Como si buscara algo específico.

Se detiene.

Mira la pared.

—Ahí… —digo.

Las sombras vuelven a moverse.

Siento un nudo en el pecho.

Él no reacciona como yo esperaba.

No se tensa.

No se alarma.

Solo observa.

Luego mira la ventana.

Se acerca.

Corre un poco la cortina.

Y justo en ese momento…

una luz atraviesa la habitación.

Las sombras cambian.

Otra vez.

Pero ahora lo veo.

Lo entiendo.

—Son los carros —dice.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Las luces.

Otro auto pasa.

Misma sombra.

Mismo movimiento.

Suelto el aire.

No sabía que lo estaba aguantando.

—Pensé que…

—Lo sé.

Silencio.

Pero no me siento mejor.

No del todo.

Porque el miedo no era solo eso.

Era todo lo demás.

No me muevo.

Él tampoco.

Estamos demasiado cerca.

Lo noto ahora.

Demasiado.

—No quiero estar sola —digo.

Y esta vez no miento.

Él me mira.

—Estoy aquí.

Niego con la cabeza.

—No… así no.

No sé en qué momento lo digo.

Pero ya no puedo retirarlo.

Silencio.

Siento su mirada.

Esperando.

Trago saliva.

—Quédate.

Más bajo.

Pero claro.

—Aquí.

En mi cuarto.

En mi cama.

No lo digo así.

Pero está implícito.

Él duda.

Lo veo.

—Valeria…

—Por favor.

No quiero sonar vulnerable.

Pero lo hago.

Y eso me molesta.

Pero más me molesta la idea de que se vaya.

Silencio.

La lluvia golpea más fuerte.

Finalmente…

asiente.

—Está bien.

Suelto el aire.

Nos acostamos.

Con distancia.

Al inicio.

Demasiada.

Como si intentáramos fingir que esto es normal.

Que no significa nada.

Pero no lo es.

No es normal.

Y sí significa algo.

Puedo sentirlo.

Su cuerpo.

El calor.

Su respiración.

Cada pequeño movimiento.

Todo.

Cierro los ojos.

Pero no duermo.

No puedo.

—No vas a dormir —dice él.

Su voz es baja.

Cerca.

—Tampoco tú —respondo.

—No.

Silencio.

Giro un poco la cabeza.

Lo suficiente para verlo.

En la oscuridad.

—Gracias por quedarte.

Pausa.

—No iba a irme.

Esa respuesta…

me golpea más de lo que debería.

Vuelvo a mirar al techo.

Pero ya no pienso en las sombras.

Ni en el miedo.

Pienso en él.

En lo cerca que está.

En lo fácil que sería…

No.



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En el texto hay: asesinato, psicológico.

Editado: 06.05.2026

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