Homicidio por encargo: El silencio de Colón

Capítulo 15: Lo que significa No recuerdo en qué momento me

No recuerdo en qué momento me dormí.

Solo sé que cuando abro los ojos… todo está en silencio.

La lluvia ya no suena.

La luz es distinta.

Más suave.

Más clara.

Es de mañana.

Parpadeo.

Y entonces lo noto.

El calor.

No es el mío.

Es… otro.

Mi cuerpo se queda quieto.

Tenso.

Lento.

Como si moverse fuera a romper algo.

Estoy cerca.

Demasiado cerca.

Siento su respiración.

Constante.

Tranquila.

Mi mano está apoyada contra su pecho.

Y su brazo…

está alrededor de mí.

No de forma incómoda.

No accidental.

Como si en algún momento de la noche…

nos hubiéramos buscado.

Trago saliva.

No me muevo.

No todavía.

No quiero despertarlo.

O tal vez…

no quiero romper esto.

Cierro los ojos un segundo.

Solo para sentirlo.

El calor.

La cercanía.

La calma.

Es extraño.

Porque nada de esto debería sentirse así.

Pero se siente bien.

Demasiado bien.

Abro los ojos otra vez.

Y en ese momento…

Mateo se mueve.

Su respiración cambia.

Más consciente.

Se despierta.

No me aparto.

Tampoco él.

Silencio.

Largo.

Incómodo.

O no.

No estoy segura.

—Buenos días… —murmuro.

Mi voz suena más baja de lo normal.

Él no responde de inmediato.

Siento cómo su brazo se tensa levemente.

Como si se hubiera dado cuenta.

Como yo.

—Buenos días —dice finalmente.

No nos movemos.

Y eso…

lo hace más evidente.

Más real.

Más difícil de ignorar.

Trago saliva.

—Creo que… nos movimos dormidos.

Excusa.

Mala.

Pero es lo único que se me ocurre.

Mateo suelta una leve exhalación.

—Sí.

Pero no suena convencido.

Yo tampoco lo estoy.

Silencio.

Un segundo más.

Y entonces me aparto.

Despacio.

Como si el espacio entre nosotros pesara más de lo normal.

Me siento en la cama.

Sin mirarlo.

—Tengo que… cambiarme.

Él se incorpora también.

—Sí.

La casa se siente distinta de día.

Más normal.

Más segura.

O eso intento creer.

Estoy en la cocina cuando él aparece.

Ya vestido.

Más serio.

Más… distante.

Como si lo de anoche no hubiera pasado.

Como si esto fuera solo otra mañana.

Eso me molesta un poco.

No sé por qué.

—Tenemos que hablar del símbolo —dice.

Directo.

Sin rodeos.

Asiento.

—Sí.

Me siento frente a él.

—Lo he visto dos veces —continúo—. Y no creo que sea casualidad.

Mateo apoya las manos sobre la mesa.

—No lo es.

—Entonces dime qué es.

Silencio.

—No lo sé exactamente.

Frunzo el ceño.

—Pero sabes algo.

—Sí.

Me inclino un poco hacia él.

—Dímelo.

Mateo duda.

Y esta vez… no evade.

—Es una marca.

—¿De qué?

—De un grupo.

Siento un escalofrío.

—¿Qué tipo de grupo?

Mateo me mira fijamente.

—Gente que no deja cabos sueltos.

El aire cambia.

—¿Como… asesinos?

—Peor.

No me gusta cómo suena eso.

—¿Qué significa el símbolo?

Mateo respira hondo.

—Significa que ya te vieron.

Silencio.

Mi estómago se aprieta.

—¿Qué?

—No es una advertencia —continúa—. Es un registro.

No entiendo.

—Explícate.

—Cuando aparece ese símbolo… significa que ya entraste en su lista.

Mi corazón se acelera.

—¿Lista de qué?

Mateo no responde de inmediato.

Pero no hace falta.

Lo entiendo.

—No…

—Sí.

Me levanto.

Empiezo a caminar sin rumbo.

—No, no… eso no tiene sentido.

—Lo tiene.

—Yo no he hecho nada.

—No importa.

Me giro hacia él.

—Claro que importa.

—Para ellos no.

Silencio.

Siento la presión en el pecho otra vez.

Más fuerte.

—Entonces… ¿por qué yo?

Mateo me mira.

—Porque viste algo.

Mi mente corre.

El restaurante.

El carro.

Los hombres.

—El Mercedes…

Mateo asiente.

—Ellos no repiten errores.

—Entonces esto no es casualidad.

—No.

Silencio.

Pesado.

Real.

Me apoyo en la mesa.

—¿Y qué pasa ahora?

Mateo no responde de inmediato.

—Ahora… tienes que decidir.

—¿Qué?

—Si quieres seguir o no.

Lo miro.

—¿Seguir?

—Investigar.

Saber más.

O salir de esto.

Suelto una risa sin humor.

—¿Salir?

—Sí.

—¿Y eso cómo se hace?

Mateo guarda silencio.

Y eso…

es suficiente respuesta.

—Exacto —murmuro.

Silencio.

Me cruzo de brazos.

—Quiero saber más.

Mateo levanta la mirada.

—No es buena idea.

—Ya no importa.

—Sí importa.

—No —respondo—. Porque ya estoy dentro.

Silencio.

Mateo me observa unos segundos.

Evaluando.

Como si estuviera decidiendo algo.

Finalmente…

—Está bien.

Mi pulso se acelera.

—¿Qué sabes?

Mateo se inclina un poco hacia mí.

—El símbolo no es único.

—¿Qué?

—Tiene variaciones.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo?

—Pequeños cambios.

Líneas.

Ángulos.

Cortes.

Cada uno significa algo distinto.

Siento un escalofrío.

—¿Y el que yo vi?

Mateo duda.

—Ese…

es el peor.

Silencio.

—¿Por qué?

Mateo me mira fijamente.

—Porque no marca vigilancia.

Mi respiración se detiene.

—¿Entonces qué marca?

Pausa.

Larga.

Pesada.

Mateo no aparta la mirada.

—Marca ejecución.

El mundo se queda en silencio.

Y por primera vez…

entiendo que esto ya no es un juego.



#811 en Thriller
#302 en Suspenso

En el texto hay: asesinato, psicológico.

Editado: 06.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.