Homicidio por encargo: El silencio de Colón

Capítulo 16: Lo que sobrevivió

No digo nada después de eso.

No puedo.

“Marca ejecución.”

Las palabras siguen ahí, repitiéndose en mi cabeza como un eco que no se apaga.

Mateo tampoco habla.

Pero no se mueve.

No se va.

Se queda.

Y eso… dice más de lo que parece.

—Quiero entender —digo finalmente.

Mi voz sale más firme de lo que me siento.

Mateo apoya los antebrazos en la mesa.

Mira hacia abajo un segundo.

Como si estuviera decidiendo algo.

—No es una historia corta.

—No tengo prisa.

Silencio.

Largo.

Pesado.

Luego levanta la mirada.

Y esta vez… no evade.

—No siempre fui así.

Frunzo el ceño.

—¿Así cómo?

—Preparado.

No suena como algo bueno.

—Antes… —continúa— no sabía nada de esto.

Me cruzo de brazos.

—¿Y cómo entraste?

Mateo deja escapar una leve exhalación.

—Por alguien más.

Eso me tensa.

—¿Quién?

Silencio.

Duda.

—Alguien que confiaba.

Siento algo incómodo en el pecho.

—¿Y te traicionó?

Mateo niega lentamente.

—No.

Eso me sorprende.

—Entonces…

—Murió.

La palabra cae seca.

Sin adornos.

Sin suavizar.

Y aun así… pesa.

—¿Por eso sabes todo esto?

Mateo asiente levemente.

—Porque yo estaba ahí.

Mi respiración se vuelve más lenta.

Más pesada.

—¿Dónde?

—Donde tú estás ahora.

El escalofrío es inmediato.

—¿También viste el símbolo?

Mateo no responde de inmediato.

Pero su silencio… es suficiente.

—Sí.

Me apoyo en la mesa.

—¿Y qué hiciste?

Mateo se queda mirando un punto fijo.

Como si no estuviera aquí.

Como si hubiera vuelto atrás.

—Al principio… nada.

—¿Nada?

—Pensé que era una coincidencia.

Me río, pero sin humor.

—Yo también.

Mateo levanta la mirada.

—Ese es el error.

Silencio.

—¿Qué pasó después?

Mateo se pasa una mano por el rostro.

Como si le costara seguir.

—Empezaron a pasar cosas.

Mi pulso se acelera.

—¿Como qué?

—Pequeñas.

Detalles.

Cosas fuera de lugar.

Siento un déjà vu incómodo.

—Como lo de anoche…

Mateo asiente.

—Exacto.

Silencio.

—¿Y luego?

Mateo aprieta la mandíbula.

—Luego… ya no fueron pequeñas.

El aire se siente más pesado.

—¿Qué pasó?

Duda.

Más larga esta vez.

—Desapareció gente.

Siento el estómago hundirse.

—¿Gente cercana?

Mateo no responde.

Pero no hace falta.

—¿Y tú?

—Yo me quedé.

—¿Por qué?

Mateo me mira.

Y esta vez… hay algo más.

Algo más crudo.

—Porque no entendía.

Trago saliva.

—¿Y cuando entendiste?

Silencio.

—Ya era tarde.

El corazón me late más fuerte.

—¿Qué hiciste?

Mateo se inclina un poco hacia atrás.

Como si necesitara distancia de lo que está diciendo.

—Empecé a buscarlos.

—¿A quiénes?

—A ellos.

Siento un escalofrío.

—¿Estás loco?

Mateo suelta una leve exhalación.

—Probablemente.

—Eso es suicida.

—Sí.

Silencio.

—¿Y cómo sigues vivo?

La pregunta sale sola.

Mateo me mira.

Directo.

—Porque aprendí.

—¿Qué?

—A ver lo que otros no ven.

No me gusta cómo suena eso.

—Explícate.

Mateo se inclina hacia adelante otra vez.

Más serio.

—Ellos no atacan al azar.

—Eso ya lo dijiste.

—Pero no lo entiendes todavía.

Frunzo el ceño.

—Entonces haz que lo entienda.

Silencio.

—Observan primero.

—¿Cuánto tiempo?

—El necesario.

Siento un nudo en el pecho.

—¿Y luego?

Mateo no aparta la mirada.

—Actúan cuando ya saben todo.

El aire se vuelve más frío.

—Entonces… —empiezo— ¿ya saben todo de mí?

Silencio.

Mateo no responde.

Y eso es peor.

—Mateo.

—Probablemente.

La palabra me golpea.

—No…

Empiezo a caminar.

Necesito moverme.

Pensar.

—No, no… eso no puede ser.

—Sí puede.

—No he hecho nada.

—No importa.

Me detengo.

Lo miro.

—¿Tú hiciste algo?

Silencio.

Mateo no responde.

Pero su expresión cambia.

Y eso…

eso es suficiente.

—¿Qué hiciste? —pregunto más bajo.

Mateo tarda.

Mucho.

—Me acerqué demasiado.

Siento un escalofrío.

—¿A qué?

—A ellos.

Silencio.

—¿Y qué encontraste?

Mateo traga saliva.

—Más de lo que debía.

—¿Como qué?

Pausa.

Larga.

Pesada.

—Nombres.

Eso me congela.

—¿De quiénes?

Mateo me mira fijamente.

—De gente que parece normal.

El miedo cambia de forma.

—¿Estás diciendo que…?

—Que están en todas partes.

Silencio.

Mi respiración se vuelve más superficial.

—¿Y el Mercedes?

Mateo asiente.

—Es parte de eso.

—¿Cómo?

—No es solo un carro.

Frunzo el ceño.

—Entonces ¿qué es?

Mateo responde sin dudar:

—Es una señal.

El escalofrío vuelve.

—¿De qué?

—De que están cerca.

Silencio.

Largo.

Insoportable.

Me dejo caer en la silla.

—Esto es una locura…

Mateo no responde.

Se queda mirándome.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto ahora?

Silencio.

—Porque ya lo necesitas.

Levanto la mirada.

—¿Y antes no?

—Antes podías salir.

Siento algo romperse ahí.

—¿Y ahora?

Mateo no duda.

—Ahora no.

El aire se vuelve pesado otra vez.

—Entonces estoy atrapada.

—Sí.

Silencio.

Miro mis manos.

No sé qué hacer con ellas.

No sé qué hacer con nada.

—¿Y tú? —pregunto— ¿por qué sigues aquí?



#811 en Thriller
#302 en Suspenso

En el texto hay: asesinato, psicológico.

Editado: 06.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.