Honor Roll

Dónde empiezan las guerras

En St. Rowland University no se formaban enemigos por insultos ni por empujones en los pasillos.
Se formaban por silencios.
Por miradas sostenidas medio segundo de más.
Por nombres que aparecían siempre en la misma línea de una lista.

Ethan Cole llevaba tres años aprendiendo esa regla no escrita. Y aun así, cada vez que cruzaba el campus principal sentía la misma presión en el pecho, como si la universidad entera estuviera diseñada para recordarle que no pertenecía ahí por derecho, sino por rendimiento.

El edificio de Derecho se alzaba frente a él con su fachada impecable, columnas blancas y ventanales pulidos. Tradición, prestigio y competencia. Todo lo que St. Rowland representaba condensado en piedra.

Ese día, el ranking académico del semestre sería publicado.

Ethan fingía que no le importaba.
Caminaba con la misma cadencia controlada de siempre, los auriculares colgando del cuello sin música, los apuntes bien ordenados bajo el brazo. Había aprendido que en St. Rowland la calma era una forma de defensa.

Lo que no podía controlar era la certeza que se le clavaba en la mente desde que despertó:
Victoria Hale también estaría ahí.

Victoria no necesitaba correr para llegar primero. Nunca lo hacía.
Estaba apoyada cerca del tablero de anuncios desde hacía varios minutos, observando la pared vacía con una tranquilidad que rozaba lo insultante. No miraba el reloj. No miraba a la gente. Miraba como si el resultado ya estuviera decidido desde antes de imprimirse.

Su presencia alteraba el espacio sin esfuerzo.

Algunos estudiantes bajaban la voz al pasar cerca. Otros fingían no verla. Nadie se atrevía a invadir su radio invisible. No porque fuera antipática, sino porque imponía una autoridad que no se discutía.

Victoria sabía que Ethan llegaría tarde o temprano.
Siempre lo hacía.

Lo detectó antes de girarse: por la tensión súbita en el ambiente, por ese cambio sutil que solo notan quienes están acostumbrados a medir amenazas. Enderezó los hombros apenas un centímetro más. No por él. Por ella misma.

Cuando Ethan la vio, no se sorprendió.
Se preparó.

Había algo en Victoria Hale que no encajaba con la palabra “rival”. Era demasiado pulida, demasiado segura, demasiado consciente de su lugar. No luchaba por demostrar nada. Simplemente ocupaba el primer puesto como si fuera natural.

Y eso lo irritaba más que cualquier provocación directa.

El murmullo del pasillo aumentó cuando el profesor Adrian Wolfe apareció. Alto, serio, con esa expresión de quien disfruta el peso que ejerce sobre los demás. Sin decir una sola palabra, retiró la hoja anterior del tablero y colocó la nueva. Luego se alejó, dejándolos a solas con sus expectativas.

Durante unos segundos nadie se movió.

Ethan avanzó primero. Victoria no se lo impidió.
Ambos sabían que era un gesto inútil.

El dedo de Ethan recorrió la lista con rapidez clínica.
Había entrenado su mente para eso: absorber información bajo presión, separar emoción de datos.

Nombre tras nombre.
Promedios.
Observaciones.

Y entonces lo vio.

Segundo lugar.

No fue el puesto lo que dolió.
Fue el nombre que estaba encima.

Victoria ya lo había leído. Lo supo incluso antes de confirmarlo. El primer lugar se sentía exactamente igual que siempre: vacío, correcto, insuficiente. Aun así, lo verificó. Porque así funcionaba su mundo: nada era real hasta que se comprobaba.

No sonrió. No celebró.
No lo miró.

Esa indiferencia fue el verdadero golpe.

Ethan sintió cómo algo se tensaba en su interior. No rabia abierta, no frustración infantil. Era peor: la sensación de estar siempre un paso atrás de alguien que no parecía esforzarse.

—Felicidades —dijo finalmente, con una voz tan contenida que incluso él mismo se sorprendió.

Victoria giró apenas la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de él, claros, atentos, peligrosamente tranquilos.

—Gracias —respondió—. Estás mejorando.

No había burla explícita.
No la necesitaba.

Ethan ladeó la cabeza, una sonrisa leve dibujándose en sus labios.

—Supongo que alguien tiene que hacerte competencia.
Victoria sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Eso lo veremos —dijo.

No era un reto.
Era una promesa.

Se separaron sin despedirse, caminando en direcciones opuestas, pero llevándose la misma certeza incómoda: aquella rivalidad no estaba disminuyendo. Estaba mutando.
Porque el problema nunca fue quién ocupaba el primer lugar.

El problema era que, sin proponérselo, se habían convertido en el punto de referencia del otro.

Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser académico.
Se vuelve personal.

El semestre apenas comenzaba.

Y St. Rowland estaba a punto de descubrir lo peligroso que es enfrentar a dos personas que se niegan a perder… incluso cuando todavía no saben qué están a punto de ganar.




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