Honor Roll

La excelencia

El aula magna de Derecho estaba diseñada para intimidar.

Filas perfectas de asientos de madera oscura, una tarima elevada que obligaba a mirar hacia arriba y un silencio expectante que se instalaba incluso antes de que el profesor cruzara la puerta. Allí no se iba a aprender leyes; se iba a medir resistencia.

Ethan Cole ocupó su asiento habitual en la tercera fila. No porque le gustara estar cerca del frente, sino porque desde ahí podía observarlo todo sin ser observado. Había llegado temprano, como siempre. La puntualidad era una costumbre adquirida, no un gesto de respeto.

A dos filas de distancia, Victoria Hale hojeaba su cuaderno con aparente despreocupación. Tenía la letra perfecta, los márgenes exactos, las páginas numeradas. Nada en ella parecía improvisado. Ni siquiera el modo en que cruzaba las piernas.

No se miraron.
No lo necesitaban.

Desde el día anterior, la rivalidad había adquirido una forma más definida. Ya no era solo una competencia silenciosa por promedios; ahora estaba cargada de algo más incómodo, una conciencia mutua imposible de ignorar. Ambos lo sentían, aunque ninguno estaba dispuesto a nombrarlo.

El profesor Adrian Wolfe entró sin aviso previo, cerrando la puerta tras de sí con un sonido seco. No esperó a que el murmullo se disipara; simplemente se quedó de pie, observándolos, hasta que el silencio se volvió absoluto.

—Bienvenidos al último semestre —dijo finalmente—. Si están aquí, es porque sobrevivieron a los anteriores. Eso no significa que vayan a sobrevivir a este.

Algunos estudiantes sonrieron con nerviosismo. Otros bajaron la mirada.

Victoria levantó el mentón apenas un grado.

Ethan apoyó la espalda contra el respaldo, atento.

—Este curso —continuó Wolfe— no se aprueba con memoria. Se aprueba con criterio. Y para evaluar eso, no voy a permitir trabajos individuales.

El cambio en el ambiente fue inmediato.

—Trabajarán en parejas —añadió—. Designadas por mí.

Ethan frunció el ceño. No por miedo al trabajo conjunto, sino porque sabía exactamente lo que eso significaba: dependencia. Y la dependencia era un lujo que no podía permitirse.

Victoria cerró su cuaderno con suavidad. No porque le sorprendiera la decisión, sino porque ya estaba calculando escenarios. Ser asignada con alguien mediocre sería una pérdida de tiempo. Ser asignada con alguien brillante… una amenaza.

El profesor caminó lentamente entre las filas, disfrutando la incomodidad.

—El proyecto será obligatorio —dijo—. No hay cambios. No hay excepciones. Si uno falla, fallan ambos.

Las miradas comenzaron a cruzarse. Alianzas mentales, temores compartidos.

Wolfe se detuvo.

—Cole —dijo.

Ethan alzó la vista de inmediato.

—Hale.

Durante una fracción de segundo, el aula dejó de existir.
No hubo exclamaciones, ni murmullos exagerados. Solo una tensión súbita, casi eléctrica, que recorrió el espacio entre ambos nombres. Algunos estudiantes intercambiaron miradas. Otros sonrieron, como si acabaran de presenciar el inicio de algo que prometía ser interesante.

Ethan no reaccionó de inmediato. Su mente procesó la información con frialdad: riesgo alto, control bajo, ventaja incierta.

Victoria giró la cabeza por primera vez desde que había entrado al aula y lo miró directamente. No había triunfo en sus ojos. Tampoco disgusto. Solo una evaluación rápida, precisa.

—Espero que estés a la altura —dijo en voz baja cuando el profesor continuó con las instrucciones.

Ethan sostuvo la mirada sin parpadear.

—Siempre lo estoy —respondió—. La pregunta es si tú sabrás seguir el ritmo.

Victoria esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—No te preocupes —replicó—. Nunca me atraso.

Desde la tarima, el profesor Wolfe los observaba con atención. No era casualidad. No era un castigo. Era un experimento.

—Tienen hasta el final del semestre —añadió—. Los detalles del proyecto estarán en la plataforma. Si no pueden trabajar juntos, no pertenecen a esta facultad.

El golpe fue certero.

Ethan apretó la mandíbula. No iba a permitir que nadie pusiera en duda su lugar en St. Rowland, y mucho menos ella.

Victoria volvió a mirar al frente, pero su pulso se había acelerado. No por inseguridad, sino por una certeza incómoda: trabajar con Ethan Cole no iba a ser sencillo. Ni limpio. Ni neutral.

Cuando la clase terminó, ninguno se levantó de inmediato.
Ethan recogió sus cosas con calma estudiada. Victoria guardó su cuaderno con la misma precisión de siempre. Ambos sabían que esa conversación era inevitable. Y ambos la postergaban por la misma razón.

Finalmente, fue Ethan quien habló.

—Supongo que tendremos que coordinar horarios.

Victoria se giró hacia él con expresión impasible.

—Supongo —dijo—. No pierdo el tiempo.

—Tampoco yo.

Se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario.

No había acuerdo.
No había tregua.

Solo una obligación compartida que ninguno había elegido.
Y, sin embargo, mientras salían del aula por puertas opuestas, ambos pensaron exactamente lo mismo:

Esto iba a cambiar las reglas.
No sabían cómo.
No sabían cuándo.




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