El departamento de Ethan Cole era pequeño, funcional y honesto. No había decoración innecesaria ni rastros de una personalidad que quisiera impresionar a alguien. Todo cumplía una función: la mesa servía para estudiar, el sofá para dormir cuando el cansancio ganaba, y la cafetera era el objeto más valioso del lugar.
Ethan estaba inclinado sobre la mesa, revisando por tercera vez el correo donde el profesor Wolfe detallaba el proyecto. No porque no lo entendiera, sino porque le molestaba admitir que cada línea parecía escrita para provocar fricción.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Lucas Reed desde el sofá, con una bolsa de papas abiertas sobre el pecho—. Que el tipo sabía exactamente lo que hacía.
—Los profesores siempre creen eso —respondió Ethan sin levantar la vista.
—No, no —insistió Lucas—. Esto no es pedagogía. Es entretenimiento. Apostaría dinero a que alguien ya está haciendo una quiniela sobre cuánto tardan tú y Victoria Hale en matarse.
Ethan cerró la laptop con más fuerza de la necesaria.
—No la menciones aquí.
Lucas arqueó una ceja.
—¿Aquí dónde? ¿En tu santuario anti-Hale? ¿En tu espacio seguro libre de traumas académicos?
—En mi casa —corrigió Ethan.
—Ah. Perdón. —Lucas miró alrededor—. No sabía que la neutralidad cromática contaba como intimidad.
Desde la cocina, Maya Collins intervino mientras preparaba café.
—Relájate —dijo—. Si no hablara de ella, hablaría de tu incapacidad para relajarte. Y eso sería más preocupante.
Ethan se pasó una mano por el cabello.
—No estoy tenso.
Lucas soltó una carcajada.
—Hermano, llevas veinte minutos releyendo un correo que básicamente dice “no fracasen”. Eso es tensión académica nivel cinco.
Ethan iba a responder cuando su teléfono vibró sobre la mesa.
Mensaje nuevo.
Victoria Hale.
No lo abrió de inmediato.
Lucas se incorporó como si hubiera escuchado un disparo.
—¿Eso fue…?
—No —dijo Ethan demasiado rápido.
Maya giró lentamente.
—Eso fue.
Ethan exhaló con resignación y desbloqueó la pantalla.
Necesitamos coordinarnos. Mañana no puedo. El viernes sí.
Biblioteca central. 6 p. m.
Nada más.
Directo. Eficiente. Controlado.
—¿Y? —preguntó Lucas, inclinándose hacia adelante—. ¿Te pidió matrimonio o solo tu alma?
—El viernes —respondió Ethan—. Biblioteca.
Lucas silbó.
—Romántico.
—No es romántico —replicó Ethan.
—Nada dice “pasión reprimida” como una biblioteca —añadió Maya sin mirarlo.
Ethan les lanzó una mirada que pedía silencio.
—Es trabajo. Solo eso.
—Claro —dijo Lucas—. Por eso frunces el ceño como si te hubieran citado a juicio.
Ethan se levantó.
—Voy a salir.
—¿A dónde? —preguntó Maya.
—A donde no se hable de Victoria Hale.
Lucas sonrió.
—Eso elimina la mitad de la ciudad.
Esa misma noche, Victoria Hale estaba sentada en el asiento trasero del auto de su hermana, mirando por la ventana sin prestar atención real al tráfico.
—Estás distraída —dijo Claire Hale, sin apartar los ojos del camino—. Y eso solo pasa cuando algo no encaja con tu plan perfecto.
Victoria cruzó los brazos.
—No todo es un plan.
Claire soltó una risa breve.
—Victoria, organizabas tus juguetes por categorías a los siete años.
Victoria no respondió.
—¿Es el chico? —preguntó Claire con naturalidad.
—No.
—Eso fue muy rápido.
Victoria cerró los ojos un segundo.
—Es mi compañero de proyecto.
—Ah —dijo Claire—. El famoso Ethan Cole.
Victoria abrió los ojos.
—¿Cómo sabes su nombre?
—Porque cuando alguien te molesta de verdad, lo investigas —respondió su hermana—. Y cuando alguien te molesta demasiado, lo recuerdas.
Victoria giró la cabeza.
—No me molesta.
Claire estacionó frente a un bar discreto, de luz cálida y música suave.
—Perfecto —dijo—. Entonces no te importará que te invite una copa para celebrar que te veo tensa por primera vez en meses.
Victoria dudó… y aceptó.
Dentro, Naomi Brooks ya las esperaba con dos bebidas.
—Llegas tarde —dijo Naomi—. Eso es nuevo.
—El tráfico —respondió Victoria.
Naomi la observó un segundo más de lo necesario.
—Claro.
Se sentaron. Hablaron de cosas triviales: exámenes, planes, la graduación que se acercaba como una amenaza elegante. Victoria participaba, pero su mente estaba en otra parte.
—¿Es verdad que te emparejaron con Cole? —preguntó Naomi de pronto.
Victoria levantó la vista.
—¿Todo el mundo lo sabe?
—Todo el mundo apuesta —respondió Naomi—. Yo digo que sobreviven. Claire dice que uno de ustedes desaparece misteriosamente.
Victoria tomó un sorbo largo.
—Es irrelevante.
—Ajá —dijo Naomi—. Y sin embargo, aquí estás, bebiendo más rápido de lo normal.
Victoria dejó el vaso sobre la mesa.
—Es un proyecto.
Claire sonrió.
—Eso dijiste la última vez que te vi así.
—¿Cuándo?
—Cuando no querías admitir que algo se te estaba saliendo de control.
Victoria apretó los labios.
—No va a pasar nada.
Naomi se encogió de hombros.
—Nunca pasa nada… hasta que pasa.
Victoria miró su reflejo en el cristal del bar. Por primera vez en mucho tiempo, no se vio segura. Se vio alerta.
Esa noche, en distintos puntos de la ciudad, Ethan y Victoria llegaron a la misma conclusión sin saberlo:
El proyecto no iba a quedarse en la universidad.
Ni en los correos.
Ni en la biblioteca.