La biblioteca central tenía reglas claras:
no correr, no comer, no hablar fuerte.
Nadie había dicho nada sobre no querer estrangular a tu compañero de proyecto.
Ethan llegó diez minutos antes. No porque estuviera ansioso —eso sería admitir algo— sino porque odiaba llegar tarde a cualquier cosa que implicara responsabilidad compartida. Eligió una mesa alejada, cerca de una ventana alta que dejaba entrar una luz grisácea, más honesta que bonita.
Colocó su laptop, una libreta, dos bolígrafos. Todo alineado. Todo bajo control.
Hasta que Victoria Hale apareció.
No hizo ruido. No empujó sillas. No llamó la atención. Simplemente estuvo ahí, como si el espacio se hubiera reorganizado alrededor de ella.
Traía el cabello suelto, una blusa sencilla, jeans. Nada exagerado. Nada que pidiera ser observado. Y aun así, Ethan levantó la vista antes de darse cuenta.
Se miraron.
Victoria no sonrió.
Ethan tampoco.
—Llegaste temprano —dijo ella en voz baja, dejando su mochila en la silla frente a él.
—Tú llegaste a tiempo —respondió.
Victoria alzó una ceja.
—Eso no es lo mismo.
—Para mí sí.
Se sentó. Abrió su laptop. El silencio entre ambos no era incómodo… era tenso, como una cuerda estirada de más.
—Bien —dijo ella—. Tenemos ocho semanas.
—Siete y media —corrigió Ethan—. La entrega es el viernes por la noche.
Victoria lo miró.
—Gracias por el optimismo.
—Es logística.
—Claro.
Pasaron unos segundos revisando documentos. El tecleo era lo único que rompía el silencio.
—Propongo dividir el trabajo —continuó Victoria—. Marco teórico, análisis de casos, conclusiones compartidas.
—No —dijo Ethan.
Victoria levantó la cabeza lentamente.
—¿Perdón?
—Si lo dividimos, se va a notar —explicó—. Wolfe odia los proyectos con dos voces distintas.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque leí sus rúbricas de los últimos cinco años.
Victoria parpadeó una vez.
—Eso es… excesivo.
—Eso es preparación.
Ella cerró la laptop.
—No voy a hacer todo contigo encima.
—No estoy encima —respondió Ethan—. Estoy involucrado.
—Eso suena peor.
Ethan suspiró, bajando la voz.
—Mira, no me agradas. Y estoy bastante seguro de que el sentimiento es mutuo.
—Correcto.
—Pero ninguno de los dos va a sacrificar su promedio por orgullo.
Victoria lo observó con más atención esta vez. No como rival. Como variable.
—Bien —dijo—. Trabajo conjunto. Pero con límites claros.
—Define “claros”.
—Nada de mensajes a medianoche.
—Nunca mando mensajes a medianoche.
—Mentira.
—Bueno —admitió—. Pero solo si es urgente.
—Nada es urgente a medianoche —sentenció ella.
Ethan estuvo a punto de responder cuando una voz apareció de la nada.
—Chsss.
Ambos voltearon.
Una bibliotecaria los observaba con desaprobación ancestral.
—Susurros —ordenó—. O cambian de mesa.
Victoria asintió de inmediato.
—Disculpe.
Ethan imitó el gesto.
Cuando la mujer se fue, Victoria murmuró:
—Genial. Ya nos odian como equipo.
—Es un buen inicio —dijo Ethan—. Los equipos sólidos generan rechazo temprano.
Victoria lo miró, incrédula.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si todo fuera una teoría.
—Solo cuando funciona.
Ella negó con la cabeza, pero… sonrió apenas. Tan poco que Ethan dudó haberlo visto.
—Hablemos del enfoque —dijo ella—. Quiero algo limpio, directo. Sin florituras.
—Coincido —respondió él—. Pero necesitamos un ángulo humano. No solo datos.
Victoria frunció el ceño.
—Eso suena subjetivo.
—Eso suena real.
Silencio otra vez.
—Podría funcionar —admitió finalmente—. Si no lo vuelves sentimental.
—No soy sentimental.
—Ethan —dijo ella, mirándolo fijo—. Estás defendiendo “el ángulo humano”.
—Touché.
Por primera vez, la tensión cambió de forma. Ya no era choque. Era fricción productiva.
Desde otra mesa, alguien los observaba.
Lucas.
Con una sonrisa demasiado amplia.
Ethan lo vio. Cerró los ojos.
—No mires ahora —susurró—. Pero mi amigo idiota está a las tres en punto.
Victoria no volteó.
—¿El que parece que va a arruinar algo?
—Ese mismo.
—Perfecto.
Victoria levantó la mano.
—¿Lucas, verdad?
Lucas casi se atraganta con su café.
—¡Wow! —susurró exageradamente—. Me conoce.
—No —dijo Victoria—. Eres exactamente como lo describió.
Ethan abrió los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Nada importante —respondió ella sin mirarlo.
Lucas sonrió aún más.
—Bueno, no interrumpo. Solo pasaba a ver si… —miró a ambos— …se odiaban mucho.
—Todavía no —dijo Victoria.
—Danos tiempo —añadió Ethan.
Lucas levantó los pulgares y se fue.
Silencio.
—Nunca dije que te describí —dijo Ethan.
—Nunca dije que mintieras.
Se miraron.
Esta vez, ninguno bajó la vista primero.
No había romance.
No había confesiones.
Pero algo se había establecido:
Respeto incómodo.
Curiosidad involuntaria.
Y la certeza de que iban a verse mucho más de lo planeado.
Y eso, para ambos