La casa de Ethan Cole era exactamente como se esperaba de alguien como él.
Silenciosa. Ordenada. Funcional.
No minimalista por estética, sino por eficiencia. Cada mueble estaba donde tenía que estar, cada objeto cumplía una función específica, y nada —absolutamente nada— parecía puesto solo “porque sí”.
Ethan dejó las llaves en el mismo plato de siempre, se quitó los zapatos y caminó directo a la cocina. Abrió el refrigerador y se quedó mirando su contenido durante unos segundos.
—No —dijo en voz alta—. No vamos a pedir comida otra vez.
—Sí vamos —respondió una voz desde la sala—. Y va a ser grasosa.
Ethan cerró el refrigerador con más fuerza de la necesaria.
—Lucas, hablamos de esto.
Lucas estaba tirado en el sofá, con una pierna colgando y el control de la televisión en la mano. Tenía una sudadera vieja de la universidad y una sonrisa que anunciaba problemas.
—No hablamos de no pedir comida —corrigió—. Hablamos de “considerar opciones”.
—Consideré opciones —dijo Ethan—. Hay pollo.
—Eso no es una opción. Eso es una amenaza.
Ethan ignoró el comentario y sacó el pollo del refrigerador.
—Además —continuó Lucas—, hoy es un día importante.
—¿Por qué?
—Porque hoy trabajaste con Victoria Hale.
Ethan se quedó quieto.
—No empieces.
—Oh, voy a empezar —dijo Lucas, incorporándose—. Porque esa mujer es una leyenda viviente. Fría, brillante, inalcanzable. Como tú, pero con mejor gusto en ropa.
—No es inalcanzable —respondió Ethan automáticamente.
Lucas arqueó una ceja.
—Ajá.
Ethan se dio cuenta de lo que había dicho y cerró el refrigerador de golpe.
—No me refería a eso.
—Claro que sí.
—No.
—Ethan —Lucas sonrió—. Es la primera vez en meses que pronuncias el nombre de alguien más de dos veces seguidas.
—Es mi compañera de proyecto.
—Eso nunca te ha importado antes.
Silencio.
Ethan empezó a cortar el pollo con demasiada precisión.
—Es… eficiente —dijo finalmente—. No pierde el tiempo. No improvisa.
—Eso fue un halago.
—Fue una observación.
—Con admiración.
Ethan levantó la vista.
—¿Puedes dejar de psicoanalizarme en mi propia cocina?
—No —respondió Lucas—. Pago renta.
—Pagas tarde.
—Pago con carisma.
Ethan resopló.
Mientras cocinaba, su mente volvió a la biblioteca. A la forma en que Victoria fruncía el ceño cuando algo no le convencía. A cómo no se apresuraba a hablar. A cómo escuchaba.
Sacudió la cabeza.
No.
Esto era peligroso.
—Oye —dijo Lucas de repente, más serio—. ¿Te cae mal de verdad?
Ethan dudó.
—Me… descoloca.
—Eso es peor.
—Porque no puedo anticiparla.
—Bienvenido al mundo normal.
La comida se quemó un poco. Lucas lo señaló triunfante.
—¡Ajá! Distracción emocional.
—Fue el aceite —mintió Ethan.
Más tarde, ya en su habitación, Ethan abrió la laptop para revisar avances del proyecto. Pero antes de escribir, abrió un archivo en blanco.
No sabía por qué.
Pensó en Victoria sentada frente a él, tan segura, tan controlada… y aun así, con pequeñas grietas. Como cuando sonrió apenas. Como cuando defendió sus límites.
Escribió una línea y la borró.
Cerró la laptop.
Al otro lado de la ciudad, Victoria Hale llegaba a su departamento.
Dejó la mochila en una silla, se quitó los zapatos y se apoyó un segundo en la puerta, cerrando los ojos.
—Genial —murmuró—. Ahora pienso en él.
Su celular vibró.
Mensaje de su amiga Mia:
¿Sobreviviste al genio insoportable?
Victoria escribió:
Es… más complicado.
Se quedó mirando la pantalla.
No añadió nada más.
Porque aún no estaba lista para admitir —ni siquiera para sí misma— que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no encajaba en sus categorías habituales.
Y eso la inquietaba más que cualquier rivalidad.
El proyecto apenas comenzaba.
Y sin saberlo, ambos habían llevado al otro a casa.